Un día de primavera
Querido diario…
Hoy Moscú está hermoso. No la hermosura que conocen los inviernos, sino esa otra , la que nace entre las piedras antiguas y sube por las fachadas como una promesa cumplida.
Caminé sus calles y sentí que la ciudad entera respiraba conmigo, que cada adoquín guardaba un secreto feliz que hoy decidió susurrarme al oído.
Y todo ese esplendor tenía un nombre: Natasha. Hoy cumple años la mujer que ha sido, sin saberlo del todo, la llave de una puerta que yo creía perdida para siempre. La invité al Hotel Internacional , ese palacio donde el tiempo tiene la cortesía de detenerse , y allí, entre manteles blancos y el murmullo cómplice del salón, el mundo se redujo a lo esencial.
Nos acompañaron Sacha y Ludmila, almas buenas que saben estar sin ocupar demasiado espacio, que ríen en el momento preciso y callan cuando el silencio merece respeto. Fueron el marco perfecto para ese cuadro de tarde que ningún pintor habría podido imaginar mejor.
Natasha estaba esplendorosa. Hay días en que la belleza no se lleva puesta, sino que simplemente se es , y ella era así: un derroche, una luz propia, una flor que florece sin pedir permiso ni disculparse por ello.
Brindamos con coñac armenio, ese licor oscuro y generoso que sabe a tierra fértil, a años de bodega y maceramiento muy lento, a todo lo que vale la pena esperar. Cada sorbo fue un pequeño juramento de gratitud levantado contra el cielo de Moscú.
Después paseamos. Las calles llenas de brillo y de voces, de niños corriendo y parejas enlazadas, de luces que ya empezaban a encenderse como si también quisieran celebrar. Caminamos sin prisa , que la prisa es el enemigo de la felicidad , y dejamos que la tarde nos fuera envolviendo con su manto de oro viejo.
Antes de que cada quien tomara su camino de vuelta a casa, le cantamos el cumpleaños. Y en ese instante tan simple , nuestras voces mezcladas, un poco desafinadas, del todo sinceras, sentí que la vida puede ser exactamente esto: un círculo de afecto alrededor de alguien que lo merece.
Natasha ha sido la válvula hacia la felicidad. Así te lo confieso, diario mío. A través de ella aprendí que la alegría no llega en grandes cataclismos sino en tardes como esta, en risas compartidas, en el sabor de un coñac bebido despacio, en el eco de una canción improvisada sobre el pavimento de Moscú.
Que este día quede aquí, entre tus páginas, como flor prensada , quieta, perfumada, eterna. Para que cuando la memoria titubee, tú recuerdes por mí que hubo un día en que todo estuvo bien. En que todo estuvo más que bien.
Con fe, con esperanza, con amor
el que escribe estas líneas.
Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan.
Los quiero hasta el infinito y más allá. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

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