La claridad de la verdad frente al ruido de las mentiras


Por: Ricardo Abud

Hay situaciones en la vida en que el alma se cansa. No es un cansancio físico, sino algo más profundo: un agotamiento del espíritu ante la repetición incesante de falsedades cuando ya conocemos la verdad. Es como escuchar el mismo disco rayado una y otra vez, sabiendo perfectamente que la melodía verdadera es completamente diferente.

Cuando hemos vivido una experiencia, cuando hemos tocado la realidad con nuestras propias manos, cuando nuestros ojos han visto y nuestro corazón ha sentido lo que realmente ocurrió, las mentiras ajenas se vuelven insoportables. No porque nos ofendan particularmente, sino porque representan un insulto a nuestra inteligencia y a nuestra dignidad.

La verdad tiene un peso específico que la mentira nunca podrá replicar. La verdad se sostiene por sí misma, no necesita muletas ni decoraciones. Es sólida, coherente, persistente. Las mentiras, por el contrario, requieren de otras mentiras para sostenerse, como una torre de naipes que amenaza con derrumbarse al menor soplo de cuestionamiento.

Quien conoce la verdad desarrolla una especie de radar interno. Puede detectar la falsedad incluso en las mentiras más elaboradas, en las historias más convincentes. Hay algo en la textura misma de la mentira que la delata: una inconsistencia aquí, una exageración allá, un detalle que no encaja del todo bien con el resto del relato.

El verdadero problema no es la mentira en sí misma, sino la falta de respeto que implica. Cuando alguien insiste en mentirnos sabiendo que nosotros sabemos la verdad, nos está diciendo implícitamente que considera que somos tontos, que nuestra percepción no vale, que nuestra experiencia es irrelevante. Nos está negando nuestra propia realidad.

Por eso llega ese momento de "no más". No más energía desperdiciada en desmentir lo falso. No más tiempo invertido en defender lo obvio. No más esfuerzo en convencer a quien ha decidido aferrarse a la mentira. La verdad no necesita abogados desesperados; se defiende sola con el simple paso del tiempo.

Hay una liberación profunda en soltar la necesidad de que otros reconozcan nuestra verdad. Cuando dejamos de escuchar las mentiras, cuando nos alejamos del ruido, encontramos una paz que no depende de validación externa. Sabemos lo que sabemos, hemos vivido lo que hemos vivido, y eso es suficiente.

La verdad es paciente. No tiene prisa. Puede esperar décadas si es necesario, porque sabe que eventualmente, inevitablemente, saldrá a la luz. Las mentiras tienen fecha de caducidad; la verdad es eterna.

Quien se aleja de las mentiras no huye cobardemente, sino que avanza valientemente hacia su propia autenticidad. Elige la integridad sobre la conveniencia, la claridad sobre el caos, la dignidad sobre el drama. Y en ese alejamiento encuentra no el vacío, sino la plenitud de vivir alineado con lo real.

No más mentiras. Solo la verdad, limpia y clara como el agua de manantial. Y en esa elección, la libertad.

Y eso, al final, ya no es tu carga. 

 Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan. 
Los quiero hasta el infinito y más allá. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

Publicar un comentario

0 Comentarios