Querido diario,
Es una pena que el fin de semana haya transcurrido tan rápido. Pero puedo decir con toda la franqueza del mundo que fue insuperable, de esos que uno guarda sin querer en algún lugar especial de la memoria.
El domingo fue de otro ritmo completamente. Me metí en la cocina con calma y preparé un borsh. De esos que uno hace sin apuro, dejando que cada ingrediente encuentre su momento, que el caldo tome color poco a poco, que la casa entera se vaya llenando de ese olor denso y reconfortante que parece traer consigo algo antiguo, algo de hogar verdadero. Me quedó muy bueno, y sé que quedó bueno por la prueba más fiable que existe: le gustó a Natasha. Con eso basta y sobra. Si ella aprueba, no hay más jurado necesario.
El resto del día lo invernamos los dos acostados frente a la televisión, arropados, sin prisa, sin pendientes. Afuera el frío seguía siendo el dueño de la calle, pero adentro el apartamento tenía esa temperatura perfecta que solo se consigue cuando uno no tiene ningún plan y tampoco lo necesita.
Mañana será lunes. Pero esta noche todavía sabe a fin de semana.
Y eso, al final, ya no es tu carga.
Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan.
Los quiero hasta el infinito y más allá. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

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