Querido diario:
Domingo 20 de septiembre 2026
Hoy he vuelto la mirada hacia uno de los regalos más grandes que nos dejaron nuestros padres: el amor entre hermanos. No como una simple palabra aprendida en la infancia, sino como una manera de caminar por la vida, de reconocernos en el otro y entender que, cuando uno de nosotros tropieza, el dolor nunca le pertenece solamente a quien lo padece.
Desde muy temprano aprendimos que la familia no era únicamente un vínculo de sangre. Era también solidaridad, compañía, protección, entrega. Fuimos creciendo con esa certeza y, sin darnos cuenta, fuimos convirtiéndola en uno de los valores más profundos de nuestras vidas. Cuando alguno ha tenido un problema, todos lo hemos sentido como propio. Cuando alguno necesita una mano, las manos aparecen. Cuando uno se cae, los demás se acercan. Así nos enseñaron nuestros padres a querernos y así hemos intentado vivir.
Con los años también hemos aprendido algo todavía más hermoso: que el amor familiar se hereda, pero también se cultiva. Nosotros hemos ido pasando el testigo. Cada generación ha recibido un poco de aquello que nuestros padres sembraron en nosotros, y ese amor ha continuado su camino, transformándose con el tiempo, pero conservando la misma raíz.
Hoy quiero dejar estas palabras para Alfredo, mi entrañable compañero de vida. Cuánto he aprendido de ti. Mirar hacia atrás y reconocer al hombre que soy también significa reconocer todo lo que recibí de ti. Hay enseñanzas que no se transmiten con discursos, sino con la presencia, con el ejemplo, con la manera de estar cuando la vida aprieta. Tú has sido parte de ese aprendizaje que me ha acompañado hasta convertirme en quien hoy soy.
A Neye, nuestra abnegada hermana, quiero nombrarla con ese cariño que no necesita demasiadas explicaciones. Hay personas que llevan la palabra entrega escrita en la manera de vivir, y ella es una de ellas. Su presencia pertenece a esa historia común que hemos construido entre todos, a esa memoria afectiva que ninguna distancia ni ningún año consigue borrar.
A Mary, Taciturna, nuestra hermana putativa, también le debemos un lugar especial en estas páginas. Porque la familia, cuando es verdadera, termina desbordando las fronteras de la sangre. Hay afectos que la vida simplemente nos entrega y que nosotros decidimos adoptar como propios. Y así ha sido con ella y hoy ya no esta con nosotros.
A Rolando, nuestro amado hermano, lo recuerdo hoy con una emoción distinta. Ya no está físicamente con nosotros, pero sigue ocupando su lugar en nuestra historia. Fue quien tantas veces nos cuidó en la adversidad, quien estuvo allí cuando las circunstancias exigían fortaleza. Su ausencia dejó un espacio que nadie puede ocupar, pero su recuerdo sigue acompañándonos. A veces pienso que las personas que amamos no desaparecen completamente; permanecen en nuestras maneras de mirar, de actuar, de protegernos unos a otros. Algo de Rolando sigue caminando con nosotros.
Y están los morochos.
Roberto, tu grandeza desborda cualquier intento de definición. Hay almas que son faros, demasiado inmensas para ser contenidas en una simple frase. A ti no solo se te quiere y se te admira; se te reverencia por ser el pilar inquebrantable que sostiene nuestra historia, eres grande Teto.
Y Aurita, tú eres la nobleza hecha carne, el hilo de oro indispensable que une este tejido de afectos. Tu presencia silenciosa pero poderosa es la prueba viviente de que la mayor fuerza reside en el corazón. Nuestra gratitud hacia ti es infinita.
Mientras escribo, comprendo que quizá una de las mayores riquezas que tenemos no está en lo que poseemos, ni en lo que hemos conseguido individualmente, sino en saber que pertenecemos a una historia que comenzó mucho antes que nosotros. Nuestros padres nos entregaron un testigo invisible: el deber de querernos, cuidarnos y permanecer unidos. Nosotros lo hemos llevado durante años y ahora nos corresponde seguir pasándolo.
Quizás eso sea, al final, lo que significa ser hermanos: saber que la vida puede llevarnos por caminos distintos, que los años pueden cambiar nuestros cuerpos, nuestras circunstancias y hasta nuestras certezas, pero que existe un lugar al que siempre podemos regresar.
Ese lugar somos nosotros.
Y hoy, mientras escribo estas líneas, siento una profunda gratitud por haber nacido en esta familia, por haber compartido esta vida con ustedes y por haber aprendido que el amor entre hermanos no se proclama: se demuestra cuando la vida se pone difícil.
Nuestros padres sembraron ese amor.
Nosotros lo hemos cuidado.
Y mientras quede uno de nosotros para recordarlo, aquella semilla seguirá viva.
Y cuando el último de nosotros cierre los ojos, la eternidad sabrá que fuimos un abrazo interminable que desafió al tiempo, una luz encendida a prueba de ausencias, y que en cada latido de nuestros hijos, ellos... nuestros padres y nuestros hermanos, volverán a nacer para caminar juntos otra vez.
LOS AMO HASTA EL INFINITO Y MAS ALLA Y SORE TODO DE GRATIS.

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