Por: Ricardo Abud
Hay ciudades que te golpean antes de que salgas del aeropuerto. Hong Kong es una de ellas.
El aeropuerto internacional, construido sobre una isla artificial en la bahĆa de Lantau, ya es una declaración de intenciones: moderno, eficiente, descomunal. Desde que bajas del avión hasta que subes al Airport Express el tren que te lleva al centro en 24 minutos exactos todo funciona con una precisión que intimida. No hay caos, no hay confusión. Solo flujo.
Mientras el tren atraviesa la bahĆa por un viaducto elevado y el horizonte de rascacielos empieza a aparecer entre la bruma, ocurre algo curioso para quien viene de Nueva Jersey: una sensación de dĆ©jĆ vu. Esos edificios apilados contra el cielo, esa densidad que aplasta y emociona al mismo tiempo, esa energĆa que se siente incluso a travĆ©s del cristal del vagón... Manhattan. Todo me recordaba a Manhattan.
Pero era de noche, y las luces de Hong Kong no son blancas como las de Nueva York. Son rojas, doradas, verdes neón. Son caracteres chinos gigantes sobre fachadas de cristal. Son otra cosa completamente distinta, y sin embargo, familiar.
VivĆ en Nueva Jersey el tiempo suficiente para conocer Manhattan en toda su extensión. He cruzado el Hudson en tren, en ferry, a pie por el puente de Washington. Conozco esa energĆa particular de una ciudad que nunca para, donde el comercio es el idioma universal y cada cuadra cuenta una historia diferente.
Hong Kong tiene exactamente eso. La misma presión vertical hacia el cielo porque el suelo escasea. El mismo ruido constante que despuĆ©s de un dĆa ya no escuchas porque se convierte en parte del ambiente. La misma mezcla de riqueza ostentosa y vida cotidiana comprimidas en el mismo espacio.
La primera: los autos circulan por el lado izquierdo. DespuĆ©s de toda una vida mirando el trĆ”fico en el sentido contrario, cruzar una calle en Hong Kong requiere un esfuerzo consciente. MĆ”s de una vez estuve a punto de mirar hacia el lado equivocado. Esa pequeƱa inversión es quizĆ”s el sĆmbolo mĆ”s cotidiano de la huella britĆ”nica: durante mĆ”s de 150 aƱos, desde 1842 hasta 1997, Hong Kong fue colonia de la Corona. Y aunque hoy es parte de China bajo el principio de "un paĆs, dos sistemas", esa herencia sigue viva en los semĆ”foros, en la arquitectura, en los pubs que aparecen entre templos budistas, en el inglĆ©s perfecto que habla prĆ”cticamente todo el mundo.
La segunda diferencia es el mar. Manhattan estĆ” rodeada de agua, sĆ, pero el agua en Nueva York es un telón de fondo. En Hong Kong, el Puerto Victoria es el corazón mismo de la ciudad. El skyline de Kowloon reflejado en el agua por la noche es una de las imĆ”genes mĆ”s impresionantes que he visto en mi vida. Desde el paseo marĆtimo de Tsim Sha Tsui, mirando hacia la isla de Hong Kong, uno entiende por quĆ© esta ciudad ha fascinado a viajeros, comerciantes y escritores durante siglos.
A 25 kilómetros del centro financiero mÔs denso de Asia, en la isla de Lantau, existe un lugar que parece de otro mundo.
El viaje ya es parte de la experiencia. Desde la terminal de Tung Chung, el teleférico Ngong Ping 360 te eleva sobre colinas cubiertas de vegetación densa, cruza valles donde no hay nada mÔs que naturaleza, y después de 25 minutos aparece, al fondo, una silueta que te detiene la respiración: el Tian Tan Buddha, el Gran Buda de Lantau, sentado en lo alto del monte Po Lin con la palma derecha alzada hacia el cielo.
Si puedes, toma la cabina con piso de vidrio. Mirar hacia abajo mientras flotas sobre los valles es uno de esos momentos que el cerebro guarda en una carpeta especial, separada del resto de los recuerdos.
Al llegar a la aldea de Ngong Ping, el ambiente cambia por completo. El ruido de la ciudad desaparece. La gente habla en voz baja casi sin darse cuenta. Hay algo en ese lugar que invita al silencio.
La estatua es enorme 34 metros de altura, construida en bronce y completada en 1993. Pero lo que mĆ”s impresiona no es su tamaƱo sino su expresión: serena, inescrutable, mirando hacia el norte en dirección a China continental. Para llegar a su base hay que subir 268 peldaƱos, y en cada tramo el paisaje cambia. A mitad de la escalinata ya puedes ver el estuario del rĆo de las Perlas extendiĆ©ndose hacia el horizonte. Desde arriba, en dĆas despejados, se ven islas que parecen pintadas.
A los pies del Buda, seis estatuas mĆ”s pequeƱas los devas ofrendan flores, incienso, fruta, lĆ”mparas, perfume y joyas. Hay turistas tomando fotos, sĆ, pero tambiĆ©n hay personas rezando en serio, con incienso entre los dedos y los ojos cerrados, completamente ajenas al mundo que las rodea.
El Monasterio Po Lin, justo detrÔs, merece tanto tiempo como la estatua. Sus techos curvos de tejas verdes y rojas, sus patios perfumados de incienso, sus pasillos llenos de figuras budistas de todos los tamaños... es un mundo aparte. El monasterio sirve un almuerzo vegetariano tradicional por un precio simbólico arroz, verduras, tofu, sopa servido en bandejas de bambú en un comedor enorme. Sencillo, delicioso, y una de las comidas mÔs memorables del viaje.
Cualquier persona que haya esperado 20 minutos en un andĆ©n del subway de Nueva York con calor de agosto, rodeado de goteras y ratas, va a tener una reacción fĆsica al entrar por primera vez a una estación del MTR de Hong Kong.
Limpio. FrĆo. Silencioso salvo por el murmullo de la gente. SeƱalizado en inglĆ©s y cantonĆ©s con una claridad que hace que cualquier turista encuentre su camino sin mapa. Y los trenes llegan con una puntualidad que en Nueva York sonarĆa a ciencia ficción: el MTR mantiene una tasa de puntualidad del 99.9%, lo que en la prĆ”ctica significa que si el cartel dice que el tren llega en 3 minutos, llega en 3 minutos.
La red cubre toda la ciudad y va mƔs allƔ: conecta con el aeropuerto, con los nuevos territorios, con Kowloon, con la isla de Hong Kong, y tiene ramales que llegan hasta Shenzhen, en China continental. Es, sencillamente, uno de los mejores sistemas de transporte urbano del mundo.
Pero la joya del sistema es algo que cabe en el bolsillo: la tarjeta Octopus. El equivalente a la MetroCard de Nueva York, pero evolucionada dĆ©cadas por delante. Con una sola tarjeta se paga el metro, el autobĆŗs, el transbordador, el tren de cercanĆas, los taxis, y tambiĆ©n compras en supermercados, cafeterĆas, tiendas de conveniencia y hasta algunos restaurantes. Un solo toque en prĆ”cticamente cualquier punto de la ciudad. La adoptĆ© desde el primer dĆa y nunca la soltĆ©.
Las estaciones mÔs importantes tienen también una arquitectura que vale la pena contemplar. La estación de Hong Kong en el centro, con sus techos ondulantes que evocan el mar, conecta subterrÔneamente con centros comerciales, transbordadores al aeropuerto y el Peak Tram que sube hacia Victoria Peak. Todo conectado, todo pensado, todo funcionando.
En Manhattan entendà por primera vez lo que significa una ciudad construida alrededor del comercio. Hong Kong me lo confirmó con el volumen al mÔximo.
Mong Kok, en Kowloon, tiene oficialmente la densidad de tiendas por metro cuadrado mÔs alta del planeta. Caminar por sus calles es una experiencia sensorial total: escaparates de electrónica, puestos de comida callejera, tiendas de ropa apiladas hasta el cuarto piso, mercados de flores, mercados de pÔjaros, mercados de jade. Todo conviviendo en el mismo bloque, todo con música propia, todo compitiendo por tu atención al mismo tiempo.
Las galerĆas comerciales de Central son el extremo opuesto: elegantes, silenciosas, con marcas que cobran lo mismo que en la Quinta Avenida. El IFC Mall conecta directamente con la estación de metro y con el terminal de transbordadores, lo que significa que en Hong Kong puedes llegar en avión, tomar el tren, bajar al metro y llegar a una tienda de Louis Vuitton sin haber pisado la calle en ningĆŗn momento.
Y luego estĆ”n los mercados nocturnos. El Temple Street Night Market en Kowloon es donde la ciudad se suelta el pelo. Puestos de ropa, bisuterĆa, artesanĆa, antigüedades dudosas y souvenirs legĆtimos mezclados sin orden aparente. Adivinos que leen la palma de la mano bajo focos amarillos. Restaurantes de marisco que sacan sus mesas a la calle y cuya especialidad del dĆa estĆ” escrita en un cartel de cartón. Es ruidoso, caótico, completamente autĆ©ntico, y lo recuerdo con enorme cariƱo.
A las 7 de la maƱana, en cualquier casa de tĆ© del barrio de Sheung Wan, los locales llevan horas desayunando dim sum. Carritos empujados por seƱoras de cierta edad que pasan entre las mesas y ofrecen har gow, siu mai, char siu bao, cheung fun... PequeƱas porciones de masa y relleno que son en realidad una filosofĆa entera de cocina. Compartir, probar, conversar. El yum cha literalmente "beber tĆ©" es una institución social, no solo una comida.
A media maƱana, en cualquier cha chaan teng la cafeterĆa local que nació de la influencia britĆ”nica puedes pedir tostadas con mantequilla y leche condensada, huevos fritos, macarrones en sopa, y un tĆ© con leche tan espeso que casi se puede cortar con cuchillo. Es la cocina de la fusión sin pretensiones: Hong Kong tomó los hĆ”bitos del desayuno inglĆ©s y los transformó en algo completamente propio.
Y de noche, en un puesto callejero que lleva abierto desde 1950, un cuenco de wonton noodles pasta de huevo finĆsima, albóndigas de camarón, caldo que tardó horas en hacerse cuesta dos dólares y sabe a algo que ningĆŗn restaurante de Manhattan ha podido replicar del todo.
Caminar por Hong Kong es caminar sobre capas de historia que no se han borrado unas a otras sino que conviven, a veces en tensión, a veces en armonĆa perfecta.
La arquitectura colonial britĆ”nica del siglo XIX aparece entre torres de cristal del siglo XXI. El Edificio Legislativo, el Old Supreme Court, los bancos históricos de Des Voeux Road... Piedra gris y columnas clĆ”sicas rodeadas de rascacielos. Hay pubs irlandeses pegados a templos taoĆstas. Hay jardines formales al estilo inglĆ©s con fuentes y cĆ©spedes perfectos a dos cuadras de mercados de hierbas medicinales donde cuelgan cosas cuyo nombre no quise preguntar.
El inglés es idioma oficial junto al cantonés, y se habla con una fluidez y un acento particular ni americano ni exactamente britÔnico que refleja esa mezcla. Los carteles en las calles, los menús, las instrucciones del metro: todo en dos idiomas, los dos igualmente importantes.
Y en ese equilibrio delicado, en esa capacidad de ser dos cosas a la vez sin dejar de ser ninguna, estÔ quizÔs la mayor lección que me llevé de Hong Kong.
Hong Kong tiene el alma de Manhattan, el pasado de Londres y el corazón de Cantón. Los autos van por la izquierda, el Buda mira hacia el norte, el metro llega puntual y el wonton cuesta dos dólares.
Fue una experiencia maravillosa.
Hong Kong · Hasta la próxima
Y eso, al final, ya no es tu carga.
Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan.
Los quiero que jode, hasta el infinito y mƔs allƔ, y sobre todo de gratis.

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