La naturaleza tardó millones de años en producir al ser humano. Bípedo, racional, con pulgares oponibles y la capacidad de escribir sinfonías y contemplar su lugar en el universo. Un logro admirable. Y entonces aparecieron los Tehrian y dijeron: "Gracias, pero preferimos ser un perro o gato."
Los Tehrian son esa fascinante subespecie de la humanidad que ha decidido, con toda la convicción del mundo, que en su interior no habita un homo sapiens sino un animal. No cualquier animal, claro. Eso sería demasiado ambicioso. No un leopardo de las nieves, no un cóndor surcando los Andes, no un gran tiburón blanco dominando los océanos con majestuosidad aterradora. No. Un Golden Retriever. Un gato doméstico que duerme dieciséis horas. Un hámster.
Lo primero que llama la atención es la peculiar lógica con que eligen a su animal interior. Nadie, estadísticamente verificable, se ha levantado un martes declarando: "Yo me identifico con un ñu." Nadie es un pez cirujano, nadie es una babosa marina, nadie es un escarabajo pelotero, a pesar de que hay personalidades que encajarían perfectamente. El catálogo se reduce siempre al mismo menú predecible: el perro, elegido por quienes se describen como "leales y juguetones y que necesitan mucho amor", lo cual es básicamente todo el mundo, pero el Tehrian-perro lo dice con una autenticidad que desarma. Se acurrucan, piden caricias y algunos ,aquí la ciencia toma nota con el bolígrafo temblando, hacen sonidos en reuniones sociales delante de personas que tienen empleos y contribuyen al PIB nacional. El gato, opción para quienes quieren todos los privilegios del animal doméstico pero con la posibilidad de ignorarte cuando convenga. El lobo, para los que necesitaban más drama: viajan en manada, se llaman "hermano" entre sí y tienen tatuajes geométricos inversamente proporcionales a su experiencia real con la naturaleza salvaje. Y finalmente el zorro, animal interior del emprendedor, del que pone frases en LinkedIn.
Aquí surge la gran pregunta que nadie pronuncia en voz alta: ¿por qué nunca nadie es un animal realmente difícil de mantener? ¿Dónde están los Tehrian-tortuga, que se mueven lento y no dicen nada interesante? ¿Los Tehrian-mosquito, pequeños y molestos pero ecológicamente necesarios? ¿Los Tehrian-lombriz, humildes e invisibles pero fundamentales para que crezcan las plantas? Nada. Silencio absoluto. Porque el Tehrian no elige al animal que realmente es, sino al que quiere parecer. Y resulta que todos queremos parecer adorables, leales o poderosos. Nadie quiere parecer una lombriz, aunque muchos la merecen con creces.
Es en internet donde el Tehrian alcanza su máximo esplendor. El Tehrian-perro comparte memes de cachorros con la leyenda "soy yo cuando hay comida" y recibe cuarenta likes de personas que también son, en el fondo, perros. El Tehrian-gato publica fotos de felinos hastiados con captions de "mi estado de ánimo permanente", cosechando la aprobación entusiasta de otros gatos que fingen no necesitar la aprobación de nadie pero llevan media hora refrescando la pantalla. El Tehrian-lobo comparte paisajes nocturnos con lunas llenas y frases como "el lobo no pierde el sueño por la opinión de las ovejas", escrita por alguien que muy probablemente sí pierde el sueño por la opinión de las ovejas. Y en algún rincón solitario del internet, hay un Tehrian-águila que quiso ser diferente, reivindicar la majestad de las alturas, el vuelo solitario sobre las cumbres... y lleva tres semanas sin que nadie le dé like porque nadie sabe qué comentarle. Ese Tehrian-águila merece nuestro respeto. Y nuestra lástima.
Conviene, en honor a la objetividad histórica, imaginar qué habría sido de los Tehrian de haber nacido algunas décadas antes. Hagamos un viaje en la máquina el tiempo y mentalmente a nuestro amigo el Tehrian-perro en la guna calle de una populosa urbanización de Caracas de 1968. Ahí está, con su guardapolvo y su lonchera de aluminio, anunciando a sus compañeros que él, en realidad, es un Golden Retriever y que le gustaría que le rascaran detrás de la oreja. El resultado no habría sido un círculo de apoyo emocional ni una comunidad en línea de diez mil seguidores. Habría sido un chalequeo tan monumental, tan bíblico y tan minuciosamente documentado por cada niño del salón, que el pobre habría llegado a casa llorando a pedirle a su mamá que lo cambiara de escuela. Y la mamá tampoco habría entendido gran cosa, porque en los setenta no existía el concepto de "animal interior". Existía el concepto de "este niño está bien raro" y el tratamiento era, invariablemente, mandarlo a jugar fútbol, o en su defecto una buena coñaza. Los Tehrian de hoy le deben su existencia pacífica y celebrada enteramente a internet, a la cultura de la aceptación y, sobre todo, a que ya nadie se ve las caras con la frecuencia suficiente como para chalequear a alguien de manera sostenida y consistente. Son los hijos perfectos de su época. En cualquier otra, habrían sido simplemente el tema de conversación del recreo. Por los siglos de los siglos.
A ver, dejémonos de cuentos: toda esa payasada de sentirse animal es solo una forma rebuscada de decir que te falta afecto y que te da flojera socializar como la gente normal. Pero ojo, si tanto insisten con que son perros o gatos para que los mimen sin juzgar, entonces que la experiencia sea completa: nada de pizza ni de cama, a comer PERRARINA Y COMIDA PARA GATOS, en el piso, a dormir en una alfombra y a bañarse con manguera en el patio, porque eso de jurar que tienes alma de lobo pero querer que te sirvan la cena en la mesa es mucha ventaja. Ahí es cuando digo que los psicólogos tienen hoy tremendo negocio, tratando a esta cuerda de locos, definitivamente el internet los tienen los tiene locos e bola, sin internet fueran personas racionales.
Nota: Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia
Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan.
Los quiero hasta el infinito y más allá. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

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