Hubo un tiempo en que confundí tu caos con profundidad. Tu inestabilidad me pareció misterio, tus contradicciones me parecieron complejidad. Aprendí, tarde pero bien, que algunas personas no son complicadas: simplemente son vacías, y el vacío hace eco.
No guardo rencor. El rencor requiere que el otro valga la energía que consume, y hace tiempo hice esa cuenta.
Lo que sí conservo es claridad. La claridad de haber visto cómo construyes una versión distinta de ti misma según el público, cómo ajustas la historia según lo que necesitas justificar, cómo pronuncias palabras como *amor* y *lealtad* con la misma facilidad con que las traicionas. Las palabras en tu boca son disfraces, no convicciones.
Señalas. Siempre señalas. Hay algo notable en esa habilidad tuya para convertirte en víctima de cada situación que tú misma provocaste. Es casi un talento, si los talentos pudieran envenenarlo todo.
Pero lo más revelador no eres tú en relación conmigo. Eres tú en relación con todos. El patrón no cambia. Las personas que te conocen de verdad, no las que aún están en la etapa en que muestras tu mejor versión actuada, sino las que permanecieron lo suficiente para ver el ciclo completo, todas cuentan versiones distintas de la misma historia. Eso dice más que cualquier cosa que yo pudiera escribir.
No necesito que nadie te juzgue. No necesito que entiendas lo que hiciste, ni que lo admitas, ni que un día llegues a mí con alguna forma torpe de disculpa. Renuncié a esa necesidad porque entendí que la redención requiere honestidad, y la honestidad te resulta incómoda cuando el espejo no te favorece.
Vives cargando lo que eres a cada lugar nuevo. Cada vínculo nuevo recibe la misma persona con diferente escenario. Y tú, que tan bien sabes leer a los demás, tan mal te has leído a ti misma.
Eso no es mi tragedia. Es la tuya.
Y se repite.
Y eso, al final, ya no es tu carga.
Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan.
Los quiero hasta el infinito y más allá. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

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