Cartas al margen del tiempo


Por: Ricardo Abud 

Hoy me despido de ti. No sé si esta despedida será por un tiempo breve, por una larga temporada o por el resto de la eternidad; solamente sé que, en este instante, siento cómo mis fuerzas se desvanecen lentamente y mi cuerpo me susurra, con una insistencia sutil pero imposible de ignorar, que nadie tiene comprado el mañana ni conoce el verdadero tamaño de su tiempo. 

Por eso, antes de que el silencio se vuelva definitivo, necesito decirte lo que durante demasiado tiempo guardé en lo más hondo: todavía te amo. Aunque el viento y las circunstancias nos hayan arrastrado por caminos completamente distintos, una parte irrenunciable de mí sigue sintiendo que nuestra historia quedó inconclusa, como un libro al que le arrancaron el último capítulo.

Me duele el alma al pensar en todo lo que pudo haber florecido y se quedó en promesa; me pesan mis errores, aquellas palabras que sobraron y los silencios que construyeron muros. Pienso en todo lo que hice o dejé de hacer y que, como un engranaje roto, terminó costándonos el refugio que teníamos. Si el destino me regalara otra oportunidad en esta vida, en un recodo del tiempo o en cualquier otra forma de existencia, te buscaría sin dudarlo. Volvería a cruzar el mundo para encontrarte y trataría de amarte de una manera más sabia, con una paciencia infinita, con más cuidado y con la plena conciencia de lo frágil que es sostener a alguien que amas de verdad. Corregiría aquello que en mi juventud o mi torpeza no supe comprender, y jamás volvería a dar por sentado lo que siempre fue un regalo efímero.

Ahora mismo siento un dolor sordo y profundo en el pecho, y ya no sé si duele más la fragilidad de este cuerpo que se apaga o el peso de todo lo que se queda pendiente en el tintero. Me aterra lo desconocido, este umbral incierto que se abre ante mí. No sé cuántos segundos, horas o días me queden de este lado de la vida, ni cuánto tiempo más podré aferrarme a los destellos del mundo que conozco. Quizá llegue el momento en que, por pura necesidad, deba soltar las amarras; y mientras más me aleje de esta orilla, sé que aparecerás en mis pensamientos como aparecen los faros que iluminan la memoria: con la luz intacta de las personas que de verdad importaron.

Por eso, te pido que no te quedes prisionera de nuestros tropiezos. No quiero que recuerdes únicamente los días grises o las cicatrices de las discusiones. Quiero que, si algún día el viento trae mi nombre a tu memoria, recuerdes también que te amé con el alma, que conocí la felicidad a tu lado y que, incluso después de que el mundo se derrumbara y todo terminara, nunca dejé de preguntarme cómo habría sido nuestra vida si hubiéramos sabido querernos mejor, sin tanto miedo.

Hoy me despido con las manos vacías de certezas, sin saber si esta es nuestra última página o tan solo un giro más de esos guiones que el destino escribe sin pedirnos permiso. Pero si de verdad existe algo más allá de este camino, si el universo guarda una manera secreta de redimir lo que perdimos y volver a cruzarnos, quiero que sepas que te buscaré en la penumbra. Y esta vez, si el tiempo y el cielo me conceden la gracia, te amaré con todas las fuerzas que hoy se me escapan, mucho mejor de lo que supe hacerlo en esta vida.

 Y eso, al final, ya no es tu carga. 

 Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan. 
Los quiero que jode, hasta el infinito y más allá, y sobre todo de gratis.

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