Por: Ricardo Abud
Ya no sé cuántas veces me ha tocado preparar una maleta, cerrar una puerta, tomar un carro y volver a encontrarme con ese letrero que dice «Bienvenido al aeropuerto». Cada viaje parece repetirme la misma pregunta: ¿cuántas veces puede un hombre despedirse de un lugar sin sentir que, de alguna manera, también se está despidiendo de una parte de sí mismo?
Tenía dieciséis años cuando mi bella y amada madre me montó en mi primer avión. Viajamos a Disney World y, aunque entonces yo creía que aquel viaje era solamente una aventura, con los años entendí que mamá me estaba enseñando a mirar la vida. Me enseñó a observar, a agradecer, a caminar con dignidad, a disfrutar sin perder la humildad y, sobre todo, a no olvidar jamás de dónde venía. Algunas de aquellas enseñanzas se quedaron tan profundamente en mí que todavía hoy, cuando me he desviado del hombre que ella quiso que fuera, puedo imaginar su rostro mirándome con esa mezcla de amor y regaño que solo una madre sabe tener. Y entonces regreso a mí mismo.
Quizás por eso preparar una maleta para regresar es tan difícil. Porque una maleta no solamente guarda ropa; también guarda recuerdos, despedidas, incertidumbres y preguntas que no caben en ningún equipaje. Uno mete unas camisas, unos zapatos, algunos documentos y, sin darse cuenta, lleva escondidas entre las cosas las calles de la infancia, las voces de quienes amamos, los lugares donde fuimos felices y hasta las heridas que nunca aprendimos del todo a nombrar.
No tengo el valor para dejar para siempre las calles que me vieron crecer. Podré conocer otros cielos, aprender otros caminos y acostumbrarme a otros paisajes, pero hay lugares que no se abandonan porque terminan viviendo dentro de uno. Venezuela es uno de ellos. Es contradictoria, dolorosa, hermosa, imperfecta y profundamente mágica. Puede desesperar al alma y, al mismo tiempo, abrazarla con una fuerza que cuesta explicar. Tiene sus defectos y sus virtudes, sus luces y sus sombras, sus razones para quedarse y mil razones para marcharse. Pero también tiene algo que ningún mapa puede reemplazar: memoria.
A veces la nostalgia me nubla el pensamiento y me lleva a una especie de locura en la que intento convencerme de que mi vida ya pertenece a otro destino, como si el destino pudiera decidirse simplemente cambiando de dirección. Quizás por eso algunas despedidas duelen más que otras. No todas las personas que encontramos en el camino comprenden lo que significa pedirle a alguien que renuncie al lugar donde nació, a sus raíces, a la posibilidad de volver. A veces quien nos aconseja que sigamos adelante cree estar señalándonos un camino, cuando en realidad nos está pidiendo que dejemos atrás algo que para nosotros es imposible de reemplazar.
Hace tiempo alguien me sugirió que no regresara, que siguiera hacia otro país, hacia otra vida, hacia un lugar donde quizá todo pudiera comenzar de nuevo. Escuché aquel consejo y, por un momento, pensé que quizá quien me lo daba sabía algo que yo todavía no alcanzaba a comprender. Hoy comprendo muchas cosas que entonces no podía ver. Y también comprendo que hay consejos que dicen mucho más de quien los pronuncia que de quien los recibe.
No guardo rencor. La vida me ha enseñado que no vale la pena cargar con aquello que otros decidieron hacer con su propia historia. Pero hay decisiones que, con el tiempo, adquieren otro significado, especialmente cuando uno descubre que mientras le pedían que mirara hacia otro horizonte, alguien más ya había comenzado a construir el suyo. No hace falta decirlo en voz alta; algunas verdades tienen la delicadeza de hacerse entender solamente por quien estuvo allí.
Quizás por eso sigo preparando maletas. Porque todavía no sé si me voy o si simplemente estoy aprendiendo a regresar. Me voy con la incertidumbre de quien busca un lugar en el mundo y regreso con la certeza de quien sabe que hay una parte de su mundo que siempre lo estará esperando.
Cuando veo el letrero del aeropuerto, inevitablemente pienso en aquel muchacho de dieciséis años que se subió a un avión de la mano de su madre sin imaginar cuánto cambiaría su vida. Pienso en sus enseñanzas, en sus abrazos, en todo lo que me enseñó sin saber que algún día tendría que aprender a despedirme tantas veces de mi propia tierra.
Y entonces entiendo que quizá nunca se trató de escoger entre Venezuela y el resto del mundo. Se trata de aceptar que uno puede pertenecer a muchos lugares, pero hay uno que lo lleva a uno de regreso, incluso cuando el avión ya está lejos.
Ese lugar, para mí, sigue siendo Venezuela.
Y mientras tenga fuerzas para hacerlo, seguiré preparando mi maleta, cruzando aeropuertos y buscando mi camino. Pero cuando llegue el momento de volver a ver aquellas calles, no quiero hacerlo como quien regresa a un país. Quiero hacerlo como quien vuelve a casa.
Y eso, al final, ya no es tu carga.
Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan.
Los quiero que jode, hasta el infinito y más allá, y sobre todo de gratis.

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