Cuando el llanto no es derrota


Por: Ricardo Abud

Hay lágrimas que no nacen del desamor ni de la derrota. Hay un llanto que es memoria, que es peso del alma, que es la herencia de quien ya sufrió bastante y aprendió que no todas las batallas se pelean con el corazón en la mano.

"Si me ven llorando, no es que no sea feliz", dice el alma que ha comprendido la complejidad de existir. Porque la felicidad no es la ausencia de lágrimas, sino la presencia de verdad. Y esa verdad, a veces, pesa. Pesa como pesa el recuerdo de ese abuelo que salió a comprobar si lo que le decían era cierto, pesa como pesan las mentiras que alguna vez nos vencieron, pesa como pesa el amor que se dio a quien no supo recibirlo con honra.

Jesús lloró, nos recuerda esta voz. Y en esa remembranza hay sabiduría ancestral: hasta lo divino conoce el quebranto. Llorar no es debilidad; es la valentía de quien no teme sentirse completo, de quien no huye de su propia humanidad. Es el lenguaje del cuerpo cuando las palabras ya no alcanzan, cuando el pecho necesita exhalar lo que guarda, lo que carga, lo que ya no puede sostener en silencio.

"Yo ya sufrí por alguien que solo me venció con mentiras",  confieso. Y en esa confesión late una liberación. Porque reconocer el dolor pasado no es revivirlo, es honrarlo. Es decirle al presente: aquello fue, pero esto que soy ahora nació también de aquella herida. Las mentiras hieren, sí, pero quien las sobrevive aprende a distinguir el oro de la hojalata, la verdad del espejismo.

No se llora por lo mismo que antes. Ahora el llanto es distinto. No es por amor perdido ni por agua que haga falta en el desierto del corazón. Es, quizás, por ese cansancio honesto de quien no se siente bien y tiene el coraje de decirlo. "No me siento bien", dice, y en esa simplicidad hay grandeza. Porque admitir el malestar es el primer paso para sanar, para no cargar con máscaras, para no fingir fortalezas que agotan más que las propias fragilidades.

Y cuando alguien pregunta si está bien, la respuesta es compleja como la vida misma: "Si me tamén está bien, dime que dure para' sempre". Que si hay un momento de luz, que se quede. Que si hay tregua en la tormenta, que eche raíces. Porque quien ha conocido el dolor profundo sabe el valor de la paz, así sea breve, así sea fugaz.

"Menos tú, no me siento bien", termino. Y en ese "menos tú" hay una petición silenciosa: no necesito consuelos vacíos, no necesito que minimices esto que siento. Necesito que entiendas que puedo llorar y seguir siendo fuerte, que puedo no sentirme bien y aun así estar en pie, que puedo recordar el dolor sin habitarlo, que puedo ser feliz y complejo al mismo tiempo.

Este es el testimonio de quien aprendió que la vida no es blanco o negro, sino un arcoíris de grises, de colores que se mezclan, de emociones que conviven. Es la voz de quien ya no teme su propia profundidad, de quien llora sin pedir permiso, de quien siente sin traducir cada emoción en categorías simples.

Y tal vez eso sea, al final, la verdadera madurez del alma: poder decir "lloro, pero soy feliz; sufrí, pero sigo aquí; no me siento bien, pero no necesito mentiras para sostenerme". Poder ser todo eso a la vez, sin contradicción, sin disculpas, sin explicaciones que nadie pidió.

Porque algunas lágrimas no apagan la luz. Algunas lágrimas, simplemente, la limpian.

Y eso, al final, ya no es tu carga. 

 Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan. 
Los quiero hasta el infinito y más allá. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

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