La Arquitectura del Abandono


Por: Ricardo Abud

En el centro exacto del esternón existe un reloj que nadie ve. No marca horas, marca presencias. Cada vez que alguien entra en nuestra vida, este reloj ajusta sus manecillas, sincroniza sus engranajes, aprende un nuevo ritmo. Y cuando esa persona se va, el reloj sigue sonando a la hora acordada, pero ya no hay nadie al otro lado para escucharlo. Eso es lo que duele primero: no el silencio, sino el repiqueteo constante de todas las campanas que llaman a alguien que ya no vendrá.

Hay quienes dicen que el dolor de la pérdida es como un hueco en el pecho. Pero eso es inexacto. No es un hueco, es un museo. Un museo lleno de gestos fantasma: la inclinación de cabeza que esperabas ver al contarle algo, la risa específica que anticipabas antes de terminar la frase, el modo en que se acomodaba el cabello cuando estaba pensando. Estos gestos no desaparecen con la persona. Se quedan flotando en el aire de las habitaciones como hologramas defectuosos, proyectándose una y otra vez sobre el vacío.

Lo que nadie explica sobre la ausencia es que revela la verdadera extensión de nuestra dependencia. No dependencia emocional solamente, eso sería comprensible. Es algo más insidioso: habíamos construido toda nuestra arquitectura interior alrededor de otra persona. Las vigas del día descansaban sobre su presencia. Las ventanas se orientaban hacia donde estaban ellos. Incluso los sueños se edificaban con materiales que sólo tenían sentido en su compañía. Y cuando el centro se retira, toda la estructura cruje. No se derrumba de inmediato, eso sería demasiado limpio. Simplemente empieza a inclinarse, a doblarse, a mostrar grietas en lugares que creías sólidos.

Entonces llega el temblor. No es metáfora. El cuerpo entero empieza a vibrar con una frecuencia que la mente no reconoce. Te miras las manos y están quietas, pero por dentro todo se sacude como si la tierra bajo tus pies estuviera secándose. ¿Es pánico? ¿Es tristeza? ¿O es simplemente que el cuerpo sabe algo que la consciencia aún no quiere admitir: que estamos terriblemente, irremediablemente solos, y que siempre lo hemos estado?

Pero ese temblor, ese movimiento sísmico interior, tiene un propósito que solo se entiende después. Es el cuerpo tratando de sacudirse todo lo que no es tuyo. Todas las versiones de ti mismo que construiste para ser amable, para ser querido, para no quedarte solo. El temblor es la manera en que el organismo se rebela contra años de contorsiones. Es incómodo porque la verdad siempre lo es. Porque implica admitir que gran parte de lo que llamábamos "yo" era en realidad "yo para ti".

La soledad, cuando finalmente la miras de frente, tiene ojos. Te observa sin pestañear y te pregunta cosas que preferirías no responder: ¿Cuándo fue la última vez que tomaste una decisión sin pensar en la opinión de alguien más? ¿Cuándo dejaste de escuchar tu propia voz porque la voz del otro era más fuerte, más segura, más real? ¿En qué momento aceptaste que tu existencia solo tenía sentido si alguien la validaba desde afuera?

Nos criaron en una mitología del amor que es, en el fondo, una mitología del rescate. Alguien vendrá y te completará. Alguien le dará sentido a tus días. Alguien será el espejo donde finalmente te verás hermoso. Y cuando ese alguien se va, no solo pierdes su compañía, pierdes el espejo. Pierdes la certeza de que existes de una manera que importa. Y ahí es donde el vacío se vuelve insoportable: no porque sea profundo, sino porque finalmente lo ves.

Pero hay algo que sucede, no a todos, no siempre, pero a veces, cuándo uno no huye de ese vacío. Cuando uno se sienta en el borde del abismo y deja que el vértigo haga su trabajo. Hay un momento en que el miedo se transforma. No desaparece, pero cambia de naturaleza. Deja de ser el miedo a caer y se convierte en algo más parecido a la curiosidad: ¿Qué hay en el fondo? ¿Qué encontraré si bajo?

Y lo que se encuentra ahí, en el lugar más oscuro, es inesperado: una calma que no viene de la resolución ni del olvido. Una calma que viene de haber dejado de huir. De haber dejado de buscar fuera lo que solo puede encontrarse dentro. Es la calma feroz de quien finalmente se queda consigo mismo, no porque ya no duela, sino porque el dolor se vuelve preferible a la traición de uno mismo.

El vacío que la ausencia revela no es una herida nueva. Es el espacio que siempre debió existir: el lugar donde uno puede respirar sin pedir permiso, sentir sin justificarse, existir sin traducirse. Y cuando finalmente habitas ese espacio, cuándo dejas de llenarlo con ruido, con gente, con cualquier cosa que se parezca a una distracción, descubres que no estaba vacío después todo. Estaba lleno de ti. Del ti que nunca tuviste tiempo de conocer porque estabas demasiado ocupado siendo alguien para alguien más.


Y eso, al final, ya no es tu carga. 

 Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan. 
Los quiero hasta el infinito y más allá. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

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