SALMO 38, Cuando el cuerpo y el alma lloran juntos


Por: Ricardo Abud

El Salmo 38 es, posiblemente, uno de los textos más crudos y más valientes de todo el Salterio. No hay en él disimulo poético ni distancia estética. Es el retrato descarnado de un ser humano que sufre simultáneamente en todos los niveles: físico, emocional, social y espiritual. Y que, a pesar de todo, no suelta el hilo que lo conecta con Dios.

El salmista abre pidiendo que Dios no lo castigue en su ira ni lo corrija en su furor. Esta apertura sitúa al texto en un contexto particular: David siente que su sufrimiento está vinculado, de alguna manera, a sus propias faltas. 

No es la actitud del que reclama injusticia porque no ha hecho nada malo. Es la actitud del que reconoce su responsabilidad y aun así, desde esa responsabilidad reconocida, pide misericordia.

La descripción del estado físico es detallada y dolorosa. Las flechas de Dios se han clavado en él, su mano lo ha herido. Sus llagas hieden y supuran. Está encorvado, anda enlutado todo el día. Sus lomos están llenos de ardor. 

No hay en él nada sano. Esta acumulación de imágenes corporales no es exageración literaria: es la expresión de alguien que ha llegado a un punto de quiebre total. El cuerpo que sufre así es el cuerpo de alguien que carga demasiado desde hace demasiado tiempo.

Lo que añade una dimensión adicional de dolor al salmo es el abandono que describe a su alrededor. Sus amigos y compañeros se alejaron. Sus familiares se mantuvieron lejos. Los que buscaban su vida le tendían lazos. 

Los que buscaban su daño hablaban de destrucción. El sufrimiento físico es ya de por sí difícil; el sufrimiento físico en soledad, rodeado de indiferencia o incluso de hostilidad activa, tiene una cualidad que agota incluso la esperanza.

Y sin embargo, el salmista sigue hablando con Dios. "Porque en ti, Señor, he esperado; tú responderás, Señor Dios mío." Esta frase, situada en el centro de tanto derrumbe, es de una valentía espiritual extraordinaria. 

No dice que ya está bien. No dice que Dios ya respondió. Dice que sigue esperando. La fe que describe el Salmo 38 no es la fe de los que están cómodos; es la fe que se aferra cuando todo lo demás ha soltado.

El salmo también incluye una confesión de pecado notable por su transparencia: el salmista reconoce su iniquidad, se angustia por su pecado, no oculta lo que hizo. Hay en esto una postura que vale la pena resaltar: el reconocimiento de la propia falla no paraliza ni lleva al desprecio de sí mismo. Lleva, en cambio, a una mayor honestidad con Dios y a un mayor anhelo de su cercanía.

El Salmo 38 es para los que están en el fondo. No ofrece soluciones rápidas ni promete una salida inmediata. Pero ofrece algo quizás más valioso: el permiso y el modelo para presentarse ante Dios exactamente como uno está, roto, culpable, solo, exhausto, con la confianza de que esa presentación honesta no será rechazada. Es la oración del ser humano que no tiene nada que mostrar excepto su necesidad, y que descubre que eso es suficiente.

Y eso, al final, ya no es tu carga. 

 Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan. 
Los quiero hasta el infinito y más allá. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

Publicar un comentario

0 Comentarios