El tiempo del dolor tiene una geografía extraña. No avanza en línea recta como el tiempo de los relojes, sino que gira, que vuelve, que abre puertas que juramos haber cerrado. Y en ese tiempo circular, hay un lugar donde muchos de nosotros vivimos sin saberlo: el momento exacto de la mordida. Ahí, congelados. Reproduciendo la escena. Buscando en ella, con lupa de arqueólogo, la señal que se nos escapó, la palabra que lo hubiera cambiado todo.
Somos, en ese estado, como ríos que han olvidado fluir hacia el mar y se empeñan en regresar a la montaña de donde bajaron.
La paradoja más cruel de recibir daño de otro ser humano es que el daño, una vez adentro, nos pertenece. Ya no es de quien lo infligió. El veneno no pregunta a quién le pertenece el cuerpo que recorre. Simplemente va. Y mientras nosotros seguimos afuera, en la negociación interminable con el que mordió, el veneno trabaja solo, en silencio, convirtiendo tejido sano en cicatriz antes de tiempo.
Hay una razón por la que necesitamos tanto el *por qué*. No es capricho ni debilidad. Es que el cerebro humano fue construido para encontrar patrones, para hacer del caos un mapa navegable. Si entiendo por qué ocurrió, el mundo vuelve a tener reglas. Vuelvo a tener control. La explicación es, en el fondo, un intento desesperado de volver a sentir que el universo es predecible, que si aprendo la lección correcta, no me volverá a pasar.
Pero hay personas que no son lecciones. Son tormentas. Y las tormentas no tienen moraleja.
Aceptar que alguien nos hizo daño sin que nosotros lo provocáramos, sin que exista una razón que podamos corregir, es quizás el ejercicio espiritual más exigente que existe. Porque nos deja sin tarea. Sin proceso. Sin la sensación reconfortante de que si trabajamos lo suficiente, lo comprenderemos todo y entonces estaremos bien. Nos deja, simplemente, con la herida y con la decisión de qué hacer con ella.
Y ahí, en esa desnudez, aparece algo inesperado: la libertad. La misma libertad que se esconde en el acto de soltar. No perdonar por el otro. No olvidar por decreto. Sino soltar por uno mismo, como quien abre la mano y deja caer una piedra que ya le estaba deformando los dedos.
Y eso, al final, ya no es tu carga.
Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan.
Los quiero hasta el infinito y más allá. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

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