Sobrevivir a mi propia compañía


Por: Ricardo Abud 

Durante mucho tiempo creí que soltar significaba olvidar. Pensaba que algún día despertaría y aquella persona ya no ocuparía ningún espacio en mi memoria, que las fotografías dejarían de doler, que las conversaciones imaginarias desaparecerían y que el recuerdo perdería definitivamente su capacidad de tocarme. Me equivoqué. 

Con el tiempo entendí que no necesitaba olvidar para estar en paz. Pude bloquear un número. Pude eliminar fotografías. Pude borrar conversaciones, cerrar puertas y hacer contacto cero. Pero descubrí que ninguna de esas cosas servía demasiado si, mientras afuera intentaba alejarme, por dentro seguía viviendo alrededor de alguien que ya no estaba.

Ese fue uno de los descubrimientos más dolorosos de todo aquel proceso: podía haber contacto cero con una persona y, al mismo tiempo, mantener un contacto permanente con su ausencia. Mi cabeza podía seguir construyendo conversaciones que nunca ocurrirían. Podía imaginar qué estaría pensando, qué estaría haciendo, si alguna vez me recordaría, si tendría ganas de escribirme. Podía inventar explicaciones, respuestas y finales para una historia que ya había terminado. Y cada una de esas conversaciones me devolvía al mismo lugar. Entonces comprendí que lo que necesitaba soltar no era el recuerdo. Tampoco tenía que obligarme a dejar de querer. No necesitaba convencerme de que aquella persona había sido mala para poder marcharme emocionalmente. Ni convertir lo vivido en una mentira para justificar el final. Lo que necesitaba soltar era otra cosa mucho más difícil: la necesidad de que ella hiciera algo para que yo pudiera volver a estar bien.

Esa comprensión cambió todo. Durante mucho tiempo había puesto mi tranquilidad en manos de una persona que ya no estaba. Mi paz dependía de una respuesta que no llegaba, de una explicación que quizá nunca tendría, de una conversación que imaginaba como la última pieza que faltaba para cerrar una historia. Me decía que necesitaba hablar una vez más, saber cómo estaba, entender qué había pasado. Me decía que solo quería cerrar aquello. Pero debajo de todas esas razones había una verdad menos elegante: quería regresar al lugar donde creía que el dolor podía desaparecer. Y entonces apareció la parte más difícil. Mi mente empezaba a decirme: escríbele. Solo para saber cómo está. Una última conversación. Solo una pregunta. Solo para cerrar. Yo ya conocía ese mecanismo. Sabía que no era solamente curiosidad. Era dolor buscando una salida rápida. Era el miedo intentando convencerme de que regresar hacia ella sería más fácil que atravesar su ausencia.

Fue entonces cuando aprendí a detenerme. No tuve que pelear conmigo mismo. No necesité insultar mis sentimientos ni imponerme una falsa fortaleza. Simplemente empecé a reconocer lo que estaba ocurriendo. Me decía: «Ahora mismo estoy sintiendo dolor y una parte de mí cree que volver hacia ella va a quitármelo. Pero no voy a utilizarla otra vez para escapar de algo que necesito aprender a atravesar yo». Aquella frase, que al principio parecía solamente una forma de resistir, terminó convirtiéndose en una forma distinta de quererme. Porque comprendí que superar una ausencia no consistía en hacer fuerza para olvidar. Consistía en aprender que podía atravesarla sin traicionarme para conseguir nuevamente una presencia. Eso fue mucho más difícil que bloquear un número. Más difícil que borrar fotografías. Más difícil que guardar recuerdos en una caja. Porque esas cosas se hacen con las manos. Lo verdaderamente difícil se hacía dentro de mí.

Tuve que aceptar que podía extrañar muchísimo a una mujer y, aun así, estar haciendo lo correcto al no volver. Esa fue quizá la verdad que más me costó aceptar. Durante un tiempo confundí la intensidad del sentimiento con la necesidad de regresar. Pensaba que si todavía extrañaba, entonces algo debía hacer. Que si todavía dolía, significaba que no había cerrado la historia. Que si todavía existía amor, quizá todavía existía una posibilidad. Después entendí que sentir no siempre exige actuar. Podía extrañar y quedarme quieto. Podía recordar y continuar. Podía querer y no perseguir. Podía amar a una mujer desde la distancia sin volver a colocar mi vida en sus manos. Y esa comprensión fue liberándome poco a poco. También tuve que dejar de convertir la fortaleza en una obligación. No necesitaba demostrarle a nadie que podía soportarlo. No tenía que fingir indiferencia. No tenía que decir que ya no me importaba. Me importaba. Y precisamente porque me importaba, necesitaba ser honesto conmigo.

Ella no tenía que ser mala para que yo pudiera alejarme. Yo no tenía que dejar de querer para poder continuar. El amor no siempre desaparece cuando una relación termina. A veces cambia de lugar. Deja de ser presencia y se convierte en memoria. Deja de ser expectativa y se convierte en aprendizaje. Deja de pedir futuro y empieza, lentamente, a formar parte de aquello que fuimos. Eso también tuve que aprenderlo. No todo lo que termina necesita convertirse en odio para poder terminar. A veces basta con aceptar. Aceptar que ella puede haber sido importante y ya no formar parte de mi vida. Aceptar que puedo quererla y, al mismo tiempo, dejar de buscarla. Aceptar que una mujer puede ocupar un lugar hermoso en mi memoria sin tener derecho a seguir ocupando mi presente. Y, sobre todo, aceptar que recuperar su presencia podía costarme demasiado. Podía costarme mi paz. Podía costarme mis límites. Podía costarme nuevamente a mí mismo.

Fue entonces cuando comprendí que la verdadera pérdida no había sido solamente la ausencia de aquella mujer. La verdadera pérdida habría sido seguir abandonándome cada vez que tuviera miedo de perderla. Eso fue lo que finalmente dejé atrás. No el amor. No el recuerdo. No lo vivido. Me dejé de abandonar. Y cuando conseguí hacerlo, algo empezó a cambiar dentro de mí. El silencio dejó de ser una amenaza. La ausencia dejó de sentirse como un vacío que tenía que llenar inmediatamente. Ya no necesitaba inventar conversaciones para sentir que seguíamos conectados. Ya no necesitaba mirar hacia atrás para comprobar si todavía estaba allí. Empecé, simplemente, a estar conmigo. Descubrí que también podía existir una vida después de esa historia. Una vida que no necesitaba negar lo ocurrido para seguir adelante. Una vida en la que podía recordar sin regresar, sentir sin perseguir y amar sin perderme.

Con el tiempo entendí algo que al principio me parecía imposible: podía echar muchísimo de menos a una mujer y aun así estar haciendo lo correcto al no volver. Y aquella certeza terminó siendo más poderosa que cualquier despedida. Porque dejar ir no fue decir: «Ya no te quiero». Fue decirme a mí mismo: «Te quise, te recuerdo, quizá una parte de mí siempre te quiera de alguna manera, pero ya no voy a abandonarme para conseguir tu presencia». Tenía miedo de perderla. La perdí. Y, aun así, lo superé. Ese fue mi verdadero contacto cero. No consistió solamente en dejar de buscar a alguien. Consistió en dejar de buscarme a mí mismo dentro de una mujer que ya no estaba. Y cuando finalmente entendí eso, pude seguir caminando. No porque hubiera dejado de sentir. Sino porque, por primera vez en mucho tiempo, había aprendido a sentir sin perderme. Había tenido miedo de perderla, la perdí y, al superarlo, finalmente dejé de perderme a mí mismo.

 Y eso, al final, ya no es tu carga. 

 Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan. 
Los quiero que jode, hasta el infinito y más allá, y sobre todo de gratis.

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