Ser venezolano duele


Por: Ricardo Abud 

Ser venezolano en este siglo se parece demasiado a aprender a despedirse. Despedirse de la tranquilidad, de los sueños, de los amigos que hicieron una maleta con la esperanza de regresar algún día. Despedirse de una normalidad que parece escapar cada vez que creemos estar cerca de recuperarla.

Resulta imposible no sentir arrechera. Una arrechera profunda, mezclada con impotencia, al mirar todo lo que ha ocurrido sobre una tierra que alguna vez fue sinónimo de esperanza para millones. Décadas de malas decisiones políticas, corrupción, confrontaciones internas, sanciones internacionales y una economía devastada fueron dejando heridas que todavía sangran. Cada crisis parecía ser el límite, hasta que llegaba otra aún más dura.

La naturaleza tampoco ha dado tregua. La tragedia de La Guaira quedó grabada para siempre en la memoria colectiva, cuando una vaguada convirtió hogares, calles y vidas enteras en un río de dolor. Muchos jamás pudieron reconstruir lo perdido. Ahora, un terremoto vuelve a sacudir la tierra y, con ella, los recuerdos de quienes sienten que cada esfuerzo por levantarse termina siendo derribado otra vez. Pareciera que el destino insiste en poner a prueba la resistencia de un pueblo que ya ha soportado demasiado.

Ocho millones de venezolanos han tenido que abandonar su patria. Detrás de esa cifra no existen estadísticas frías, sino abrazos interrumpidos, mesas familiares incompletas, padres que envejecen lejos de sus hijos, niños que crecieron sin conocer la tierra donde nacieron sus abuelos. Cada migrante lleva a Venezuela escondida en el acento, en una arepa preparada con nostalgia, en una bandera doblada dentro de una maleta.

Hay días, sin embargo, en que el vacío pesa más que cualquier otra cosa; es un hambre que no se calma con comida, sino con el deseo desesperado de volver a caminar por las calles de la infancia o de escuchar la voz de los que se fueron en un tiempo que se siente como otra vida. Es un duelo constante que no termina, una forma de caminar por el mundo con el corazón partido, intentando construir un presente mientras el alma se quedó varada, esperando una señal de que lo nuestro, lo que fuimos y lo que amamos, no se ha perdido para siempre en la bruma del exilio.

Y sin embargo, existe una geografía invisible que nos mantiene unidos, un hilo sutil que vibra cada vez que alguien en la distancia nombra un cerro, una canción de nuestra tierra o un recuerdo compartido. Es esa extraña hermandad de quienes se reconocen en una mirada fatigada, un código secreto forjado en la resiliencia que nos permite encontrarnos en cualquier rincón del mundo y saber, sin necesidad de muchas palabras, que compartimos el mismo dolor y la misma esperanza terca. Somos una nación desparramada por el mapa, pero que sigue palpitando con un solo corazón que no termina de acostumbrarse a la distancia.

La pregunta aparece una y otra vez, inevitable, desgarradora: ¿qué karma estamos pagando como nación? ¿Por qué tantas pruebas sobre un mismo pueblo? ¿Cuántas veces más tendremos que empezar desde cero?

También duele recordar que Venezuela abrió sus puertas cuando otros pueblos atravesaban momentos difíciles. Recibió inmigrantes, ofreció oportunidades, tendió la mano con solidaridad. Ver que algunos de esos mismos países han respondido con desprecio hacia los venezolanos provoca una tristeza difícil de explicar. Ningún ser humano merece ser juzgado por el lugar donde nació ni cargar sobre sus hombros la culpa de decisiones que jamás tomó.

Aun así, entre tanto dolor sobrevive algo que nadie ha podido destruir: la capacidad del venezolano para levantarse. Sobrevive en quien trabaja desde el amanecer hasta la noche para alimentar a su familia. En quien reconstruye una casa después de perderlo todo. En quien cruza fronteras sin dejar morir la esperanza de regresar. En quien, pese a todas las decepciones, sigue creyendo que su país merece un futuro distinto.

Ser venezolano hoy significa cargar cicatrices que el mundo muchas veces no ve. Significa aprender a llorar en silencio y seguir adelante cuando las fuerzas parecen agotarse. Significa resistir cuando cualquier otro habría renunciado hace mucho tiempo.

Ojalá llegue el día en que la palabra Venezuela deje de estar asociada a la tragedia y vuelva a representar el talento, la generosidad y la alegría de su gente. Ojalá las próximas generaciones conozcan un país donde las noticias hablen de progreso en lugar de desastres, de reencuentros en lugar de despedidas, de esperanza en lugar de supervivencia.

Porque ningún pueblo merece vivir encadenado al sufrimiento para siempre. Porque Venezuela ya ha llorado demasiado. Y porque, incluso después de tantas pérdidas, millones de venezolanos siguen creyendo que algún día volverá a amanecer para su nación.

 NO HAY NADA MÁS EXCLUYENTE QUE SER POBRE

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