Venezuela, el país que lleva el sol por dentro


Por: Ricardo Abud

Venezuela no es un lugar, es una sensación. Es esa vibración que se instala en el pecho desde la primera vez que uno abre los ojos en esta tierra y que no abandona el cuerpo jamás, ni cuando los kilómetros se interponen, ni cuando el tiempo pasa como río sobre piedra. Venezuela es una patria que no cabe en los mapas porque su verdadera dimensión vive en el alma de cada uno de sus hijos.

La tierra venezolana habla con muchas lenguas. Habla con el rugido del Ángel cuando cae desde el Auyantepui como si el cielo mismo quisiera tocar la tierra, como si Dios hubiera derramado un río desde las nubes para recordarnos que lo imposible aquí tiene dirección y nombre. Habla con el silencio verde y profundo de la Gran Sabana, donde los tepuyes se alzan como gigantes de piedra que guardan los secretos más antiguos del mundo. Habla con el mar Caribe, ese mar desvergonzadamente azul que revienta en espuma blanca sobre costas que parecen pintadas por alguien enamorado. Habla con los llanos que se abren infinitos como una promesa, planos y solemnes, donde el horizonte es tan largo que el alma se estira para alcanzarlo.

Y en medio de toda esa belleza natural que asombra y enmudece, está el venezolano. Ese ser luminoso e irrepetible que convirtió la calidez en forma de vida. No hay en el mundo una hospitalidad comparable a la del venezolano, porque no es protocolo ni cortesía aprendida, es instinto, es sangre, es herencia de una mezcla de pueblos que se encontraron aquí y decidieron que juntos eran más. El indígena que conocía cada planta y cada río, el europeo que traía sus sueños cruzando el Atlántico, el africano que llegó encadenado pero que sembró su música, su ritmo y su fuerza en el corazón de esta tierra. De esa fusión nació el venezolano: mestizo de cuerpo, universal de espíritu.

Hablar de Venezuela sin hablar de sus olores sería dejar el retrato a medias. Ese olor a hallaca que inunda los hogares en diciembre, envuelta en su hoja de plátano como un regalo que se abre con reverencia. El aroma del café guayoyo colándose por las mañanas, ese café oscuro y sincero que despierta no solo los sentidos sino los recuerdos. El olor a pan de jamón recién horneado, a chicha fría vendida en la esquina, a flores de buganvilia que se derrama sobre los muros como pintura viva. Venezuela huele a vida, huele a abundancia generosa, huele a hogar.

Y su música, que es otra forma de perfume para el alma. El joropo que galopa como caballo libre por los llanos, con su arpa y su cuatro y su bandola, contando historias de llaneros que son mitad hombre y mitad viento. La salsa que enciende las noches caraqueñas, el merengue que mueve los pies sin pedir permiso, la gaita zuliana que en diciembre se vuelve el idioma oficial de la alegría. El venezolano lleva la música en el cuerpo como una segunda columna vertebral.

Pero lo que verdaderamente distingue al venezolano en el mundo no es solo su tierra maravillosa ni su cocina ni su música. Es su tenacidad disfrazada de sonrisa. Es esa capacidad inaudita de transformar el dolor en abrazo, la dificultad en chiste, la nostalgia en canción. El venezolano que ha cruzado fronteras ha llevado consigo esa llama que no se apaga, esa energía desbordante que convierte cualquier rincón del planeta en un pedacito de Venezuela. Donde llega un venezolano, llega la fiesta, llega la generosidad, llega el trabajo duro envuelto en alegría, llega la certeza de que la vida, a pesar de todo, vale la pena vivirla a plenitud.

Venezuela es la madre que nunca se olvida. La que aparece en los sueños con su olor a tierra mojada después de la lluvia, con el sonido de sus pájaros en la madrugada, con el sabor de un mango maduro arrancado directamente del árbol. Es la patria que se lleva tatuada en la piel aunque uno esté al otro lado del mundo, porque no hay distancia que borre lo que fue formado con amor desde el primer aliento.

Ser venezolano es un privilegio que no siempre se nombra pero que siempre se siente. Es cargar con una identidad que brilla, que resiste, que persiste. Es saber que se viene de una tierra que le dio al mundo su petróleo, sus escritores, sus científicos, sus deportistas, sus artistas, sus corazones abiertos. Es entender que Venezuela no es solo una coordenada geográfica sino una manera de estar en el mundo: con generosidad, con pasión, con esa fe inquebrantable en que lo mejor siempre está por llegar.

Venezuela vive. Venezuela late. Venezuela es eterna en cada venezolano que la lleva adentro como se lleva el primer amor: con todo, sin condiciones, para siempre.

Y eso, al final, ya no es tu carga. 

 Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan.
 Los quiero hasta el infinito y más allá. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

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