Por: Ricardo Abud
Estaba sentado frente al televisor, en esa quietud que solo existe cuando la noche se adueña de la casa, cuando llegó sin pedir permiso. Primero fue un rastro, luego una certeza. Licor, cigarro y ese perfume, su olor, tan suyo, tan inconfundible, que por un segundo me hizo girar la cabeza, convencido de que la encontraría ahí, parada justo detrás de mí. Pero no estaba. Por supuesto que no estaba.
Lo que sí estaba era ese vacío ocupado por su aroma, una emboscada sensorial que me dejó sin aliento. La ciencia tiene un nombre frío para esto: fantasmosmia. Un fallo, dicen, una alucinación del sistema límbico, el archivo donde guardamos lo que no hemos podido soltar. Pero llamarlo así es intentar explicar un relámpago con un manual de electricidad. Cuando el olor es tan preciso, tan cargado de historia, no estamos ante un error de las neuronas, sino ante una visita.
A veces, el vínculo entre dos personas no se rompe con una pelea ni se desvanece con el silencio. Se estira, se vuelve invisible, pero permanece ahí, tensado por todo lo que nunca se dijo. Imagino a esa persona llámala .., o cualquier nombre que te apriete el pecho al leer esto en algún lugar, con una copa en la mano y la mente perdida en el pasado. Sin teléfono, sin mensajes, solo pensando en aquello que quedó inconcluso. Y ese pensamiento, cargado de esa nostalgia que no sabe de distancias, termina viajando por el único canal que no necesita permiso: el recuerdo.
Es casi irónico que el universo se tome la molestia de orquestar estos fenómenos. Mueve energías, atraviesa distancias, despliega olores y sueños solo para hacernos saber que, del otro lado, alguien todavía busca una puerta. Es una forma torpe pero honesta de decirnos que el orgullo no ha logrado borrar lo que el corazón insiste en mantener vivo.
Pero nos equivocamos al buscar respuestas en las señales, en los números repetidos o en los aromas repentinos. Nos perdemos interpretando el mensaje cuando la respuesta es mucho más simple, aunque más aterradora. La magia, esa que nos hace estremecer frente a la televisión, no está en la energía que llega a la sala, sino en el valor que hace falta para romper el silencio.
Mientras el universo se esfuerza por enviarnos recuerdos disfrazados de presencias fugaces, nosotros nos escondemos detrás de la distancia, esperando que sea el destino quien mueva la ficha. Pero el destino es, en realidad, un espectador. Lo que realmente cambia las cosas no es el perfume que aparece de la nada, sino el momento en que alguien decide que ya es suficiente de misterios.
Ninguna señal, por poderosa que sea, tiene la fuerza de una voz humana rompiendo el hielo. Quizás ese aroma no vino a torturarme, sino a recordarme que hay verdades que pesan demasiado como para dejarlas en el aire. Y que, a veces, la solución a los enigmas más profundos del alma no requiere de energías ocultas ni de explicaciones científicas, ni de conjuros esotericos, sino de la sencillez de marcar diez dígitos, escuchar el tono y decir, sin rodeos: "Tenemos que hablar".
Y eso, al final, ya no es tu carga.
Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan.
Los quiero que jode, hasta el infinito y más allá, y sobre todo de gratis.

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