Mi diairo hoy, Viernes 16 de Junio


Viernes 16 de Junio

Querido diario:
Cambio de estaciones

Hoy la nostalgia llegó sin avisar, como siempre lo hace. No tocó la puerta. Simplemente estaba ahí cuando abrí los ojos, sentada en la esquina del cuarto, mirándome con esa cara que uno ya conoce de memoria.

Intenté medirla. Eso hago cuando no sé qué hacer con algo: lo intento medir. Como si ponerle número al dolor lo hiciera más manejable, más doméstico, menos capaz de hacerme daño. Pero el problema con el dolor es que la vara con la que uno lo mide es el mismo dolor. Y ahí está la trampa. Cuando estás adentro de él, no puedes ver sus bordes. No sabes si es grande o pequeño. Solo sabes que está.

Entonces dejé de intentarlo.

Me quedé quieto un momento ese tipo de quietud que no es paz, sino pausa, y dejé que viniera lo que tenía que venir. Y lo que vino fue un recuerdo. No uno especial en apariencia. Uno de esos que no tienen fecha ni marco, que no aparecerían en ninguna foto. Una voz. Un olor a café que alguien más preparaba. La sensación de que el tiempo, ese día, no tenía ninguna prisa.

Y ahí, en ese recuerdo, no había soledad.

Eso es lo que nadie te explica cuando la vida empieza a vaciarse de gente, de presencias, de ruido: que el recuerdo no viene a recordarte lo que perdiste. Viene a recordarte lo que tuviste. Y esa es una diferencia enorme. Una es una herida. La otra es una forma de riqueza que nadie ninguna circunstancia, ninguna distancia, ningún tiempo, puede confiscarte.

La soledad de hoy es real. No voy a mentirle a estas páginas. Hay silencios en esta vida que pesan. Hay tardes que se hacen largas de una manera que duele físicamente. Pero dentro de ese silencio, si uno se queda el tiempo suficiente sin huir, aparece algo. Un destello. Una voz guardada en algún lugar del pecho.

Y uno entiende que no está tan solo como creía.

El dolor de hoy no lo pude cuantificar. Pero tampoco importó tanto al final. Porque lo que sí pude sentir, con una claridad que ninguna medida podría capturar, fue gratitud. Gratitud de haber tenido algo tan valioso que su ausencia duele de esta manera.

No todo el mundo tiene eso.

Yo sí lo tuve. Y lo llevo.

Y entonces, en medio de toda esa nostalgia que pesaba como niebla de invierno, llegó la certeza.

No como un plan. Como una llamada.

Moscú me reclama, y tengo que irme más pronto de lo que pensé.

No sé explicar bien cómo funciona eso, cuando una ciudad te reclama. No es que la necesites tú a ella, es que ella parece necesitarte a ti. Como si las calles guardaran algo tuyo que olvidaste ahí, y llevaran tiempo esperando que vayas a recogerlo. Tendré que adelantar todo. Lo que pensé que podía esperar, no puede. Hay cosas en la vida que cuando empiezan a reclamarte, si no obedeces pronto, se cansan de llamar. Y uno no puede darse el lujo de que Moscú se canse.

Me imagino ya esas calles anchas que de alguna manera nunca se sienten frías por dentro. El bullicio que suena a otro idioma pero que el cuerpo entiende. La sensación de caminar por un lugar que tiene más historia en una cuadra que muchos países enteros.

Quizás ahí, entre ese movimiento y ese frío y esa grandeza un poco intimidante, la nostalgia de hoy encuentre dónde posarse. O quizás simplemente se transforme en otra cosa. En asombro, tal vez. O en ese tipo de soledad que no duele la que se siente cuando estás solo en medio de una multitud desconocida y paradójicamente te sientes libre.

Las maletas no pueden esperar más.

Y lo que cargo en el pecho tampoco se queda aquí. Los recuerdos viajan. Siempre han viajado. Son lo único que no pesa en ninguna maleta y sin embargo nunca se pierde en el camino.

Eso no hay quien me lo quite.

Hasta pronto, diario. La próxima entrada quizás huela a cambio de estaciones.

Y eso, al final, ya no es tu carga.

 Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan. 
Los quiero que jode, hasta el infinito y más allá, y sobre todo de gratis.

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