No te engañes, el elegido también puede ser la próxima víctima


Por: Ricardo Abud

Una narrativa muy seductora recorre las relaciones que nacen de una traición: esta vez es diferente, conmigo cambió, lo que tenemos es especial. Es comprensible. 

El amor tiene esa capacidad extraordinaria de hacernos creer que somos la excepción a todas las reglas. Pero hay una diferencia enorme entre la esperanza genuina y la negación consciente, y confundir una con la otra puede costarte años de vida emocional.

El punto de partida es incómodo pero necesario: si alguien te eligió mientras estaba con otra persona, o si llegaste a su vida inmediatamente después de que traicionó a quien amaba, no estás viendo la versión renovada de ese ser humano. Estás viendo exactamente cómo funciona. Eso que observaste desde afuera, esa capacidad de compartimentar, de mentir con naturalidad, de construir una doble vida sin que se note demasiado, no desapareció porque ahora estés del otro lado. Simplemente ya no está dirigida hacia ti.

Lo que resulta más difícil de aceptar es que la infidelidad raramente es un accidente de circunstancias. No es que la situación era complicada, no es que su pareja no lo entendía, no es que el amor verdadero llegó en el momento equivocado. La infidelidad es, en su núcleo, una decisión repetida: la decisión de mentir hoy, mañana, la semana que viene. Es un patrón de conducta que requiere habilidad, planificación y una disposición particular hacia el engaño. Esas habilidades no se evaporan. Se perfeccionan.

Aquí es donde entra la parte que más duele reconocer: cuando alguien abandona a su pareja por ti, o cuando construye contigo algo nuevo después de una infidelidad, existe la tentación de interpretar eso como una prueba de amor. Me eligió a mí. Dejó todo por mí. Pero lo que en realidad demuestra ese acto es que esa persona es capaz de reemplazar a alguien que amaba, o decía amar, en cuanto aparece algo que le parece más interesante o más conveniente. No estás presenciando lealtad. Estás presenciando exactamente lo contrario, y lo estás llamando devoción.

Esto no significa que las personas no puedan cambiar. El cambio humano es real y a veces profundo. Pero el cambio genuino no llega solo porque aparece una persona nueva. Llega con trabajo interno serio, con honestidad brutal sobre los propios patrones, con consecuencias asumidas y con tiempo. No llega en el calor de una nueva relación donde todo todavía brilla y nadie ha visto aún los lados difíciles del otro. Eso no es transformación, es simplemente un capítulo nuevo del mismo libro.

Y algo más vale la pena mirar con honestidad: la dinámica de poder que se instala desde el principio. Cuando comienzas una relación sabiendo que esa persona traicionó, o cuando fuiste parte activa de esa traición, existe un desequilibrio silencioso. A veces te vuelves hipervigilante, revisas señales, calculas comportamientos. A veces, por el contrario, te convences de que no debes sospechar porque eso sería injusto, porque todos merecen una segunda oportunidad. Cualquiera de los dos extremos es agotador y ninguno te protege realmente.

Lo más humano de todo esto es que no se trata de juzgar a quien estuvo en esa situación. Nadie elige enamorarse de quien no debería, y nadie construye su historia de amor pensando que está plantando las semillas de su propio daño futuro. Se trata, en cambio, de mirar con los ojos abiertos. De entender que el carácter de una persona no cambia de destinatario, sino de objetivo. De reconocer que ser el elegido hoy no es ninguna garantía de nada mañana, especialmente cuando la persona que te eligió ya demostró que sabe perfectamente cómo dejar de elegir a alguien.

No te engañes no es un consejo pesimista. Es el acto más compasivo que puedes tener contigo mismo.

Y eso, al final, ya no es tu carga. 

 Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan. 
Los quiero hasta el infinito y más allá. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

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