Por: Ricardo Abud
El odio no se toma vacaciones. Ni siquiera cuando la tierra se abre bajo nuestros pies, cuando familias enteras lo pierden todo, cuando el llanto reemplaza las palabras y el silencio pesa más que cualquier discurso. Ni siquiera entonces.
Resulta profundamente indignante contemplar cómo, en medio de una tragedia que debería recordarnos lo pequeños y vulnerables que somos, todavía aparezcan quienes aprovechan el dolor para escupir veneno. Carajo, ¿de verdad ese es el corazón que dicen haber entregado a Dios?
Cuesta comprender cómo alguien puede levantar las manos al cielo para invocar al Padre Creador y, minutos después, abrir la boca para vomitar odio, burlas, desprecio y condenas. Esa contradicción no solo duele; da vergüenza. Porque la fe no puede convivir con la crueldad sin terminar convertida en un simple disfraz.
Un terremoto no pregunta por quién votaste, cuánto dinero tienes, de qué religión eres o a quién amas. La tierra tiembla para todos. El dolor alcanza a todos. La muerte no distingue banderas ni ideologías. Sin embargo, siempre aparecen los mismos miserables de espíritu, convencidos de que una tragedia es el escenario perfecto para alimentar su ego y reafirmar que ellos son los únicos dueños de la verdad. ¡Qué jodida manera de desperdiciar la humanidad!
Lo más triste es descubrir que para muchos el odio se ha convertido en alimento. Lo necesitan para sentirse fuertes. Lo abrazan para proteger un orgullo enfermizo. Lo utilizan para justificar sus decisiones y aparentar que son los más arrechos, los más valientes, los más incorruptibles. Pero detrás de tanto insulto y tanta soberbia solo suele esconderse un miedo inmenso y una pobreza espiritual imposible de disimular.
La verdadera fe jamás humilla al que sufre. La verdadera esperanza no celebra el dolor ajeno. La verdadera fortaleza no consiste en aplastar al otro cuando está de rodillas. Quien disfruta viendo caer a los demás podrá tener templos, rezos, biblias o discursos religiosos, pero le falta lo más importante: humanidad.
Qué tristeza contemplar una moral tan podrida y unos valores tan indignos que ni una catástrofe son capaces de despertar un mínimo de compasión. Qué miserable debe sentirse un corazón para encontrar satisfacción mientras otros buscan entre los escombros a sus hijos, a sus padres o a sus amigos.
Entre tanta desolación también aparecen esos odios viejos que nunca encontraron descanso. Incluso en medio del dolor compartido, hay personas incapaces de soltar el rencor, como si aferrarse a él fuera la única forma de darle sentido a su existencia. Resulta triste descubrir que algunos corazones prefieren seguir alimentando resentimientos antes que reconocer la fragilidad de la vida. El odio no castiga a quien lo recibe; termina consumiendo a quien lo abraza, convirtiéndolo en prisionero de una guerra que hace mucho dejó de tener sentido.
Quizá el mayor terremoto no ocurrió bajo la tierra, sino dentro de muchas conciencias. Allí donde se derrumbaron la empatía, la solidaridad y la decencia hace mucho tiempo. Allí donde el odio terminó ocupando el lugar que alguna vez perteneció al amor.
Ojalá algún día comprendamos que ninguna ideología, ninguna religión y ninguna diferencia vale más que una vida humana. Porque cuando la tragedia golpea, todos somos iguales: frágiles, efímeros y necesitados de la mano del otro.
Y si después de todo eso alguien sigue eligiendo el odio, entonces que deje de hablar en nombre de Dios. Porque Dios no necesita defensores llenos de rencor. Lo que necesita este mundo, carajo, son seres humanos capaces de abrazarse cuando todo parece derrumbarse.
Da tristeza, de verdad, ver hasta dónde puede llegar la mezquindad humana. Da tristeza una moral tan pobre, unos valores tan ímprobos, que ni la desgracia ajena logra ablandar. Porque si ni la muerte, ni las casas caídas, ni la gente llorando en la calle te hacen bajar la guardia del rencor, entonces el problema no es del país que tembló. El problema está mucho más adentro, en el alma de quien decidió que odiar es más fácil que sanar.

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