Por: Ricardo Abud
Hubo un tiempo en el que me costaba avanzar. No porque no entendiera que la relación había terminado, sino porque una parte de mí se negaba a aceptar que algo que significó tanto ya no existía. Ella tomó la decisión de irse, pero mi mente insistía en buscar una forma de cambiar un final que ya estaba escrito.
Me refugié en los tortuosos «si hubiera...»: Si hubiera actuado distinto. Si hubiera dicho lo que me guardé. Si no me hubiera callado. Si ella hubiera visto las cosas desde mi perspectiva. Cada hipótesis abría la puerta a una vida imaginaria donde todo salía bien. Y yo volvía a entrar a esas habitaciones una y otra vez, buscando una respuesta que me devolviera lo que perdí.
Pero ninguna hipótesis cambia la realidad: ella se había ido y la relación había terminado. Yo solo intentaba negociar mentalmente con algo que ya no dependía de mí.
Lo más difícil no era recordar lo que vivimos, sino despedirme de los planes, las conversaciones pendientes y los futuros que construí en mi mente junto a ella. Sin darme cuenta, me quedé a vivir en lo que pudo haber sido.
En medio de ese bucle, la Biblia me confrontó de frente. En Eclesiastés 7:10 (RVR1960) leí:
«Nunca digas: ¿Cuál es la causa de que los tiempos pasados fueron mejores que estos? Porque nunca de esto preguntarás con sabiduría».
Entendí que el pasaje no me pedía fingir que ella no me importaba, ni borrar los buenos momentos. El mensaje era más profundo: debía cuestionar mi tendencia a idealizar el pasado y a creer que mi felicidad se había quedado atrapada en un tiempo que ya no existía.
Los recuerdos son solo eso, recuerdos; no son el presente. Revisar mis fallas tenía sentido si me ayudaba a madurar para el futuro, pero repetir las mismas escenas en mi mente esperando un resultado diferente solo me mantenía paralizado.
Tuve que aceptar una verdad incómoda: una relación no depende solo de uno. Yo podía reconocer mis errores, pero no podía asumir toda la culpa, ni cambiar sus sentimientos, ni obligarla a reconsiderar. Amar a alguien no me daba el control sobre sus decisiones. Comprender esto fue doloroso, pero liberador, porque mientras intentara cambiar su postura, le seguiría regalando mi paz a algo fuera de mi control.
Durante mucho tiempo confundí soltar con olvidar, como si avanzar exigiera convencerme de que ella no había sido importante. Hoy sé que no es así. Puedo reconocer que la amé, que disfruté su compañía y que su ausencia me dolió, sin que eso me obligue a quedarme a vivir emocionalmente en esa historia.
Soltar es dejar de exigirle al pasado una reparación que no puede darme. Es entender que extrañar a alguien no significa que deba buscarla, ni que sentir dolor sea señal de estar en el camino equivocado. El corazón tarda más que la razón en asimilar una pérdida, y eso no nos hace débiles; es parte del proceso de decir adiós. El dolor necesita tiempo, no una residencia permanente.
Mi fe me llevó a replantearme qué significaba actuar con sabiduría. Si vivir con sabiduría es alinearme con la voluntad de Dios, no podía seguir atrapado en el remordimiento. No pretendo descifrar cada propósito detrás de esta ruptura, ni verla como un castigo o un destino trágico; solo necesitaba la fuerza para asumir la realidad con honestidad.
No todas las preguntas necesitan respuesta para poder continuar. Idealizar lo que quedó atrás suele ser una vía de escape para no encarar el presente. Y yo necesitaba aprender a habitar mi vida real, aunque al principio se sintiera vacía e incómoda.
Ella tenía derecho a irse, y yo tenía derecho a sentir tristeza. Aceptar su decisión no significaba borrar nuestro historial, sino entender que no podía edificar mi futuro esperando que el pasado se corrigiera. Ya no quería que mis días dependieran de una conversación que nunca llegaría o de una explicación pendiente.
Quería recuperar la capacidad de disfrutar mi día a día, de enfocarme en mis proyectos, de valorar a quienes siguen a mi lado y de redescubrir quién soy sin ella. Mis recuerdos debían ocupar su lugar: ser un capítulo de mi historia, no la casa donde vivo.
Seguir adelante no es una muestra de indiferencia hacia quien se fue, es un acto de responsabilidad conmigo mismo.
Ella tomó su decisión; a mí me tocó aprender a vivir con ella. No podía cambiar el día en que decidió marcharse, pero sí podía decidir cuánto tiempo más me quedaría yo, emocionalmente, atado a ese día.
El pasado merece un lugar en mi memoria, pero no el control de mi presente. Y mi futuro merece algo mejor que preguntas sin respuesta: merece que vuelva a vivir.

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