El circo


Por: Ricardo Abud

Una obra de teatro puede repetirse cada vez que alguien decide reescribir su propia historia. El escenario cambia, los actores rotan, pero el guión permanece intacto con una fidelidad que debería avergonzar a sus autores. 

Alguien toma los fragmentos de lo que fue, los pule con la saliva del rencor, y los convierte en trofeos que mostrar ante ojos nuevos y hambrientos de certezas.

El narrador siempre es el héroe. Eso es lo primero que hay que entender. Nadie se sienta frente a una persona que quiere impresionar para confesar sus propias sombras. Nadie dice *yo también fallé, yo también mentí, yo también construí muros donde debí haber abierto puertas.* Lo que se sirve en esa mesa es un plato cuidadosamente decorado: la víctima perfecta, el monstruo perfectamente dibujado, y el narrador como único sobreviviente de un naufragio que él mismo, tal vez, ayudó a provocar.

Y del otro lado de la mesa, alguien escucha. Alguien que todavía no sabe que está siendo reclutado. Que la sonrisa que esboza es en realidad la primera trampa que acepta, porque sonreír ante el dolor ajeno es firmar un contrato de lealtad con una versión de los hechos que nunca podrá verificar. Esa persona no ha ganado nada. Ha heredado una narrativa. Ha recibido las llaves de una casa que no sabe que tiene goteras, que el piso cruje en ciertos lugares, que las paredes guardan ecos de conversaciones que ningún relato de sobremesa podrá borrar jamás.

Hay algo profundamente cómico, en el sentido más trágico de la palabra, en dos personas construyendo su intimidad sobre los escombros de otra. Como edificar un castillo sobre arena y llamarlo solidez. Como comprarse un espejo roto y convencerse de que refleja mejor la realidad. El vínculo que nace de la condena compartida es frágil precisamente porque no se fundó en lo que son, sino en lo que otro supuestamente fue. Y eso, tarde o temprano, se agota. Porque los monstruos inventados no alimentan relaciones reales.

El circo, sin embargo, necesita de su público tanto como de sus payasos. Y el verdadero espectáculo no es lo que ocurre bajo la carpa, sino lo que sucede afuera, en silencio, en quien ya no necesita defenderse. Porque existe una dignidad peculiar en el que decide no responder, en el que suelta la cuerda del tira y afloja y observa cómo los demás caen hacia atrás por su propio impulso. No es indiferencia. Es la comprensión de que algunas batallas se ganan abandonando el campo, no porque uno haya perdido, sino porque el campo mismo no vale la sangre.

La historia que alguien cuenta de ti dice infinitamente más de él que de ti. Es un autorretrato disfrazado de acusación. Cada adjetivo que elige revela sus miedos, cada exageración delata sus heridas, cada detalle omitido muestra exactamente lo que no puede mirar de frente. Los que escuchan con prisa por juzgar también se retratan: muestran su necesidad de villanos simples en un mundo que es todo matiz.

Al final, el tiempo es el único director de escena que no puede sobornarse. Las máscaras pesan. Los relatos se contradicen. Los testigos aparecen. Y lo que parecía una victoria resulta ser apenas el primer acto de una obra que todavía no ha mostrado su verdadero desenlace.

Tú, mientras tanto, puedes hacer la cosa más revolucionaria que existe: seguir siendo real en un mundo de actuaciones. No necesitas reescribir nada. No necesitas competir con ninguna versión de ti mismo que alguien más está vendiendo. La verdad no necesita publicidad. Solo necesita tiempo. Y el tiempo, a diferencia de los payasos, nunca miente.

Y eso, al final, ya no es tu carga. 

 Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan. 
Los quiero hasta el infinito y más allá. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

Publicar un comentario

0 Comentarios