Por: Ricardo Abud
Existe una ley no escrita en la sociología amorosa que ningún economista se ha atrevido a estudiar. No aparece en los libros, no se enseña en las universidades y, sin embargo, funciona con una precisión matemática aterradora. Esta normativa dicta que el saldo bancario de un hombre no solo define su estilo de vida, sino que altera radicalmente la interpretación moral de sus infidelidades.
Cuando un hombre carece de recursos, la responsabilidad del desastre recae exclusivamente sobre sus hombros. Ante una infidelidad, el veredicto social es unánime: el sujeto es un sinvergüenza, un irresponsable, un criminal emocional. En este escenario, la amante apenas existe; es una figura secundaria, un extra en una película de bajo presupuesto cuya participación es irrelevante frente al peso de la falta cometida por él.
No obstante, cuando el hombre posee dinero, propiedades, una camioneta y un contador que diseña estrategias fiscales, la situación se transforma por arte de magia. El mismo sujeto que antes era juzgado como un agente autónomo y culpable, se convierte súbitamente en una víctima indefensa. La narrativa social cambia: el hombre, supuestamente incapaz de distinguir entre una declaración de amor y una factura de electricidad, es visto como un rehén financiero. Toda la culpa se traslada, entonces, hacia la otra mujer, quien pasa a ser retratada como una depredadora, una estratega o la mente maestra de una operación diseñada para arrebatarle el patrimonio a un individuo que, bajo esta nueva óptica, no tiene control sobre sus propios actos.
Resulta fascinante observar cómo la lógica social fluctúa según la cuenta de ahorros. Mientras que a un hombre sin recursos se le atribuye la capacidad de planificar infidelidades complejas, un hombre con dinero parece perder, de forma instantánea, todas sus facultades cognitivas y su capacidad de decisión. A mayor fortuna, menor es la responsabilidad asignada. El relato se llena de excusas inverosímiles: se dice que fue manipulado, envuelto o incluso víctima de alguna suerte de brujería. Todo esto ocurre mientras el supuesto "cazado" gestiona activamente su aventura con la destreza de un gerente de proyectos, enviando mensajes a deshoras, reservando hoteles y planificando una agenda romántica detallada.
Este fenómeno se extiende incluso al círculo social del afectado. Si el engañado es pobre, sus amigos le recriminan su falta de malicia. Si el engañado es rico, la preocupación se traslada al patrimonio: el discurso cambia a la advertencia de que buscan quitarle todo. Es como si la pasión humana estuviera regulada por un ministerio de finanzas que dicta quién es digno de ser juzgado y quién merece ser protegido por su posición económica.
La realidad, sin embargo, es mucho más plana. Los impulsos, el deseo, los errores y las torpezas humanas operan bajo las mismas reglas en todos los estratos sociales. Tanto ricos como pobres se enamoran de quienes no deben, mienten con igual frecuencia y cometen los mismos deslices. La diferencia fundamental no reside en la conducta, sino en el relato. El dinero posee la habilidad extraordinaria de modificar la versión oficial de los hechos, dictando quién es el villano y quién es el mártir.
Al final, la comedia humana se repite generación tras generación: cuando no hay patrimonio que proteger, el culpable es el hombre; cuando hay patrimonio que repartir, la culpable es la amante. En medio de este juego de espejos, el protagonista permanece cómodamente sentado, disfrutando del milagro más grande de todos: ser el único adulto de la historia al que nadie, bajo ninguna circunstancia, considera responsable de sus propias decisiones.
Y eso, al final, ya no es tu carga.
Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan.
Los quiero que jode, hasta el infinito y más allá, y sobre todo de gratis.

0 Comentarios