Salmo 15: El Ciudadano del Reino de Dios


Por: Ricardo Abud

El Salmo 15 plantea una pregunta fundamental que resuena a través de los siglos: ¿Quién puede habitar en el santuario de Dios? Esta interrogante, formulada por David, no busca establecer un sistema de méritos para ganarse el favor divino, sino describir el carácter del verdadero adorador. A diferencia de muchas religiones antiguas que enfatizaban rituales externos y sacrificios, este salmo presenta una ética profundamente relacional y práctica. La respuesta divina que ocupa el resto del poema revela que el acceso a la presencia de Dios está íntimamente ligado a la integridad moral y la justicia en las relaciones humanas.

La estructura del salmo es sencilla pero poderosa: una pregunta doble seguida de una respuesta en forma de lista de características. El salmista pregunta quién morará en el tabernáculo de Yahvé y quién habitará en su monte santo. Esta duplicación enfatiza tanto la cercanía íntima con Dios como la estabilidad permanente en su presencia. No se trata de visitas ocasionales sino de una residencia continua en la esfera de lo sagrado. La respuesta que sigue no menciona genealogía, riqueza o poder, sino once cualidades morales que definen al huésped legítimo de Dios.

Las características presentadas abarcan tres dimensiones de la vida humana. Primero, la integridad personal: caminar en integridad, hacer justicia y hablar verdad en el corazón. Esta última expresión es particularmente significativa porque señala que la verdad no debe ser solo externa sino arraigada en lo más profundo del ser. Segundo, las relaciones interpersonales: no calumniar con la lengua, no hacer mal al prójimo ni levantar afrenta contra el vecino. El énfasis en el control de la lengua anticipa la enseñanza del Nuevo Testamento sobre el poder destructivo de las palabras. Tercero, los juicios morales y la integridad financiera: menospreciar al vil pero honrar a los temerosos de Yahvé, cumplir los juramentos aunque duela, no dar dinero a usura ni aceptar soborno contra el inocente.

Lo que resulta revolucionario en este salmo es cómo conecta la adoración vertical con la ética horizontal. No puede haber verdadera comunión con Dios mientras se practique la injusticia contra el prójimo. Esta verdad desafía cualquier espiritualidad que pretenda separar la devoción religiosa de la responsabilidad social. El adorador genuino no solo evita hacer el mal sino que activamente honra a quienes temen a Dios y desprecia a quienes viven en rebeldía moral, independientemente de su estatus social. Mantiene su palabra incluso cuando ello le cause pérdida personal, demostrando que su compromiso con la verdad trasciende el beneficio propio.

Las dos últimas características tratan específicamente sobre la justicia económica: no prestar dinero con interés excesivo que explote la necesidad ajena, y no aceptar sobornos que perviertan la justicia. Estos principios eran especialmente relevantes en el antiguo Israel donde el préstamo usurario podía esclavizar familias enteras y donde los sobornos corrompían sistemáticamente los tribunales. La inclusión de estos detalles específicos demuestra que la santidad bíblica no es abstracta sino que se manifiesta en decisiones económicas y legales concretas.

La promesa final del salmo es tan breve como categórica: "El que hace estas cosas no resbalará jamás." Esta garantía de estabilidad eterna contrasta dramáticamente con la fragilidad de quienes construyen su vida sobre la injusticia y el engaño. La firmeza prometida no es solo circunstancial sino existencial: quien vive conforme a estos principios encuentra una solidez interior que las tormentas externas no pueden derribar.

En nuestro contexto contemporáneo, el Salmo 15 confronta la tendencia moderna a privatizar la fe y desconectarla de la ética pública. Nos recuerda que no podemos ser adoradores los domingos y opresores los lunes, devotos en el templo y deshonestos en el mercado. La pregunta del salmo sigue vigente: ¿quién puede realmente habitar en la presencia de Dios? La respuesta permanece invariable: aquellos cuya integridad personal se refleja en justicia relacional y pureza financiera. Este salmo nos invita a un autoexamen honesto sobre la coherencia entre nuestra profesión de fe y nuestras prácticas cotidianas, recordándonos que el verdadero acceso a Dios no se negocia con rituales vacíos sino que se vive mediante una integridad que abarca cada dimensión de la existencia humana.

Y eso, al final, ya no es tu carga. 

 Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan. 
Los quiero hasta el infinito y más allá. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

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