Mi diario hoy, domingo 11 de octubre


Querido diario:
Domingo, 11 de octubre de 2026
Página íntima

Camino, deambulo por las calles de Caracas, dejándome llevar por el ruido de sus avenidas, por el movimiento incesante de su gente y por esa belleza que todavía conserva esta ciudad maravillosa, a pesar de sus heridas, de sus contradicciones y de todo lo que el tiempo ha ido cambiando. 

Busco una razón para quedarme, un motivo que me devuelva la certeza de que todavía pertenezco a este lugar. Miro sus montañas, sus edificios, sus esquinas conocidas, y me pregunto en qué momento la ciudad que tanto significa para mí comenzó a parecerme un sitio del que necesito marcharme.

No encuentro motivos que me sostengan. Por el contrario, han sido muchas las traiciones y deslealtades en estos últimos meses y la decepción es total. Lo más insólito es que nos vean la cara de pendejos, aquellos que traicionaron la vida misma para salvar la opulencia de su estupidez e ignorancia. Quizás sea injusto con Caracas, porque no es ella la que ha cambiado por completo, sino yo, que he ido acumulando cansancios, desencantos y una necesidad cada vez más profunda de encontrar un lugar donde mi alma pueda descansar. Uno no deja de amar una ciudad porque sienta que ya no puede vivir en ella. A veces, precisamente porque la ama, comprende que ha llegado el momento de despedirse de sus calles y de buscar en otra geografía la tranquilidad que aquí parece habérsele extrañado.

Aquellos refugios del norte lejano, con sus inviernos blancos y majestuosos, sus avenidas monumentales talladas en la solemnidad y esa quietud de piedra y nieve, siguen llamándome desde una distancia que, curiosamente, no consigo sentir como lejanía. Ambas tierras permanecen dentro de mí, ocupando un espacio que Caracas ya no logra llenar. No sé explicar con exactitud qué tienen esos horizontes de cúpulas doradas y bosques silenciosos que me arrastran hacia sus entrañas. Quizás sea su gente, su manera de mirar el mundo, la sobriedad de sus calles o esa extraña sensación de familiaridad que algunas tierras despiertan en nosotros sin pedir permiso. Tal vez sea algo más íntimo: la posibilidad de comenzar de nuevo sin tener que explicar demasiado quién soy, qué he vivido o por qué necesito tanto silencio. 

Cada vez me convenzo más de que la vida no consiste únicamente en llegar a determinados lugares, sino en descubrir dónde podemos permanecer sin sentir que estamos traicionándonos. Durante mucho tiempo creí que los caminos se multiplicaban y que siempre habría otro destino esperando al final de cada despedida. Ahora, en cambio, comienzo a pensar que mis viajes podrían estar acercándose a su última estación. No lo digo con tristeza, ni siquiera con resignación. Lo digo con la serenidad de quien ha comenzado a distinguir entre seguir caminando por costumbre y detenerse porque finalmente ha encontrado dónde quiere quedarse.

Quizás no haya más senderos ni aviones para mí. Quizás haya llegado el momento de dejar de mirar los mapas como promesas de nuevas aventuras y comenzar a mirarlos como quien busca el lugar donde quiere vivir los años que le quedan. No necesito conquistar otras ciudades ni coleccionar pasaportes. Quiero algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más difícil: despertar en un sitio que me haga sentir en paz, caminar sin que me persigan las preguntas y contemplar el horizonte sin experimentar la necesidad de escapar de él. Sentir que la nieve cubre toda mi alma y desborda toda su pasión en mí, tapando mi ser con toda su belleza.  

Caracas seguirá siendo hermosa. Seguirá teniendo sus montañas, sus luces al anochecer y esa capacidad de sorprenderme cuando menos lo espero. No necesito negarle sus virtudes para reconocer que quizás mi tiempo aquí esté llegando a su fin. Hay despedidas que comienzan mucho antes de hacer las maletas; nacen en el pensamiento, se instalan en el corazón y terminan convirtiéndose en una certeza que ya no podemos ignorar. La mía, sospecho, lleva tiempo ocurriendo en silencio. Casi sin pensarlo, me acostumbré a ir solo al aeropuerto en cada viaje. Hoy miro a mi alrededor y no queda nadie. Es la amarga certeza de saber que bajaré al aeropuerto con la convicción, muy dentro de mi corazón, de que jamás planeé estar tan solo

Esta mañana de este domingo he vuelto a preguntarme qué me ata a esta ciudad y qué me empuja hacia aquellas latitudes donde imagino una vida más apacible. Todavía no tengo todas las respuestas. Tampoco sé si la gran capital del este imperial o aquel sereno corazón de los pinares y avenidas amplias serán finalmente el último capítulo de mi historia. Pero algo dentro de mí parece haber tomado una dirección, y cada día me cuesta menos reconocerla.

A estas alturas de la vida, uno comienza a comprender que no todos los finales son derrotas, ni todas las partidas son huidas. A veces marcharse es una forma de reconciliarse con uno mismo. Es aceptar que ya hemos cumplido ciertos ciclos, que algunas batallas dejaron de tener sentido y que no estamos obligados a permanecer en un lugar solo porque allí transcurrió una parte importante de nuestra existencia.

Por ahora, seguiré caminando por Caracas, quizás con la mirada de quien empieza a despedirse sin haber pronunciado todavía la palabra adiós. La observaré con afecto, guardaré sus paisajes y reconoceré todo lo que me dio. Pero no voy a obligarme a encontrar razones para quedarme si mi corazón insiste en buscar su descanso en otra parte.

Aquel baluarte de las grandes plazas heladas y la plácida fortaleza de los vastos horizontes grises continúan esperándome en algún rincón de mis pensamientos. No sé si me aguardan como destinos reales o como la representación de esa paz que tanto necesito. Lo que sí sé es que ya no quiero vivir persiguiendo lugares, personas ni circunstancias que me obliguen a permanecer lejos de mí mismo.

Quizás el viaje más importante de mi vida no consista en cruzar otra frontera, sino en encontrar, finalmente, un lugar donde no sienta la necesidad de marcharme.

Y si ese lugar está lejos, muy lejos de Caracas, tendré que reunir el valor para ir a su encuentro.

Por hoy, querido diario, me basta con reconocerlo. No necesito resolver toda mi vida en un domingo. Me basta con escuchar lo que llevo tiempo diciéndome en silencio y aceptar que, a veces, el alma llega a su destino mucho antes que el cuerpo.

Quizás ya no esté buscando otra ciudad. Quizás esté buscando, sencillamente, el lugar donde pueda descansar de todo lo que he sido y comenzar a vivir en paz con quien todavía soy.

En el fondo, tal vez la vida consista solo en eso: en encontrar el equilibrio perfecto entre el rigor de Makarenko para edificar el carácter y la melancolía sublime de Chaikovski para darle cobijo al dolor. Hoy me despido en silencio, confiando en que en esa nueva geografía no solo encontraré la disciplina para reconstruirme, sino también la melodía que al fin le devuelva la paz a mi corazón.

Publicar un comentario

0 Comentarios