Mujer de Verdad vs. Niña Inmadura


Por: Ricardo Abud 

La madurez emocional no tiene fecha de nacimiento. No aparece con cierta edad ni se gana por acumulación de años. Se construye o se evita en cada decisión que tomamos cuando nadie nos está viendo.

Una mujer de verdad sabe que el amor no es solo lo que das, sino aquello a lo que renuncias. Entiende que proteger una relación requiere valentía: la valentía de cortar de raíz todo aquello que la pone en riesgo. Sin negociaciones internas. Sin excusas disfrazadas de inocencia.

La niña inmadura, en cambio, colecciona ambigüedades. Mantiene vínculos que no respetan su compromiso y los llama amistad, costumbre o "no es para tanto". Juega al juego cómodo del "no fue mi intención", como si la intención borrara el daño. Como si el daño no existiera si ella no lo nombra.

Hay una diferencia brutal entre una mujer que no necesita validación externa y una que vive hambrienta de ella. La primera tiene principios. Tiene lealtad. Tiene un amor propio que no depende de cuántos la miren o cuántos la deseen. Su compromiso viene del respeto, no del ego.

La segunda necesita comprobar constantemente que sigue siendo deseable para otros, aunque tenga a alguien que ya se lo demuestra. No es traición declarada. Es algo más silencioso y más corrosivo: la traición del carácter.

Una mujer madura actúa con consciencia. Piensa antes de actuar. Elige deliberadamente. Sabe que cada pequeña decisión —ese mensaje que no debería mandar, esa conversación que no debería tener, esa puerta que no debería dejar entreabierta— es un reflejo directo de quién es ella.

La niña inmadura reacciona por impulso y luego busca el argumento que justifique lo que ya hizo. Construye su relato después del hecho. Se convierte en abogada de sus propios errores.

Una mujer de verdad no espera que le pidan que haga lo correcto. No necesita que su pareja le marque los límites porque ya los tiene internalizados. Su fidelidad no es una jaula que alguien le impuso; es una decisión que toma cada día desde la libertad y el amor propio.

La niña inmadura, en cambio, solo respeta los límites cuando alguien los vigila. En cuanto la atención se desvía, los límites se vuelven flexibles, negociables e interpretables. Y cuando la confrontan, aparece el arsenal clásico: el llanto estratégico, el victimismo y el "siempre me malinterpretas". Porque para quien nunca ha desarrollado una integridad real, la lealtad no es un valor: es una inconveniencia que se tolera hasta que deja de ser cómoda.

La verdad de una persona no vive en sus palabras más bonitas ni en sus gestos públicos. Vive en lo que hace cuando no hay testigos. Cuando no hay aplausos. Cuando nadie está contando puntos.

Porque al final, no se trata de a quién amas. Cualquiera puede decir que ama.

Se trata de quién eres cuando nadie te está mirando.

Y eso, a diferencia de la edad, no se puede fingir para siempre.

 Y eso, al final, ya no es tu carga. 

 Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan. 
Los quiero que jode, hasta el infinito y más allá, y sobre todo de gratis.

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