Por: Ricardo Abud
Permítame presentarle a un espécimen singular. Un hombre bueno. Terriblemente, irremediablemente, bueno. Ha cumplido un monton de años sin que una sola mujer le haya lanzado un plato, le haya bloqueado en todos los dispositivos conocidos por la ciencia, ni le haya dedicado una noche de llanto desconsolado mientras la Fania All Star suena de fondo como banda sonora de la destrucción emocional. Duerme bien. No tiene traumas. Este, caballero, es un completo y absoluto fracasado emocional.
Mientras otros hombres atesoran sus cicatrices relacionales como condecoraciones de guerra "ella me dijo que era lo peor que le había pasado en la vida, incluido el accidente de tráfico del 2019" este hombre acumula testimonios bochornosos del tipo: "fue muy detallista", "siempre me escuchaba" y, la más humillante de todas, "ojalá te vaya bien". Que te deseen lo mejor es el insulto definitivo. Es el "eres muy simpático" de las despedidas. Es el obituario emocional de quien nunca importó lo suficiente ni para ser odiado con pasión.
Los grandes hombres de la historia dejaron rastros. Cleopatra no lloraba a cualquiera. Los poemas más desgarradores de la humanidad no los inspiró un tipo que llegaba puntual y recordaba los cumpleaños. No. Los inspiró alguien que desapareció tres días sin avisar, volvió oliendo a misterio y tuvo la desfachatez de pedir perdón con una sola flor mustia. Ese hombre vive en la literatura. El nuestro vive en el anonimato de haber sido "una etapa tranquila".
La ciencia respalda esta tragedia. Los psicólogos llevan décadas estudiando el fenómeno del apego, el trauma del abandono, el dolor del amor roto. Nadie ha escrito un paper académico sobre el trauma de haber salido con alguien que nunca dio un problema. Porque ese material no existe. Porque ese hombre no deja huella. Es el equivalente humano del papel tapiz: funcional, inofensivo y completamente invisible.
Sus ex novias se reúnen ocasionalmente como sobrevivientes de algo que en realidad no ocurrió y cuando sale el tema, hay un silencio incómodo, una sonrisa vaga, y alguien dice: "sí, mira, fue… bien". Bien. Cuatro letras que contienen todo el vacío del universo. No "fue un infierno del que tardé años en salir". No "ese hombre me cambió para siempre". Fue bien. Como el tiempo. Como una reunión de trabajo que empezó y terminó a su hora.
Lo más devastador, sin embargo, no es el olvido. Es la coherencia. Porque este hombre no falló una vez para luego redimirse dramáticamente. No tuvo una crisis existencial que lo volviera interesante por un trimestre. No desapareció al menos con estilo. Fue consistente. Predecible. Puntual hasta en las rupturas. Cuando terminó sus relaciones lo hizo con conversaciones maduras, en lugares neutros, sin portazos ni escenas. Las mujeres salieron de esos encuentros sintiéndose escuchadas y respetadas, que es exactamente la peor sensación posible cuando uno necesita un buen motivo para odiar.
Y lo más cruel es que, en el fondo, él lo sabe. Lo sabe cuando ve a otros hombres mostrar sus heridas relacionales como trofeos de guerra y él no tiene nada que exhibir salvo una hoja de vida sentimental tan limpia que da vergüenza ajena. Lo sabe cuando escucha canciones de desamor y no puede asociarlas a ningún rostro concreto. Lo sabe, sobre todo, en esas noches en que se pregunta en silencio si alguna vez alguien, en algún rincón del mundo, lo recuerda con la intensidad suficiente como para desearle, aunque sea, un mal día de tráfico.
Ahora bien, no todo está perdido. Aún puede redimirse. Está a tiempo de llegar tarde sin avisar, de responder mensajes al día siguiente con un simple "perdona, estaba ocupado", de desarrollar una opinión firme sobre algo, aunque sea un prejuicio absurdo que defienda con convicción irracional. Pequeños gestos, grandes calamidades. El camino hacia la leyenda está pavimentado de malas decisiones tomadas con vehemencia.
La historia no recuerda a los hombres que simplemente estuvieron ahí. La historia recuerda a los que dejaron un agujero cuando se fueron, a aquellos que al partir recibieron toda una retahíla de "púdrete", "olvídate de que me conociste", "muérete" o "ojalá nunca te hubiese conocido"; distinciones que, al fin y al cabo, son las únicas que garantizan un lugar imborrable en la memoria ajena.
Y eso, al final, ya no es tu carga.

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