El salmo veintinueve irrumpe con un llamado a la adoración dirigido a los seres celestiales, a aquellos que habitan en la presencia inmediata de Dios. Dad al Señor la gloria debida a su nombre, adorad al Señor en la hermosura de la santidad. Este mandato de alabanza no surge de capricho sino del reconocimiento de una realidad objetiva: Dios es digno de gloria por quién es, no meramente por lo que hace. La hermosura de la santidad evoca la belleza intrínseca de lo divino, aquello que atrae y sobrecoge simultáneamente, lo completamente otro que sin embargo se revela a sus criaturas.
El salmo procede entonces a describir una teofanía, una manifestación del poder divino a través del fenómeno natural de la tormenta. La voz del Señor sobre las aguas introduce el tema que dominará todo el canto: no es simplemente trueno lo que se escucha en la tempestad sino la voz misma de Dios reverberando sobre la creación. El Dios de gloria truena, y este trueno no es mero sonido sino palabra cargada de poder efectivo. Las aguas sobre las cuales resuena su voz evocan tanto los mares conocidos como las aguas primordiales del caos que Dios sometió en la creación.
La repetición de la frase "la voz del Señor" siete veces a lo largo del salmo crea un efecto literario y teológico poderoso. Cada mención añade una nueva dimensión al poder de esa voz. Es poderosa, capaz de realizar aquello que pronuncia. Es majestuosa, revestida de gloria y dignidad que inspira reverencia. Quiebra los cedros, esos árboles monumentales del Líbano que representaban la grandeza y permanencia de la naturaleza, reducidos a astillas ante la palabra divina. Los hace saltar como becerros, imagen casi cómica que subraya la facilidad con la que el poder divino maneja incluso las montañas más imponentes.
La voz del Señor derrama llamas de fuego, evocando el relámpago que acompaña la tormenta y que en tradiciones antiguas se asociaba con manifestaciones de lo divino. Hace temblar el desierto, específicamente el desierto de Cades, región inhóspita donde la presencia humana es escasa y la naturaleza se manifiesta en su estado más elemental. Hace temblar las encinas y desnuda los bosques, imágenes de un poder que transforma el paisaje, que arranca hojas y ramas exponiendo la estructura desnuda de la creación. Ante esta manifestación de poder inconmensurable, en su templo todo proclama su gloria. La respuesta apropiada de la creación ante la teofanía es el reconocimiento unánime de la gloria divina.
El salmo introduce entonces una perspectiva histórica y cósmica. El Señor preside sobre el diluvio, sentado como rey para siempre. Esta referencia al diluvio, al cataclismo que según las tradiciones antiguas amenazó con devolver la creación al caos acuático primordial, subraya la soberanía absoluta de Dios sobre las fuerzas destructivas. Las mismas aguas que podrían aniquilar la vida están bajo su dominio y control. Se sienta como rey, no en el sentido de ejercer un reinado temporal limitado, sino para siempre, en una soberanía eterna que precede a la creación y perdurará más allá de ella.
Podría esperarse que un salmo centrado en el poder devastador de Dios en la tormenta concluyera con una nota de temor o advertencia. Sin embargo, el cierre resulta sorprendente y reconfortante. El Señor dará poder a su pueblo, el Señor bendecirá a su pueblo con paz. Aquí reside una de las intuiciones teológicas más profundas del salterio: el mismo Dios cuyo poder puede quebrar cedros y hacer temblar montañas es el Dios que bendice a su pueblo con shalom, con paz integral y bienestar. No hay contradicción entre omnipotencia y benevolencia divinas; más bien, es precisamente porque Dios posee todo poder que puede garantizar la paz de los suyos.
Y eso, al final, ya no es tu carga.
Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan.
Los quiero hasta el infinito y más allá. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

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