El privilegio que muchos no ven venir


Por: Ricardo Abud 

 Vivimos obsesionados con acumular. Contactos, seguidores, reconocimiento, dinero. Construimos redes enormes de personas que nos rodean y a veces confundimos cantidad con lealtad, presencia con amor. 

Pero hay una verdad incómoda que la vida tarde o temprano te obliga a mirar de frente: la mayoría de los vínculos humanos tienen una condición implícita. Funcionan mientras algo fluye en las dos direcciones.

No es un juicio moral. Es simplemente cómo operan casi todas las relaciones. Las amistades prosperan cuando hay energía, cuando hay planes, cuando estás bien. Las parejas, incluso las más sinceras, atraviesan sus propias fracturas cuando dejas de ser la versión que conocieron. Los compañeros de trabajo te valoran mientras produces. Incluso los vínculos más genuinos tienen sus límites, sus momentos en que la otra persona también está cansada, también necesita, también se va. No porque sean malas personas. Sino porque son personas.

Y en medio de todo eso, existe una figura que rompe esa lógica de forma casi inexplicable.

Tu madre te conoció antes de que fueras alguien. Antes de tus logros, de tu personalidad formada, de tus virtudes y tus defectos consolidados. Te recibió sin contrato, sin expectativas de retorno, sin ninguna garantía de que valdrías la pena. Y decidió amarte de todas formas, de manera total y s
in cláusulas de salida.

Eso es lo que hace diferente ese amor. No es que sea perfecto, porque las madres también se equivocan, también tienen sus heridas, también fallan. Pero la dirección de ese amor casi nunca cambia con tus circunstancias. Cuando llegas con buenas noticias y cuando llegas roto. Cuando tienes dinero y cuando no tienes nada. Cuando la vida te aplaude y cuando sientes que le fallaste a todo el mundo, incluyéndote a ti mismo. Ella no hace el cálculo. No revisa si sigues siendo una buena inversión emocional. Simplemente está.

Hay algo que la gente entiende demasiado tarde, y es que los refugios seguros son escasos. El mundo exterior es estimulante pero también agotador. Exige, compara, juzga, descarta. Y saber que existe un lugar al que puedes volver sin tener que demostrar nada, sin preparar una versión presentable de ti mismo, sin fingir que estás bien cuando no lo estás, eso no es un detalle menor. Eso es una de las cosas más valiosas que puede tener un ser humano.

El problema es que los privilegios que siempre han estado ahí se vuelven invisibles. Nos acostumbramos a lo que nunca ha faltado y reservamos la gratitud para lo que conseguimos con esfuerzo. Entonces llegamos tarde. Entendemos el valor de esa presencia justo cuando ya no está. Y entonces sí, con claridad brutal y dolorosa, lo vemos todo.

Si hoy tienes a tu madre viva y dispuesta, tienes algo que no se compra, no se recupera y no se reemplaza. No esperes al duelo para saberlo. No necesitas perderla para entender lo que vale. Llámala. Cuéntale algo. Deja que te cuente a ella. Porque ese tiempo que sientes que siempre va a estar disponible, en realidad, es lo más finito que tienes.

Y eso, al final, ya no es tu carga. 

 Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan. 
Los quiero hasta el infinito y más allá. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

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