Por: Ricardo Abud
Durante años, viví bajo la ilusión de que el control era un escudo, una forma de blindarme contra el futuro a base de anticipar cada riesgo. Me desgasté intentando descifrar un destino que, en realidad, siempre fue un misterio ingobernable. Esa sacudida me arrancó la venda: comprendí que la vida no es un problema que deba ser resuelto, sino un presente que me estaba perdiendo por estar demasiado ocupado editando pesadillas que ni siquiera habían ocurrido.
Descubrí que mi mayor enemigo no fue el sismo, sino mi incapacidad para soltar lo que ya se había ido. Me consumí buscando explicaciones en corazones que ya no latían a mi ritmo, diseccionando traiciones y asumiendo culpas ajenas. Me perdí en el laberinto de creer que, si hubiera sido "más" (más paciente, más fuerte, más suficiente), las cosas habrían sido distintas. Me acostumbré a convivir con el desprecio disfrazado de afecto, confundiendo la tolerancia con la dignidad, hasta que el miedo a la soledad me mantuvo encadenado a lugares donde no podía ser yo mismo.
En aquel intento desesperado por salvar lo insalvable, llegué a traicionarme a mí mismo: me esforcé por cambiar, por moldear mi carácter y mis silencios para encajar en el molde que el otro exigía. Pensé que, si me convertía en alguien más amable, más complaciente o menos complejo, lograría finalmente ser merecedor de aquel afecto. Pero el resultado fue el opuesto: al intentar ser otro, solo conseguí desdibujarme, volviendo todo mucho peor. Cuanto más cedía, más crecía el desprecio de esa persona hacia mi; mi renuncia a ser quien era no despertó gratitud, sino un desdén mayor, como si mi propia disolución fuera solo un recordatorio constante de que no valía la pena el esfuerzo.
A veces me detengo a pensar en ese hombre que fui, aquel que cargaba con el peso de mundos que no le pertenecían, tratando de ser el arquitecto de un destino que se desmoronaba ante sus ojos. Me invade una mezcla de nostalgia y ternura al verlo tan perdido, intentando descifrar el amor a través de la lógica, cuando el amor no tiene más gramática que la entrega. Me doy cuenta de que mi verdadera herida no fue la partida de esa persona, sino el abandono sistemático que me hice a mí mismo durante años, permitiendo que mi valor se midiera en la escala de una balanza que siempre estuvo trucada en mi contra.
Al observar la naturaleza humana con más frialdad, he comprendido que gran parte de nuestra vileza nace del miedo a nuestra propia insignificancia. Hay quienes necesitan romper al otro, ejercer esa pequeña tiranía cotidiana de desvalorizar al compañero, simplemente para confirmar que tienen poder sobre algo. Es una forma oscura de validación: nos alimentamos de la inseguridad que provocamos en quien amamos, convirtiendo la vulnerabilidad del otro en un juguete para nuestra propia gratificación. Es mezquino, es cobarde y, aun así, es un patrón humano devastadoramente común que aprendí a reconocer solo cuando dejé de ser su víctima.
Hoy, en la quietud de mis nuevas certezas, entiendo que la verdadera libertad tiene un precio que muchos temen pagar: el de reconocer que no somos responsables de la falta de luz de los demás, la culpa de ellos solo les pertenece a ellos. Hay una paz inmensa en aceptar que, aunque mis manos quedaron vacías de ciertos amores, se llenaron finalmente de mi propia presencia. Es un alivio silencioso saber que no necesito que nadie me valide para saber que existo, que valgo y que, a pesar de todo lo que se quebró, mi esencia sigue intacta, aprendiendo ahora a caminar con la fragilidad de quien ha visto lo poco que dura todo y, aun así, elige amar el camino.
Ese instante de caos me obligó a soltar el peso. Dejé de mendigar respuestas, disculpas o reconocimientos de quienes solo sabían destruir. Comprendí que mi paz no puede ser moneda de cambio por la aprobación de nadie.
Ahora, cuando la ansiedad amenaza con volver, no busco garantías ni perfecciones. Simplemente me detengo y me enfrento a mi propia brevedad: ¿vale la pena gastar este segundo, que es irrepetible, en rencores o en el miedo a un mañana que no me pertenece? La respuesta siempre es un "no" rotundo.
Así que elijo respirar, perdonar y soltar. Porque tras el derrumbe de mis certezas, entendí que el trabajo más urgente no está en los muros que se cayeron afuera, sino en los cimientos que construyo dentro. Hoy elijo habitarme con calma, porque aprendí que la paz es un territorio demasiado sagrado como para permitir que el miedo o los recuerdos me lo sigan arrebatando.
Y eso, al final, ya no es tu carga.
Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan.
Los quiero que jode, hasta el infinito y más allá, y sobre todo de gratis.

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