Querido diario:
Martes. MARTES. Ese día de la semana que ni siquiera tiene la decencia de ser lunes para justificar mi mal humor, ni la esperanza del miércoles para ver la luz al final del túnel. Es el hijo del medio de la semana laboral: ignorado, sin personalidad propia, existiendo solo para recordarme que aún faltan tres días para el viernes.
Pero bueno, aquí vamos de nuevo, bajando las escaleras hacia el metro como un lemming bien vestido rumbo a su destino corporativo.
Y otra vez me asaltó la misma revelación mientras observaba a mis compañeros de viaje rusos: esta gente lee en el metro como si fuera un deporte olímpico. Concentración nivel monje tibetano. Ni se inmutan cuando el vagón frena bruscamente. Ahí siguen, página tras página, probablemente leyendo sobre las desventuras de algún príncipe atormentado del siglo XIX o las recetas de borscht de la abuela Natasha.
Y ahí estaba yo, parado como un pasmarote, recordando el metro de Caracas y sonriendo como idiota. Porque alguien, en algún momento de lucidez caribeña, me dijo: "Si estás triste, sal a la calle y toma el metro. Pasan tantas cosas que es imposible aburrirse."
¡Y qué razón tenía ese filósofo del transporte público! El metro caraqueño es básicamente un reality show sin edición. Es Netflix, HBO y Telenovela todo en uno, gratis con tu pasaje:
- El señor que vende desde chicles hasta cargadores de teléfono (¿de dónde saca tanta mercancía? Es el Doctor Who del comercio informal)
- La banda improvisada de gaita en pleno julio
- Dos comadres discutiendo tan alto que hasta los del vagón de al lado se enteran de que Gladys le debe 50 bolívares a María desde 2015
- El predicador anunciando el fin del mundo... todos los días (y todavía estamos aquí)
- Y siempre, SIEMPRE, alguien que te pisa, te pide perdón, y te cuenta su vida en el proceso
Aquí en el metro ruso: *silencio*. Páginas pasándose. Alguien tose discretamente. Más silencio. Es como estar dentro de una biblioteca que se mueve a 60 km/h.
No me malinterpretes, querido diario. Hay algo zen en esta paz subterránea. Pero en un martes gris como este, daría lo que fuera por un vendedor de empanadas que me gritara "¡LLEEEEVECARAMELOS DE GENJUBRE!" para recordarme que estoy vivo y no en un simulacro existencial.
Llegué al trabajo con esta conclusión: los rusos leen para sobrevivir al metro. Los caraqueños sobreviven al metro leyendo la novela en vivo que se desarrolla a su alrededor.
Mañana es miércoles, querido diario. Ya casi llegamos a la mitad de esta montaña rusa que llaman "semana laboral".
Con cariño y desesperación controlada,
Tu fiel cronista del transporte público
Y eso, al final, ya no es tu carga.
Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan.
Los quiero hasta el infinito y más allá. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

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