MI CUERPO DE CHICHARRÓN


Por: Ricardo Abud 

Confesiones de un masoquista que paga por sufrir

Mi relación con el gimnasio se ha convertido en una desviación emocional que algún psicólogo debería estudiar y alguna autoridad sanitaria debería clausurar. Lo mío ya no es una actividad física: es una relación morbosa con el sufrimiento, una especie de noviazgo tóxico en el que yo pongo el dinero, los entrenadores ponen la tortura y mis músculos ponen la denuncia.

Lo más grave es que voy por voluntad propia.

¡Por voluntad propia, carajo!

Nadie me obliga a levantarme de la cama, vestirme con ropa deportiva, meterme en unos zapatos que parecen diseñados para caminar sobre brasas y dirigirme a ese centro de tortura emocional. Nadie me apunta con una pistola. Nadie amenaza con secuestrar a mi familia si falto. Sin embargo, ahí estoy, puntual, pagando una mensualidad para que un desconocido me haga sufrir mientras me llama campeón.

¡Campeón de qué, desgraciado! ¡Si hace veinte minutos me estaba costando trabajo levantarme del sofá para buscar el control remoto!

He intentado encontrar una razón de peso para abandonar el gimnasio. Una excusa contundente, respetable, científicamente demostrable. Algo que me permita decir: «Señores, mi permanencia aquí es incompatible con mi bienestar físico, mental y espiritual».

Pero no encuentro ninguna.

He buscado argumentos en la filosofía, en la medicina, en la economía y hasta en la Constitución. Nada. El gimnasio sigue abierto, la mensualidad sigue cobrándose y yo sigo entrando como un condenado que paga su propia ejecución en cómodas cuotas mensuales.

Lo peor es que ni siquiera puedo alegar que me maltratan sin mi consentimiento. ¡Yo firmé la inscripción! Me explicaron que había máquinas, pesas, bicicletas, caminadoras y entrenadores profesionales. Lo que no me aclararon fue que aquello también incluía humillación pública, chantaje emocional, sudoración industrial y una guerra psicológica contra el derecho universal a estar cómodo.

El entrenador: ese sádico con microfono

Los entrenadores son unos personajes extraordinarios. Tienen una capacidad sobrenatural para detectar cuándo estás a punto de morir y, en lugar de llamar a una ambulancia, te ordenan hacer cinco repeticiones más.

Tú estás ahí, tendido sobre una máquina, mirando el techo y reconsiderando todas las decisiones que te llevaron a nacer, cuando aparece el individuo con su camiseta ajustada, sus músculos de catálogo y una sonrisa que debería estar prohibida por los convenios internacionales.

—¡Vamos, Ricardo! ¡Una más!

¿Una más? ¿Una más de qué? ¿Una más de vida? ¿Una más de respiración? ¿Una más de las razones por las que todavía no he denunciado este establecimiento?

—¡Tú puedes!

¡Claro que puedo! También puedo irme. Puedo salir por esa puerta, tomar un taxi, comprarme una empanada y regresar a mi casa a vivir una vida digna. ¡Tengo muchas capacidades que usted no está considerando, profesor de la desgracia!

Pero no. Él insiste.

—¡Aguanta tu pela!

Y ahí está el detalle: el entrenador disfruta la pela más que el que la recibe. Uno suda como una tubería rota y él canta, aplaude y sonríe como si estuviera dirigiendo un concierto benéfico.

A veces pienso que esos tipos no estudiaron educación física. Estudiaron interrogatorio militar con especialización en tortura muscular.

Y cobran por ello.

¡Eso es lo verdaderamente admirable!

La música, el micrófono y la amenaza

En algunos gimnasios los entrenadores utilizan micrófono. Sí, micrófono. Como si no bastara con el dolor, también hay que amplificarlo.

El hombre agarra el aparato y empieza a gritar:

—¡Vamos, mi gente! ¡Que ese cuerpo de playa no se construye solo, y comienza su canto: dejen de comer arepa, empanaditas, hamburguesitas!

Yo quisiera responderle:

—Mire, mi pana, yo no estoy construyendo un cuerpo de playa. Yo estoy tratando de sobrevivir al martes. Mi aspiración estética es poder agacharme a recoger una moneda sin redactar un testamento, ponerme las medias y poder MIRAR, INTERACTUAR con ese ser que me ha acompañado en todas mis travesuras amorosas ¿saben de que hablo no?

Pero el micrófono sigue.

—¡Quiero ver esos abdominales!

¡Pues yo también, hermano! ¡Llevamos años buscándolos y ya casi estoy por reportarlos como personas desaparecidas!

El entrenador habla de tonificar, definir, quemar grasa, ganar masa muscular y alcanzar el cuerpo ideal. Lo dice con una convicción que hace pensar que, si no terminamos con abdominales de acero, el país perderá su soberanía.

Y uno, que llegó al gimnasio con la humilde intención de mejorar un poquito su salud, termina sintiéndose responsable de una emergencia nacional.

Lo peor es que el micrófono no tiene botón de misericordia.

Mi cuerpo de chicharrón no necesita una revolución

Voy a confesar algo que puede escandalizar a los fanáticos de las pesas: ¡a mí mi cuerpo de chicharrón me encanta!

Lo digo sin complejos, sin vergüenza y sin necesidad de consultar a un nutricionista.

Mi cuerpo tiene sus curvas, sus pliegues, sus reservas estratégicas y una distribución de la grasa que responde a un sofisticado modelo económico de acumulación. No es un cuerpo cualquiera: es una economía emergente con abundantes recursos debajo de la superficie.

Mis abdominales no están ausentes. Están protegidos por una política de seguridad nacional.

Mis músculos no son débiles. Están trabajando de manera confidencial.

Y mi barriga no es una barriga: es un patrimonio histórico, cultural y gastronómico que ha sobrevivido a cumpleaños, navidades, parrillas, hallacas, arepas y a esa costumbre latinoamericana de decir «come un poquito más» cuando uno ya no puede ni cerrar la boca.

¿Y ahora resulta que debo destruir ese legado para que alguien me diga que tengo el abdomen marcado?

¡Por favor!

Yo respeto profundamente a quienes desean un cuerpo atlético. Que levanten sus pesas, cuenten sus calorías y se midan la cintura todas las mañanas. Mi admiración es sincera. Pero también reclamo mi derecho a conservar una silueta que no parezca diseñada con regla, escuadra y compás.

No aspiro a parecer una estatua griega. Aspiro a parecer un hombre feliz que sabe dónde venden buenas empanadas.

Sin embargo, ahí voy otra vez al gimnasio, traicionando mis principios, mis convicciones y mi relación con la gastronomía.

Porque una cosa es amar tu cuerpo de chicharrón y otra muy distinta es renunciar al masoquismo.

El espejo: mi peor enemigo

En el gimnasio hay espejos por todas partes. En las paredes, frente a las máquinas, detrás de las pesas. Si pudieran, los instalarían hasta dentro de los baños.

Uno no sabe si está entrenando o participando en un concurso internacional de inspección corporal.

Me miro de frente. No veo cambios.

Me miro de lado. Tampoco.

Me meto la barriga. ¡Milagro! Aparece una versión preliminar de mi futuro cuerpo atlético.

Suelto el aire y regreso a la realidad.

Entonces aparece el entrenador:

—¡Aprieta el abdomen!

¡Lo tengo apretado desde que llegué, hermano! Lo que pasa es que mi abdomen no es una aplicación que se actualiza con una contraseña. ¡Aquí hay años de inversión, amortización y capital acumulado!

El espejo me devuelve una imagen que conozco perfectamente. No hay sorpresas. Lo que veo es el mismo hombre que entró, solo que más sudado, despeinado y con una expresión facial que oscila entre la indignación y las ganas de llamar a un abogado.

A veces me pregunto si los espejos del gimnasio no estarán conectados a una cámara oculta para transmitir un programa de comedia.

Título: Hombres que pagaron para arrepentirse.

El público se ríe. Yo hago sentadillas.

La caminadora: correr sin llegar a ninguna parte

La caminadora merece un capítulo aparte.

Es una máquina extraordinaria: permite correr durante cuarenta minutos sin moverte del mismo sitio. Si uno lo piensa, es una metáfora perfecta de la vida moderna, del sistema económico y de algunas relaciones amorosas.

Corres, sudas, te esfuerzas, pierdes el aliento y, cuando terminas, sigues exactamente donde empezaste.

¡Pero más cansado!

Me subo a la caminadora y el entrenador programa una velocidad que, a su juicio, es perfectamente razonable.

A mi juicio, es un intento de fuga de la realidad.

—¡Sube el ritmo!

¿Subirlo? ¡Si ya voy a una velocidad en la que mis antepasados están empezando a despedirse de mí!

Miro la pantalla. Calorías quemadas: 47.

¡Cuarenta y siete!

He sudado como si estuviera apagando un incendio forestal y apenas he eliminado el equivalente energético de una galleta triste.

Esto no es ejercicio. Es una estafa metabólica.

En ese momento recuerdo que en mi casa hay un sofá, un ventilador y una nevera que no exige certificados de resistencia cardiovascular para abrirse.

Pero sigo corriendo.

Porque el masoquismo, cuando se combina con una mensualidad domiciliada, adquiere características de compromiso institucional.

El día después: cuando el cuerpo presenta la factura

Lo verdaderamente interesante ocurre al día siguiente.

Me despierto y descubro que mis piernas han presentado una renuncia colectiva. Intento sentarme en la cama y siento que estoy participando en una operación de rescate.

Para levantarme necesito apoyarme en la pared, negociar con las rodillas y pedirle colaboración a una silla.

Bajar las escaleras es una experiencia religiosa. Cada escalón representa una prueba de fe. Subirlas requiere un acuerdo internacional entre mis cuádriceps, mis glúteos y mi dignidad.

Voy al baño y me siento.

¡Error!

Ahora tengo que levantarme.

Lo intento una vez. Nada.

Lo intento dos veces. Menos.

A la tercera, considero seriamente instalar un teléfono de emergencia junto al inodoro.

Y entonces recuerdo al entrenador:

—¡Mañana vas a sentir que trabajaste!

¡Pues sí, desgraciado, CDTM! ¡Estoy sintiendo hasta las consecuencias de mis decisiones de la infancia!

Lo más absurdo es que, a pesar de todo, uno termina sintiendo cierta satisfacción. El dolor se convierte en una medalla invisible. Caminas como un pingüino, pero con orgullo. Te duele hasta el apellido, pero piensas: «Hoy sí trabajé duro».

Es increíble lo que una persona puede llegar a justificar cuando necesita creer que su sufrimiento tiene sentido.

Mi divorcio con el gimnasio está pendiente

He pensado seriamente en separarme de este centro de tortura. Preparar una despedida formal, recoger mis cosas, cancelar la mensualidad y marcharme sin mirar atrás.

Pero algo me detiene.

No sé si es la esperanza de conseguir un abdomen respetable, la presión social o esa voz interior que me dice que no puedo abandonar algo después de haber pagado por adelantado.

Lo cierto es que mi relación con el gimnasio se parece demasiado a una relación tóxica.

Voy porque quiero, sufro porque me quedo y regreso porque me convenzo de que esta vez será diferente.

El entrenador me promete resultados. Yo le prometo esfuerzo. Él me ofrece otra serie. Yo le ofrezco una mirada de ARRECHERA.

Y al final nos despedimos como buenos amigos.

—¡Mañana te espero!

—Claro, mi pana, respondo, mientras por dentro redacto mi carta de renuncia.

Llega mañana y ahí estoy.

El ser humano es una criatura fascinante. Puede superar guerras, crisis económicas, rupturas amorosas y decepciones políticas. Pero cuando un entrenador musculoso le grita «¡una más!», pierde toda capacidad de razonamiento.

Mi última esperanza

He llegado a una conclusión: tal vez no necesito abandonar el gimnasio. Tal vez necesito cambiar mis expectativas.

Dejar de perseguir un cuerpo que no me pertenece y empezar a cuidar el que tengo. Hacer ejercicio sin convertir cada gota de sudor en una prueba de carácter. Mejorar mi salud sin declarar la guerra a mi barriga. Aprender a distinguir entre la disciplina y la necesidad de sufrir para sentir que uno está haciendo algo importante.

Porque, vamos a estar claros, una cosa es entrenar para vivir mejor y otra es pagar una mensualidad para que un señor con micrófono te insulte mientras intentas levantar una pesa.

Aunque reconozco que hay algo profundamente humano en todo esto. Nos encanta complicarnos la vida. Buscamos desafíos, nos imponemos metas, nos castigamos por no alcanzarlas y después celebramos haber sobrevivido a nuestros propios inventos.

Yo, por mi parte, seguiré defendiendo mi cuerpo de chicharrón. No porque sea perfecto, sino porque es mío. Y porque después de tantos años de convivencia, me parece una falta de respeto someterlo a una dictadura estética.

Eso sí, mañana volveré al gimnasio.

No me pregunten por qué.

Quizá porque todavía tengo la esperanza de que un día el entrenador me mire, contemple mi esfuerzo y me diga:

—Ricardo, ya puedes descansar. Lo lograste.

Y yo le responderé:

—¿Logré qué?

—¡El cuerpo de playa!

Entonces miraré mi barriga, sonreiré con ternura y le diré:

—Pana mio, te agradezco el esfuerzo, pero yo no vine a buscar un cuerpo de playa. Vine a confirmar que todavía puedo pagar una mensualidad, sufrir voluntariamente y regresar a casa con suficiente energía para abrir la nevera.

Porque mi cuerpo de chicharrón no será una obra maestra de la anatomía, pero tiene algo que ningún entrenador podrá quitarme: mi capacidad de reírme de mí mismo.

Y mientras pueda reírme, todavía estaré en forma.

Eso sí: si alguien conoce un gimnasio donde te dejen entrenar sin gritos, sin micrófono y sin amenazas de convertirte en un dios griego, por favor, pásenme la dirección.

Preferiblemente uno donde también vendan empanadas en la recepción.

Porque una cosa es querer ponerse en forma y otra muy distinta es perder la forma de ser feliz.

Y yo, señores, podré tener un cuerpo de chicharrón, pero mi vocación de sufrimiento tiene abdominales de acero.

¡Nos vemos mañana en el gimnasio!

Si sobrevivo.

Y si no, que cancelen la mensualidad.

¡No vaya a ser que me sigan cobrando después de muerto para tonificarme el esqueleto!

 Y eso, al final, ya no es tu carga. 

 Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan. 
Los quiero que jode, hasta el infinito y más allá, y sobre todo de gratis.

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