Amé Mal, No Amé Menos


Por: Ricardo Abud 

Hay una forma de sufrimiento que no genera compasión ajena porque no tiene villano visible. Nadie mintió de manera escandalosa, nadie golpeó, nadie traicionó con un acto concreto y señalable. Simplemente, una persona amó con toda su arquitectura interior a alguien que vivía desde un centro en el que no cabía nadie más. Y cuando todo terminó, el dolor no tuvo a quién acusarle. Solo tuvo un espejo.

Eso es lo que destruye por dentro: la ausencia de un culpable claro. Porque cuando el otro actuó pensando únicamente en sí mismo, no rompió ningún pacto que él hubiera firmado. Fue coherente con lo que siempre fue. Tú lo leíste diferente, quisiste verlo diferente, necesitabas que fuera diferente. Y esa necesidad, disfrazada de amor, se convirtió en la trampa más sofisticada que te tendiste a ti mismo.

Perdonarlo a él no cuesta tanto como parece. El egoísmo ajeno, una vez nombrado, se vuelve casi transparente. Se entiende, se cataloga, se archiva. Pero perdonarse uno mismo por haber amado a quien nunca miró hacia afuera de sí es una operación quirúrgica que nadie enseña a hacer. Implica sostener dos verdades al mismo tiempo sin que se destruyan entre sí: que fuiste genuino y que también fuiste ciego. Que tu amor fue real y que lo depositaste en el lugar equivocado. Que entregarte no fue un error de carácter sino un error de destino.

Lo más devastador no es haber amado a alguien así. Lo más devastador es descubrir, en el silencio que deja su ausencia, cuánto dejaste de escucharte a ti mismo por seguir escuchándolo a él. Cuántas veces tradujiste su indiferencia como misterio, su distancia como profundidad, su egoísmo como independencia. Le construiste una mitología a medida para poder justificar lo que sentías. Y esa construcción, esa ficción tan trabajada, también tiene que derrumbarse. Y duele como derrumban las cosas que uno mismo edificó.

Perdonarse no es absolverse de ingenuidad. Es reconocer que amar desde un lugar verdadero, incluso hacia quien no lo merece, no es una vergüenza que cargar. Es una información. Dice algo poderoso sobre quién eres, no sobre quién fue él. El problema nunca estuvo en la calidad de tu amor. Estuvo en la dirección.

Y esa es la lección más cara que existe: no amaste mal. Amaste mucho, amaste hondo, amaste con una honestidad que el otro nunca supo ni quiso igualar. Pero lo amaste a él, que era precisamente quien menos podía recibirlo. Cambiar eso no requiere amar menos en el futuro. Requiere, solamente, aprender a leer mejor antes de entregar tanto.

 Y eso, al final, ya no es tu carga. 

 Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan. 
Los quiero que jode, hasta el infinito y más allá, y sobre todo de gratis.

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