Por: Ricardo Abud
Con el tiempo comprendí que algunas cosas se parecen mucho a las monedas: brillan cuando las recibimos, pueden parecer suficientes para justificar una decisión y hasta hacernos creer que hemos ganado algo, pero ninguna conserva su brillo cuando descubrimos lo que tuvimos que entregar para conseguirla.
La vida me enseñó que la mentira puede construir escenarios hermosos durante algún tiempo. Puede cambiar las formas, esconder las grietas y hacer que desde lejos todo parezca perfecto. Pero existe una diferencia entre aquello que parece estar en paz y aquello que realmente lo está. La verdadera tranquilidad no necesita esconder nada.
Por eso dejé de preguntarme qué ocurre después de una traición y cuánto puede durar una felicidad nacida de aquello que alguna vez fue ocultado, negado o disfrazado. El tiempo no necesita explicarnos ciertas cosas; simplemente termina revelándolas. Y cuando lo hace, uno comprende que algunas pérdidas fueron, en realidad, una manera dolorosa de recuperar algo mucho más importante: la propia paz.
Quizás por eso ya no miro hacia atrás con rabia, sino con la serenidad de quien contempla una casa en la que alguna vez vivió y reconoce que ya no le pertenece. No necesita incendiarla, derribarla ni saber quién vive ahora dentro. Le basta recordar que alguna vez fue su hogar y que salió de allí con lo esencial: su dignidad, su memoria y la capacidad de volver a querer sin traicionarse a sí mismo.
También descubrí que lo construido sobre una mentira puede crecer, pero no necesariamente florece; puede multiplicarse en apariencia, pero no en paz. Puede tener nuevas paredes, nuevos nombres, nuevos caminos y nuevas historias, y aun así cargar silenciosamente con aquello que le dio origen. Cada quien sabe qué puso debajo de sus propios cimientos y cuánto pesa.
Yo ya no necesito saberlo.
Me basta haber entendido que la paz no consiste en ganarle a alguien, sustituir a alguien ni demostrar que uno puede vivir mejor que alguien. La paz llega cuando dejamos de necesitar demostrar absolutamente nada.
Entonces las treinta monedas dejan de importar, porque algunas personas descubren demasiado tarde que habían confundido el precio de algo con su verdadero valor. Judas recibió las monedas, pero no pudo comprar con ellas aquello que realmente necesitaba: tranquilidad, sueño, perdón y paz.
Yo escogí otro camino, no porque haya olvidado, sino porque finalmente entendí que recordar no obliga a regresar, amar no obliga a quedarse y perdonar no significa volver a construir donde alguna vez se rompió la confianza.
Hay puertas que se cierran sin odio y hay historias que terminan sin vencedores. Algunas cosas simplemente dejan de pertenecernos, y aprender a aceptarlo puede ser la forma más silenciosa de recuperar la libertad.
Por eso, si alguna vez estas palabras llegan hasta donde tienen que llegar, no necesitarán explicación. Bastará con que quien deba entenderlas recuerde aquello que alguna vez supo y que quien las escribió, después de todo, haya encontrado la paz que ninguna moneda puede comprar.
Y eso, al final, ya no es tu carga.
Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan.
Los quiero que jode, hasta el infinito y más allá, y sobre todo de gratis.

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