Mi diario hoy, domingo 04 de octubre

 


Querido diario:
Domingo 04 de octubre
Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso, 1 Juan 4:20

Entender la naturaleza humana me sigue pareciendo una de las cosas más difíciles de esta vida, quizá porque con los años he aprendido que no siempre existe correspondencia entre lo que una persona dice creer y aquello que realmente lleva dentro. 

A veces las palabras hablan de amor mientras los actos hablan de otra cosa; se pronuncia el nombre de Dios con devoción y, poco después, se descarga sobre un semejante una dureza difícil de conciliar con aquello que se acaba de profesar.

Hoy es domingo y pienso precisamente en eso. En las iglesias habrá personas orando, cantando, levantando sus manos, alabando y adorando a nuestro Padre creador. Lo respeto profundamente. Yo también creo en Dios y, para mí, invocarlo no puede ser solamente un acto de palabras. Si digo que Dios es amor, entonces tengo que intentar comprender qué significa realmente vivir desde ese amor, porque no debería aparecer únicamente cuando estamos delante de un altar, sino también cuando estamos dolidos, enojados, decepcionados o frente a alguien que alguna vez ocupó un lugar importante en nuestra vida.

He sido testigo de personas que hablan de misericordia mientras conservan resentimientos; que hablan de perdón mientras son incapaces de perdonar; que buscan en Dios consuelo para sus propias heridas, pero no encuentran dentro de sí comprensión para las heridas que pueden causar en otros. No lo digo para juzgar. Yo también he cometido errores, también he herido y también he necesitado perdón. Precisamente por eso sé que nadie está por encima de la necesidad de reconocer sus propias faltas.

Pero hay algo que todavía me cuesta comprender: si realmente creemos en Dios, ¿cómo podemos invocar su nombre mientras alimentamos rechazo hacia otro ser humano? ¿Cómo podemos pedir misericordia para nosotros y negársela a los demás? Tal vez la verdadera prueba de aquello que creemos no está en lo que hacemos dentro de una iglesia, sino en lo que somos capaces de hacer cuando estamos heridos y nadie nos está mirando.

Con el tiempo he aprendido que alejarse de alguien no significa necesariamente odiarlo. Una puerta puede cerrarse sin destruir el camino que alguna vez compartimos. Una historia puede terminar sin que tengamos que convertir en enemigo a quien alguna vez quisimos. Incluso cuando no comprendemos las razones de una distancia, podemos respetarla sin responder con resentimiento. A veces querer también significa saber soltar, guardar silencio, no perseguir explicaciones y continuar el camino sin desearle mal a nadie.

Eso es lo que quiero para mí. No quiero que una herida me enseñe a odiar ni que una decepción cambie mi manera de amar. No necesito que nadie regrese, ni que alguien reconozca sus errores, para darle valor a lo que alguna vez viví. Hay cosas que simplemente deben aceptarse: personas que toman caminos diferentes, puertas que se cierran, silencios que permanecen y capítulos que terminan de una manera distinta a la que imaginábamos.

Por eso hoy no necesito señalar a nadie. Prefiero mirarme a mí mismo y preguntarme si estoy siendo coherente con aquello que digo creer. Porque para mí la fe no puede quedarse encerrada dentro de una iglesia. Si realmente existe amor, debería acompañarnos cuando salimos de ella y, sobre todo, cuando nadie nos está mirando. Debería estar presente en nuestras decisiones, en nuestras palabras y en la manera en que tratamos a quienes alguna vez nos hicieron daño.

Quizás la oración más sincera no sea la que pronunciamos con los labios, sino aquella que convertimos en una decisión silenciosa: no devolver el daño, respetar la distancia, dejar ir y desear paz.

Hoy es domingo y eso es lo que quiero conservar: mi paz, mi capacidad de amar y la tranquilidad de saber que no necesito convertir el dolor en odio para poder seguir adelante. Si Dios ocupa un lugar verdadero en mi vida, quiero que se note precisamente ahí donde nadie me ve: en mi manera de tratar a los demás, incluso cuando ya no forman parte de mi camino.

Porque quizá sea justamente ahí donde la fe deja de ser discurso y se convierte en vida.

Y al final, cuando la noche cubra este domingo y el eco de las campanas se apague por completo, tal vez no queden testigos de mi promesa. No habrá aplausos, ni altares, ni manos levantadas. Solo estaré yo, a solas con mi propia sombra y con los rincones más silenciosos de mi alma.

Pero sé que allí, en esa penumbra donde nadie me juzga ni me aplaude, es donde mi fe respira de verdad. Si miro hacia atrás y veo los espacios vacíos que otros dejaron, ya no siento el frío del abandono, sino la calidez de lo que fui capaz de amar sin reservas.

Dejo ir las preguntas sin respuestas, los nombres que ya no nombro y los caminos que tomaron rumbos distintos. Y mientras la brisa de la madrugada entra por la ventana, cierro los ojos y susurro la única plegaria que verdaderamente importa: que mi corazón nunca aprenda a odiar, que mi dolor se convierta en compasión, y que el amor que un día entregué siga brillando en mí, limpio y en silencio, como un faro que ya no necesita alumbrar a nadie para saber que sigue encendido.

«No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.»

Mateo 7:21

«Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto?»

1 Juan 4:20


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