Durante mucho tiempo creí que olvidar era la única forma de sanar. Pensaba que, si una persona seguía apareciendo en mi cabeza, era porque todavía estaba demasiado atado a ella; que tenía que hacer un esfuerzo consciente para borrar sus recuerdos, evitar sus fotografías, ocupar mi tiempo, distraerme y convencerme de que debía continuar.
Pero hay pensamientos que no desaparecen porque uno se los ordene. Hay personas que permanecen en la memoria mucho después de haber dejado de formar parte de nuestra vida cotidiana.
Fue entonces cuando empecé a mirar el asunto desde otro lugar. Quizás la pregunta no era por qué todavía pensaba en ella, sino qué estaba ocurriendo dentro de mí cada vez que aparecía su recuerdo. Porque una cosa es extrañar a alguien y otra muy distinta convertir ese recuerdo en una obligación. Una cosa es amar y otra pensar que amar significa necesariamente regresar. Una cosa es tener una herida abierta y otra interpretar esa herida como una señal inequívoca de que debemos luchar por quien se fue.
Quizás Dios la puso frente a mí porque yo debía conocerla. Quizás permitió que nuestras vidas se encontraran porque había algo que debíamos vivir juntos, algo que ambos necesitábamos aprender y experimentar. Tal vez, desde mi manera de entender la fe, aquel encuentro no fue un accidente ni una simple circunstancia pasajera. Tal vez ella llegó a mi vida porque estaba llamado a caminar a su lado, a conocerla profundamente, a amarla y, si ese era el propósito que Dios había dispuesto para nosotros, marchar con ella hasta el final.
Dios no la saca de mis pensamientos, quizás quiere que luche por ella en el espíritu. La frase tiene fuerza porque habla directamente al lugar donde duele. Pero también obliga a hacerse una pregunta mucho más profunda: ¿realmente cada pensamiento persistente es una instrucción de Dios?
Ahí aparece un pasaje de 2 Corintios 10:4, que dice: «Porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas».
Para mí, esa frase cambia completamente el sentido de la batalla. Pablo no está hablando de perseguir a una persona, convencerla, vigilarla, insistirle o intentar recuperar mediante alguna estrategia espiritual aquello que decidió marcharse. Habla de una batalla que ocurre en otro territorio: el de las fortalezas que se levantan en nuestra propia mente y en nuestra manera de interpretar la realidad.
Quizás esa sea la verdadera lucha. No necesariamente luchar por ella, sino luchar contra todo aquello que me hace creer que mi paz depende de ella. Luchar contra la desesperación. Contra la necesidad de una respuesta. Contra la fantasía de que solamente podré estar completo cuando esa persona regrese. Contra la tentación de convertir cada recuerdo en una señal y cada coincidencia en una promesa.
Las armas no son carnales. Esa parte del versículo merece detenerse en ella. Porque cuando el dolor sentimental aparece, nuestra primera reacción suele ser completamente carnal: buscar, escribir, revisar, preguntar, recordar, imaginar, comprobar, esperar. Queremos resolver con acciones externas algo que muchas veces está ocurriendo dentro de nosotros.
Pero Pablo habla de otra clase de armas. La oración puede ser una de ellas. La fe también. La capacidad de aceptar una realidad que no podemos controlar. El discernimiento. La disciplina para no alimentar pensamientos que nos destruyen. El perdón. La capacidad de entregar a Dios aquello que nosotros ya no podemos solucionar.
Y quizá, sobre todo, aprender a soltar sin convertir el amor en una guerra. Porque si Dios tiene el corazón de otra persona en sus manos, como afirma el mensaje, entonces tampoco necesito manipularlo. Si esa persona debe regresar a mi vida, no necesitaré destruir mi dignidad para conseguirlo. Y si no debe regresar, ninguna cantidad de angustia espiritual podrá convertir una despedida en un destino.
Por eso hoy entiendo que quizá la pregunta más importante no sea: ¿Por qué Dios no me permite olvidarla?. Quizás sea: ¿Qué quiere Dios enseñarme mientras todavía la recuerdo?.
Puede que la respuesta no tenga nada que ver con recuperarla.Puede tener que ver conmigo.Con aprender a amar sin poseer.Con recordar sin regresar.Con perdonar sin negar lo sucedido.Con agradecer lo vivido sin convertir el pasado en una condena.Con aceptar que algunas personas dejan una huella profunda precisamente porque vinieron a enseñarnos algo que no habríamos aprendido de otra manera.
2 Corintios 10:4 no me invita necesariamente a pelear por alguien. Me recuerda que existen batallas que no se ganan haciendo más, sino cambiando el lugar desde donde lucho.
Quizás durante mucho tiempo luché contra su ausencia cuando debía luchar contra mi propia desesperación. Luché contra el silencio cuando debía aprender a escuchar. Luché contra el recuerdo cuando quizás necesitaba reconciliarme con él. Y luché por recuperar una persona cuando todavía no había recuperado completamente mi propia paz. La verdadera victoria espiritual, entonces, podría no consistir en conseguir que alguien vuelva. Podría consistir en que, aunque no vuelva, yo consiga volver a mí. Y eso también es una forma de fe.
Porque entregar a Dios una persona que todavía amamos no significa dejar de amar. Significa reconocer que no somos dueños de su voluntad ni de su camino. Significa dejar de convertir nuestra necesidad en una supuesta revelación. Significa decir:
Señor, si esto pertenece a mi vida, muéstramelo; y si no pertenece, dame la fuerza para aceptarlo.Tal vez esa sea la batalla de la que habla Pablo.No una batalla para conquistar a alguien.Una batalla para conquistar la paz que perdimos intentando hacerlo.
La batalla más difícil no fue contra el recuerdo de quien se fue, sino contra la parte de mí que se negaba a soltar el ancla. Y aunque las lágrimas aún brotan a veces, ya no son de derrota, sino de gratitud por el milagro de haber amado tanto. Hoy entiendo que la verdadera paz no llega cuando el dolor desaparece, sino cuando aprendes a abrazar la herida y a decir con el alma: 'Te amé profundamente, acepto tu partida y, por primera vez en mucho tiempo, estoy listo para volver a mí'."
Y eso, al final, ya no es tu carga.
Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan.
Los quiero que jode, hasta el infinito y más allá, y sobre todo de gratis.

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