El amor que no supimos ver


Por: Ricardo Abud

Hay silencios que gritan más fuerte que mil palabras. Hay ausencias que pesan más que cualquier presencia. Y hay amores tan torpes, tan callados, tan disfrazados de rutina, que solo aprendemos a reconocerlos cuando ya es demasiado tarde para decir “gracias”.

Crecemos con una idea del amor fabricada en películas y canciones: el amor debe ser expresivo, debe decir “te quiero” cada mañana, debe abrazarnos cuando caemos, debe mirarnos a los ojos y confirmar que existimos. Y cuando no recibimos ese amor de tarjeta postal, nos convertimos en contadores obsesivos de carencias. Llevamos el inventario mental de todo lo que nos faltó: los abrazos que nunca llegaron, las palabras que jamás se pronunciaron, la ternura que esperamos en vano.

Pero la madurez, esa cruel y hermosa maestra, llega siempre con retraso. Llega cuando ya no podemos hacer nada con lo que aprendimos. Nos despierta de golpe, generalmente frente a una tumba, y nos susurra al oído una verdad devastadora: ese padre callado que jamás dijo “te amo” lo gritaba cada madrugada cuando se levantaba, cansado, para ir a trabajar. Lo deletreaba en cada plato de comida que nunca faltó. Lo escribía en las paredes del techo que siempre estuvo sobre nuestras cabezas. Lo bordaba en cada prenda que nos cubría el cuerpo.

El problema no era que no nos amaran. El problema era que no hablábamos el mismo idioma.

Hay algo profundamente humano, y profundamente egoísta en exigir que nos amen exactamente como necesitamos ser amados, sin preguntarnos nunca qué clase de amor es capaz de dar quien está frente a nosotros. Queremos que nuestros padres sean terapeutas emocionales, cuando ellos mismos crecieron en desiertos afectivos donde nunca cayó una gota de ternura.

¿Cómo iba a abrazarte quien jamás fue abrazado? ¿Cómo iba a decirte “eres especial” quien nunca escuchó que él importaba? Nadie da lo que no tiene. Nadie enseña lo que nunca aprendió. Y sin embargo, ahí estaba ese hombre, callado, torpe, emocionalmente analfabeto dándolo todo de la única manera que sabía hacerlo: rompiéndose el lomo cada día.

Ese es el amor sin manual de instrucciones. El amor que no sabe de psicología ni de inteligencia emocional. El amor bruto, áspero, que se manifiesta en actos y no en palabras. El amor que trabaja en silencio mientras nosotros, desde nuestra ingratitud disfrazada de necesidad, seguimos esperando un abrazo.

Cuando finalmente abrimos los ojos casi siempre demasiado tarde descubrimos algo que parte el alma: nuestros padres también estaban solos. Tremendamente solos. Solos en su incapacidad de expresarse. Solos en su mundo emocional árido. Solos cargando con sus propias heridas de infancia mientras intentaban, a su manera defectuosa, que nosotros no sufriéramos lo mismo.

¿Cuántos padres han muerto sin escuchar un “gracias”? ¿Cuántos se fueron de este mundo creyendo que habían fallado, cuando en realidad habían dado todo lo que tenían? ¿Cuántos trabajaron hasta el agotamiento, sacrificaron sueños, guardaron su propio dolor, solo para que sus hijos tuvieran lo que ellos nunca tuvieron, y sin embargo murieron pensando que no fueron suficiente?

La tragedia no está en que no nos amaran. La tragedia está en que no supimos verlo.

Vivimos en una sociedad de contradicciones crueles. El Día de las Madres, los restaurantes se abarrotan, las flores se agotan, el mundo entero se detiene para celebrar. Pero cuando llega el Día del Padre, compramos calcetines de último momento si es que recordamos hacerlo y con eso creemos que cumplimos.

¿Por qué? Tal vez porque es más fácil honrar el amor que se muestra, que reconocer el amor que se oculta tras el trabajo, el cansancio, el silencio. Tal vez porque como sociedad hemos romantizado  la expresividad emocional y despreciado el sacrificio callado. Tal vez porque confundimos el amor con su envoltorio, y olvidamos que el verdadero regalo está adentro.

Honrar no es solo dar regalos un día al año. Honrar es comprender. Es mirar más allá de lo que nos faltó y ver lo que sí estuvo. Es reconocer que ese hombre o esa mujer que nunca supo cómo demostrarnos afecto, nos estaba amando con cada gota de sudor, con cada preocupación silenciosa, con cada noche sin dormir pensando cómo pagar las cuentas.

Si pudiéramos devolver el tiempo, tal vez lo único que cambiaríamos sería nuestra mirada. No cambiaríamos a nuestros  padres ellos ya dieron todo lo que pudieron. Cambiaríamos nuestra capacidad de ver. Nuestra habilidad para traducir su lenguaje. Nuestra disposición a entender que el amor no siempre llega envuelto en palabras dulces y abrazos cálidos.

Si pudiéramos regresar, abrazaremos no para pedir lo que nunca recibimos, sino para dar lo que ellos nunca tuvieron. Les diríamos “te veo, entiendo tu esfuerzo, reconozco tu amor aunque no sepas expresarlo, y gracias,  gracias por dar todo lo que tenías, aunque yo fuera demasiado ciego para notarlo”.

Pero no podemos regresar. El tiempo no retrocede. Solo nos queda aprender la lección antes de que sea nuestra propia tumba la que enseñe a nuestros hijos lo que nosotros aprendimos demasiado tarde: que el amor verdadero no siempre habla, pero siempre está presente. Que las manos callosas que trabajaron sin descanso valían más que mil “te amo” dichos sin esfuerzo. Y que el día en que finalmente entendimos todo esto, nos dimos cuenta de que fuimos amados infinitamente más de lo que jamás imaginamos.

Quizás todavía estés a tiempo. Quizás ese padre, esa madre, todavía está ahí, torpe y callado como siempre, sin saber cómo decirte que eres su mundo entero. No esperes a que una tumba te enseñe lo que la vida ya te está mostrando.

El amor no siempre abraza. A veces, simplemente trabaja en silencio. Y eso, también, es más que suficiente.​​​​​​​​​​​​​​​​

Y eso, al final, ya no es tu carga. 

 Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan. 
Los quiero hasta el infinito y más allá. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

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