Todo lo que estás a punto de vivir
Querido yo, Ricardo del pasado:
En este primer día del año 2026, te escribo desde el fuego que ya está ardiendo en tu interior, desde la chispa que en este momento empieza a encenderse muy responsablemente. Y necesito que sepas algo: te espera una vida tan intensa, tan desbordante, que a veces vas a creer que tu cuerpo es demasiado pequeño para contenerla.
Soy tú, muchos años después, y vengo a contarte algo importante: lo lograste. Esos sueños que dibujas en tu cuaderno, esas metas que parecen tan lejanas como las estrellas, se hicieron realidad. Pero hay algo más valioso que quiero compartir contigo; algo que descubrí demasiado tarde.
Sé que quieres crecer rápido. Sé que miras a los adultos y piensas que la vida verdadera está allá adelante, esperándote. Pero déjame decirte un secreto: la vida verdadera es exactamente donde estás ahora. Ese pupitre donde haces la tarea, esas tardes jugando, esas conversaciones en la mesa con papá y mamá... eso no es el camino hacia la vida, pequeño. Eso es la vida.
Estudia mucho, sí. Porque cada libro que leas te abrirá una puerta nueva y cada problema que resuelvas te hará más fuerte. Pero cuando estudies en Moscú, sí, lo harás, cumplirás ese sueño, no corras por las calles heladas pensando solo en terminar. Detente. Mira la nieve cayendo. Toma ese té caliente y hazlo durar. Esas mañanas de invierno, esas noches estudiando en la biblioteca, ese frío que te muerde las mejillas... son tesoros que un día querrás recuperar. Moscú te va a robar el alma para siempre.
En ese andar, vas a enamorarte. Y no hablo solo de personas. Vas a enamorarte de ciudades que huelen a café recién hecho y a lluvia sobre el asfalto; de canciones que te atraviesan el pecho como si hubieran sido escritas solo para ti; de ideas que te mantienen despierto hasta el amanecer; de conversaciones que transforman tu manera de ver el mundo y de atardeceres que te recuerdan que la belleza existe y es gratuita. Y sí, también vas a enamorarte de personas. Algunas se quedan, otras se van; y ambas cosas son perfectas.
Sentirás, entonces, una pasión que te hace vibrar, la que te hace saltar de la cama con una urgencia inexplicable. Vas a descubrir cosas que te obsesionan de la manera más hermosa: proyectos que te consumen, sueños que persigues con una determinación feroz y causas por las que estás dispuesto a pelear. Habrá momentos donde sientas que el tiempo se detiene porque estás completamente absorbido en algo que amas. Esa es la sensación de fluir, de estar completamente vivo, de hacer exactamente lo que debes hacer.
Buscando eso, vas a viajar. Tal vez no siempre con maletas y pasaportes, pero vas a viajar. Vas a explorar territorios internos que no sabías que existían. Vas a conocer versiones de ti mismo que te sorprenden, que te asustan y que te maravillan. Vas a cruzar fronteras emocionales y a adentrarse en paisajes del alma que son tan grandes como cualquier océano.
Y en esos viajes, vas a crear. Tus manos van a materializar cosas que ahora solo son susurros en tu mente. Vas a escribir palabras que alguien necesita leer. Vas a construir relaciones que son obras de arte en sí mismas. Vas a cocinar comidas que alimentan más que el estómago y a resolver problemas con una creatividad que te sorprenda. Cada día estarás creando tu vida, y lo harás con más maestría de la que imaginas.
Pero ten cuidado, pues también vas a sentir miedo. Un miedo paralizante, de ese que te hace dudar de todo. Pero escúchame: vas a hacer las cosas de todas formas. Vas a temblar y vas a avanzar. Vas a llorar y vas a continuar. Y descubrirás que el coraje no es la ausencia de miedo, sino el arte de bailar con él.
Inevitablemente, vas a perder cosas: personas que amas, sueños que se desmoronan y versiones de ti mismo que ya no sirven. Cada pérdida va a dolerte de maneras que no puedes anticipar. Pero también vas a aprender algo extraordinario: que puedes romperte y no destruirte; que puedes sangrar y seguir creciendo. El dolor será la evidencia de que estás vivo, de que algo importó lo suficiente como para dejarte marcado.
A pesar de todo, vas a bailar. En fiestas, sí, pero también en la cocina mientras preparas el desayuno. Vas a cantar a todo pulmón canciones desafinadas que te hacen feliz. Vas a reír hasta que te salgan lágrimas por las cosas más absurdas. Vas a descubrir que la alegría también es una decisión, un acto de rebeldía contra todo lo que intenta apagarse.
En este recorrido, vas a ser hijo. Y esto, ah, esto es más complejo de lo que ahora entiendes. Vas a mirar a tus padres con ojos de adulto y verlos como seres humanos imperfectos que hicieron lo mejor que pudieron. Vas a reconciliarte con tu infancia, con las heridas y con los regalos. Vas a entender que fueron hijos también y que cargaron sus propias historias y miedos. Tal vez tendrás conversaciones que sanen décadas de silencio o aprenderás a aceptar lo que no puede cambiar. Vas a honrar de dónde vienes mientras construyes hacia dónde vas. Y si tus padres aún están, vas a apreciar su presencia de maneras nuevas; si se van, vas a llevarlos contigo de formas que no esperabas.
Tendrás también conversaciones que te cambiarán para siempre; palabras dichas en momentos exactos que reordenan tu realidad. Vas a encontrar gente que te entiende sin que tengas que explicarte y experimentarás esa magia de sentirte completamente visto, aceptado y "en casa" en presencia de otro ser humano.
A veces, vas a fracasar estrepitosamente. Verás proyectos que se caen y planes que se desintegran. En esos momentos donde te sientas completamente perdido, descubrirás de qué estás hecho realmente. Vas a levantarte con cicatrices que son medallas, pues cada fracaso es un maestro disfrazado que te enseña lecciones que ningún éxito podría darte.
Pero también vas a celebrar victorias. Algunas grandes, dignas de champán y fuegos artificiales; otras pequeñas, pero igual de importantes: el día que finalmente entiendes algo, la mañana que te despiertas sin esa ansiedad que te perseguía, el momento donde te miras al espejo y te reconoces, o el instante donde perdonas, sueltas y te liberas.
Ahí vas a descubrir tu fuerza. No la fuerza de romper cosas, sino la de sostenerlas. La fuerza de permanecer cuando todo te dice que huyas; la fuerza de ser vulnerable, de pedir ayuda y de admitir que no tienes todas las respuestas. Vas a ser mucho más fuerte de lo que ahora crees posible.
Con esa fuerza, vas a ser esposo. Vas a aprender el arte sagrado de compartir la vida con alguien. Vas a despertarte junto a otra persona y descubrirás que el amor no es solo mariposas, sino también café compartido en las mañanas difíciles, silencios cómodos, peleas que enseñan y reconciliaciones que sanan. Vas a comprometerte de maneras que ahora no imaginas; vas a sostener a alguien en sus peores momentos y vas a ser sostenido en los tuyos. Vas a construir un "nosotros" sin perder el "yo", aprendiendo que amar es también dejar crecer, que la intimidad verdadera requiere valentía y que elegir a la misma persona cada día es el acto más revolucionario que existe.
Luego, vas a ser padre. Vas a sostener entre tus brazos un ser humano que no existía antes, que llegó al mundo porque tú exististe. Y en ese momento, todo va a cambiar. Tu corazón va a expandirse de maneras que nunca creíste posibles. Vas a descubrir un tipo de amor tan feroz y tan absoluto que te va a aterrar su intensidad.
Cuando lleguen tus hijos y llegarán, trayendo consigo el amor más puro que conocerás, no desees que crezcan rápido. Cada llanto de madrugada, cada primera palabra, cada paso tembloroso... son segundos de oro que se escurren como agua entre los dedos. Quédate ahí, en ese momento. Mírales los ojos cuando te hablen. Carga a ese bebé un minuto más, aunque estés cansado.
Vas a conocer el miedo real: no a fracasar tú, sino a fallarle a ese pequeño ser que te mira como si fueras su universo entero. Pasarás noches en vela, no por fiestas, sino escuchando respiraciones diminutas para asegurarte de que ese milagro siga bien. Vas a llorar de una forma nueva: lágrimas de ternura absoluta ante sus primeras victorias y derrotas.
Aprenderás la paciencia que no sabías que tenías. Vas a responder la misma pregunta mil veces con amor y leerás el mismo cuento hasta memorizarlo. Vas a curar rodillas raspadas y corazones rotos; y aunque no siempre sabrás qué decir, estarás ahí, y eso será suficiente.
Vas a verte reflejado en otro ser humano y te vas a maravillar y asustar en igual medida. Reconocerás tus gestos, tus palabras y tus miedos en esa personita. Y vas a querer ser mejor, no por ti, sino por ellos. Trabajarás en tus propias heridas para no heredarlas, rompiendo patrones y creando nuevos legados.
Vivirás momentos ordinarios que son extraordinarios: desayunos compartidos, risas en el carro y conversaciones profundas a la hora de dormir sobre la vida, la muerte y el universo. Y tú, improvisando sabiduría, descubrirás verdades que ni tú mismo sabías.
Sentirás un orgullo que te explota en el pecho, no solo por sus logros, sino por su bondad y por la persona en la que se están convirtiendo. Vas a sufrir cuando ellos sufran, aprendiendo la lección más dura del amor: que no puedes protegerlos de todo y que tienen que vivir sus propias caídas y lecciones.
Y un día, te van a necesitar menos. Se van a ir para construir sus propias vidas. Y va a dolerte y alegrarte al mismo tiempo, porque ese era el objetivo desde el principio: amarlos tanto que puedan volar solos.
Y luego, si la vida te bendice, vas a ser abuelo.
Ah, esto... esto es magia pura.
Vas a ver a tus hijos convertirse en padres y vas a sentir una emoción tan compleja que no tiene nombre: orgullo, nostalgia, alegría y asombro, todo mezclado. Vas a verlos hacer lo que tú hiciste: sostener a un recién nacido con manos temblorosas y amar con esa intensidad que te parte.
Y vas a sostener a ese nuevo ser, a esa primera nieta, Aisha, que lleva tu sangre pero no tu carga. Luego vendrán José, Juan y Darian. Vas a amarlos con la libertad de quien ya pasó por la presión de ser padre, con la sabiduría de quien ya recorrió ese camino. Podrás disfrutar sin el peso de la responsabilidad total; vas a mimarlos, consentirlos, llenarlos de historias y dulces, y luego devolverlos a sus padres con una sonrisa cómplice.
Serás testigo de la continuidad al ver rasgos familiares aparecer en esos rostros nuevos. Escucharás frases que tú decías, o que tus padres decían, revivir en otra voz. Vas a sentir que el tiempo es circular y que la vida se repite pero siempre nueva, siempre fresca.
Vas a compartir tu historia como el guardián de la memoria familiar, siendo el puente entre generaciones. Les contarás cómo era el mundo antes, siendo la raíz que les recuerda de dónde vienen mientras crecen hacia el futuro.
En los ojos de tus nietos verás reflejado todo el camino: tus padres, tus hijos, tú mismo... el pasado y el futuro encontrándose en un presente perfecto. Entenderás, finalmente, que no eres solo tú; eres un eslabón en una cadena infinita de amor y de vida que se perpetúa.
Te sentarás en tardes tranquilas con esos niños jugando cerca y experimentarás una paz profunda, la satisfacción de saber que tu vida creó más vida y que dejaste algo hermoso en este mundo: tu familia. Pero un día todos se separarán.
Y cuando ellos crezcan y te recuerden, tus nietos hablarán de ti con ternura; pienso y creo que será así. Serás historias que se cuentan y amor que trasciende tu propia existencia.
Así que sí, te faltaba esto: saber que vas a ser parte de algo más grande que tú mismo. Que tu vida no termina contigo, sino que se expande en otras vidas que llevarán tu esencia al futuro.
Por eso, cuando Dios ponga un beso en tu vida, detén el tiempo. Cierra los ojos y siente ese latido. Cada beso es una pausa sagrada; no los des apurados ni los vivas con la mente ya en el mañana.
Cada cumpleaños, hazlo fiesta. No importa si es el tuyo o el de alguien más. Celebra que estás vivo y que ellos están vivos. Canta esas canciones desafinadas, sopla las velas con toda tu alma y abraza a todos los que puedas.
Y esto, pequeño, escúchalo bien: nunca, jamás, dejes pasar un día sin decirle "te quiero" a papá y mamá. A tu abuela Natividad, a tu tía Carmen, al viejo Blanco, que te miran con ojos llenos de historias. A tu hermano Alfredo, a Rolando, a Roberto; a tus hermanas Neyeska, Maritza y Aurita; al tío Manuel, a María, Chea, Rosa-Felipe, Humberto-Modesta, Luis Antonio-Mercedes Camacho, Rafael el Negro y a todos aquellos que hoy olvido nombrarte, pero que tú conoces muy bien; a todos esos seres hermosos que estarán en tu vida y a tus primeros amigos en este mundo. Dilo aunque te dé vergüenza. Dilo aunque creas que ya lo saben. Porque hay días que no regresan y hay palabras que sanan para siempre.
No aceleres los tiempos. El tiempo ya corre suficientemente rápido sin tu ayuda. No desees terminar la escuela, ni que llegue el viernes, ni ser mayor. Cada etapa es un regalo único que nunca podrás abrir de nuevo. Vive cada momento que la vida pone en tus manos como si fuera el último regalo que recibirás; porque, en cierto modo, lo es.
Te espera un futuro hermoso, lleno de sueños cumplidos. Pero la verdadera belleza está en el camino: en el paso lento, en la mirada detenida, en el abrazo largo y en la conversación que no termina.
En ese camino, también vas a ser amante. Vas a descubrir tu cuerpo como territorio de placer y conexión. Vas a sentir deseo, pasión que te quema desde adentro y encuentros que te hacen sentir completamente vivo. Aprenderás el lenguaje sin palabras de la piel y darás placer con una generosidad que te sorprenda. Serás vulnerable en tu desnudez, física y emocional, experimentando esa intimidad profunda donde dos personas se funden. Descubrirás que la sexualidad es sagrada, que es risa, sudor, entrega y juego. Finalmente, llegarás al "llegadero" en una última relación; nunca más te enamorarás y volverás a ser el de siempre, el que nunca debió cambiar por nadie.
Y déjame decirte algo que te va a romper y a sanar al mismo tiempo: ya de adulto vas a extrañar todo lo que estás viviendo ahora. Vas a extrañar estos momentos que hoy te parecen ordinarios. Mirarás hacia atrás y desearás poder regresar a este instante exacto donde todo aún es posible y la vida se extiende como un territorio infinito.
Añorarás la libertad de no saber exactamente quién eres y de poder reinventarte cada mañana. Recordarás con ternura tus torpezas, pues verás en ellas la belleza de estar comenzando. Extrañarás conversaciones que tuviste sin saber que eran las últimas y abrazos que diste sin apretarlos lo suficiente.
Mirarás fotografías de este tiempo y sentirás nostalgia por tu rostro menos marcado y por esa chispa en tus ojos que aún no conocía ciertas desilusiones. Y al mismo tiempo, agradecerás cada arruga que llegó después, porque cada marca cuenta una historia que te hizo más tú.
Por eso te digo: vive este momento con consciencia. No para aferrarte a él con miedo, sino para habitarlo plenamente. Ríe sin contenerte. Llora sin avergonzarte. Abraza como si fuera la última vez. Di "te amo" cuando lo sientas. Toma esa fotografía. Guarda ese recuerdo en tu corazón para cuando, en las noches de nostalgia, necesites revisitar tus tesoros.
Y aquí está la verdad más bella: no me arrepiento de nada. Absolutamente nada. Cada error es un paso necesario; cada decisión equivocada te lleva exactamente a donde necesitas estar. Cada lágrima riega el jardín de quién te conviertes. No cambiaría ni un solo segundo, porque hacerlo significa perderte a ti, perder esta versión nuestra que existe solo porque cada momento ocurrió cómo ocurrió.
Esta realidad, con su dolor y su gloria, con sus noches oscuras y sus encuentros que sanan, es perfecta porque es auténtica. Porque cada experiencia te hace más humano, más completo, más tú.
Así que respira hondo. Lo que viene es grande, hermoso, aterrador y transformador. Estás a punto de vivir una vida tan intensa que cada célula de tu cuerpo se sentirá encendida. No tengas miedo de sentir demasiado ni te disculpes por tu intensidad. Deja salir la pasión que late en tu pecho. Vive cada momento como si importara, porque importa.
Confía en el caos. Confía en el proceso. Confía en ti.
Sé feliz ahora. No "cuando"... ahora. En este preciso instante de tu niñez que jamás regresará.
Te quiero, pequeño. Gracias por soñar por los dos y por construir, sin saberlo, el hombre que soy hoy. Te espera una vida que vale cada segundo.
Con toda la pasión que ahora comprendo, Con todo el cariño que aún está por multiplicarse, Con todo mi amor y toda mi nostalgia,
El hombre que serás, Tu yo del presente.

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