El Salmo 12 presenta un contraste dramático entre la corrupción del lenguaje humano y la pureza de las palabras divinas. Este poema comienza con un clamor urgente que refleja una crisis social profunda: los fieles han desaparecido, la verdad se ha esfumado entre los hijos de los hombres. Esta apertura establece un escenario donde la integridad se ha convertido en una mercancía rara, y la comunicación humana ha sido corrompida hasta sus fundamentos. El salmista percibe que vive en una época donde la mentira se ha normalizado y la manipulación lingüística se ha convertido en herramienta de poder.
La descripción que hace el salmo de los malvados es particularmente penetrante. Hablan mentira cada uno con su prójimo, con labios lisonjeros y corazón doble hablan. Esta dualidad revela una forma de hipocresía donde las palabras dulces esconden intenciones perversas. El lenguaje se ha convertido en arma de engaño en lugar de instrumento de verdad y comunión. La imagen de los labios lisonjeros nos remite a una sociedad donde la adulación ha reemplazado la honestidad, donde las relaciones se construyen sobre apariencias y no sobre autenticidad.
Lo más perturbador es la arrogancia de los engañadores que declaran: "Con nuestra lengua prevaleceremos; nuestros labios son nuestros; ¿Quién es señor sobre nosotros?" Esta declaración revela una autonomía radical que niega cualquier autoridad moral o divina sobre el discurso humano. Es una afirmación de poder basada en la capacidad de manipular mediante las palabras, de construir narrativas que sirvan a intereses personales sin consideración por la verdad o por el impacto sobre los vulnerables. Esta actitud lingüística es fundamentalmente idolátrica porque coloca las palabras humanas en el lugar que solo le corresponde a la Palabra divina.
En medio de esta oscuridad moral, el salmo registra la respuesta divina: "Por la opresión de los pobres, por el gemido de los necesitados, ahora me levantaré, dice Yahvé". Esta declaración es revolucionaria porque muestra que Dios no es indiferente al sufrimiento causado por la manipulación y el engaño. Su levantarse implica acción, intervención, juicio. Y su motivación es explícitamente la defensa de los vulnerables que gimen bajo la opresión de lenguas mentirosas. Dios promete poner en seguridad a aquellos que son atacados mediante palabras falsas.
El contraste entre las palabras humanas y las palabras divinas alcanza su punto culminante cuando el salmista declara: "Las palabras de Yahvé son palabras puras, como plata refinada en horno de tierra, purificada siete veces." Esta metáfora metalúrgica es extraordinaria. Así como la plata pasa por fuego repetidamente hasta alcanzar su máxima pureza, eliminando toda escoria, así las palabras de Dios son absolutamente confiables, sin mezcla de falsedad, sin sombra de manipulación. El número siete representa perfección en la simbología bíblica, indicando que la Palabra divina ha alcanzado el grado máximo posible de pureza y veracidad.
El salmo concluye con una petición de preservación: "Tú, Yahvé, los guardarás; de esta generación los preservarás para siempre." Pero también incluye una observación sobria sobre la realidad social: "Los malvados se pasean orgullosos cuando la vileza es exaltada entre los hijos de los hombres." Esta última nota es casi profética en su descripción de sociedades donde la corrupción se ha normalizado tanto que los valores se han invertido completamente, donde la vileza no solo es tolerada sino celebrada públicamente.
Para nuestro tiempo, el Salmo 12 es extraordinariamente relevante. Vivimos en una era caracterizada por lo que algunos llaman "posverdad", donde las narrativas se construyen sin referencia a hechos verificables, donde las cámaras de resonancia digitales amplifican mentiras, donde la manipulación lingüística alcanza niveles sofisticados mediante algoritmos y propaganda. El salmista nos recuerda que esta no es una condición nueva sino un problema antiguo del corazón humano que busca poder mediante el control del lenguaje. La respuesta no está en perfeccionar nuestras técnicas de detección de mentiras sino en anclar nuestra comunicación en la Palabra pura de Dios, permitiendo que la verdad divina juzgue y purifique nuestro discurso. El compromiso con la verdad en el habla cotidiana se convierte así en un acto de resistencia espiritual contra la corrupción dominante.
Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan.
Los quiero hasta el infinito y más allá. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

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