El amor que me debía


Por; Ricardo Abud

Esta temporada de mi vida lleva un nombre que por fin me honra: el amor que me debía.
He comenzado a devolverme, con paciencia de jardinero y manos temblorosas, aquello que un día puse en manos ajenas. Poco a poco voy saldando esa vieja deuda que tenía conmigo, la cual no se paga con dinero, sino con presencia, verdad y valentía.
Existe un momento en la vida donde el alma se detiene frente al espejo y reconoce la verdad más incómoda: hemos sido el peor deudor de nosotros mismos. Entregamos nuestro tiempo como monedas sin valor a quien no lo merecía, regalamos valentía a causas ajenas mientras nuestros propios sueños languidecían en el olvido. Nos convertimos en benefactores generosos de todos, menos de aquel que habitaba nuestra propia piel.

Esta temporada de reconciliación con uno mismo no llega anunciada con trompetas ni celebraciones. Aparece silenciosa, casi tímida, como un susurro interno que dice "basta". Es el instante preciso donde comprendemos que la mayor traición no vino de afuera sino de adentro, cuando elegimos ser espectadores de nuestra propia existencia en lugar de protagonistas.

Pagarse el amor propio no es un acto de egoísmo sino de justicia. Es reconocer que los años sacrificados al miedo merecen ser compensados con días de valentía auténtica. Porque hay una diferencia abismal entre la cobardía disfrazada de prudencia y el coraje de lanzarse al vacío sabiendo que incluso la caída es parte del aprendizaje. Perder dejará de ser catástrofe cuando entendamos que la verdadera derrota es morir sin haberlo intentado.

Darnos esa oportunidad que nos negamos durante tanto tiempo es un acto revolucionario. Implica desaprender todo lo que nos enseñaron sobre postergar nuestra felicidad, sobre esperar el momento perfecto que nunca llegará, sobre merecer solo después de cumplir expectativas ajenas. Es atreverse a decir "ahora" cuando el mundo espera que digamos "después".

El viaje hacia adentro aterroriza porque implica enfrentar a ese desconocido que hemos sido para nosotros mismos. Nos perdemos en el laberinto de nuestras contradicciones y, paradójicamente, es en ese extravío donde nos encontramos por primera vez de verdad. El tesoro no estaba enterrado en tierras lejanas sino bajo las capas de máscaras que nos pusimos para complacer, para encajar, para sobrevivir.

Aprender a darnos es quizás la lección más difícil del amor propio. Regalarnos tiempo a solas en una cultura que idolatra la productividad constante es rebeldía pura. Pronunciar ese "no" que se nos atraganta en la garganta, ese "no" que protege nuestra energía y establece límites sagrados, es un acto de amor radical hacia nosotros mismos. Esa palmada en la espalda que esperamos de otros, primero debe venir de nuestras propias manos.

Las cicatrices de batallas propias cuentan historias de valentía, mientras que las heridas de batallas ajenas solo narran cómo nos perdimos defendiendo trincheras que nunca fueron nuestras. Nuestro cuerpo merece ser testimonio de nuestras luchas, no campo de batalla de guerras heredadas.

Y aunque cultivar sonrisas en otros seguirá siendo noble, el primer rostro que debe iluminarse es el que nos devuelve el espejo cada mañana. Porque una vida vivida para la aprobación externa es una obra de teatro sin final, donde nunca bajará el telón y nunca seremos suficientes.

El perdón hacia uno mismo cierra círculos que de otro modo permanecerían abiertos eternamente. Hay cuentas que no se pueden saldar con acciones sino con compasión, con entender que hicimos lo mejor que pudimos con las herramientas que teníamos en ese momento. Castigarnos eternamente por errores pasados es construir nuestra propia prisión y tirar la llave.

La meta suprema es llegar al final con el saldo en cero, haber cumplido cada promesa que nos hicimos, haber vivido con la intensidad que merecíamos. La gracia verdadera está en transformar esa cuenta pendiente en abundancia, en haber amado tanto nuestra propia existencia que desbordó hacia otros.

Morir sin deudas personales es partir en paz. Pero morir habiendo convertido esa obligación en riqueza para otros es trascender. Es saber que nuestra vida no fue solo para nosotros sino que se convirtió en semilla que seguirá floreciendo en ausencia.

Todo comienza con ese acto aparentemente simple pero profundamente transformador: atreverse a pagar el amor que nos debíamos. Porque al final, la revolución más importante no sucede en las calles sino en el silencio de nuestro corazón cuando decidimos, por fin, ser nuestra propia prioridad.

Los años que viví con miedo están siendo canjeados por días enteros de coraje, días en los que incluso me permito perder. Porque perder, he descubierto, duele menos que no intentar. Y en ese intento constante me concedí por fin lo que tanto esperaba de mí: una oportunidad. Me debía un buen amor y lo sembré en mi propia casa. Me debía un viaje hacia adentro y me encontré en los pasillos silenciosos de mi ser. Me debía un tesoro, y fui yo quien apareció bajo la arena.

He elegido también perdonarme por esas cuentas que jamás podré saldar. Sin perdón, hay deudas que se convierten en cadenas eternas. Ojalá algún día llegue al punto en que mi alma quede en saldo cero, libre de reproches. Y si la suerte decide transformarse en gracia, si la gracia decide convertirse en bendición, entonces no solo estaré a mano conmigo: tendré abundancia para repartir. Tendré recuerdos para ofrendar, historias para aliviar otras vidas, talentos y pasiones que hayan crecido más de lo que imaginé.

Lo que quedará, al final, será un caudal de alegría. Un río sereno que me permita descansar en paz cuando llegue la hora, dejando tras de mí un eco luminoso, un salto hacia adelante que otros puedan disfrutar aun en mi ausencia. Porque todo comenzó, sencillamente, cuando me atreví a pagar el amor que me debía.

Y eso, al final, ya no es tu carga. 

 Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan. 
Los quiero hasta el infinito y más allá. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

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