SALMO 39, El silencio que no puede durar


Por: Ricardo Abud

El Salmo 39 es uno de los más filosóficos e íntimos del Salterio. Es una meditación sobre la brevedad de la vida, sobre el silencio como estrategia fallida, y sobre la pregunta que late debajo de todo sufrimiento humano: ¿qué sentido tiene? 

No resuelve la pregunta con una respuesta doctrinal limpia. La sostiene con honestidad, y en esa capacidad de sostener la pregunta sin forzar respuestas reside su grandeza.

El salmista comienza describiendo un propósito: había decidido guardar silencio para no pecar con su boca. Mientras el impío estaba delante de él, enmudecería. Es decir, David tomó la decisión deliberada de no hablar, de no quejarse, de no expresar lo que sentía. Una decisión que suena admirable en abstracto, y que en la práctica resulta insostenible.
Porque mientras callaba, el fuego ardía por dentro. 

El corazón se encendía. Y el resultado fue que, paradójicamente, habló más y con más intensidad de lo que habría hablado si hubiera simplemente expresado lo que sentía desde el principio. Hay aquí una observación psicológicamente aguda: reprimir el dolor no lo elimina. Lo concentra. Lo hace más volátil. El silencio forzado ante el sufrimiento no es virtud; es una olla a presión esperando explotar.

Cuando finalmente habla, lo que expresa es profundo y universal: "Hazme saber, Señor, mi fin, y cuánta sea la medida de mis días; sepa yo cuán frágil soy." Es una petición de perspectiva, no de escapatoria. No pide que le quiten el sufrimiento, sino que le ayuden a entender su lugar en el orden de las cosas. 

Esta es la actitud del sabio: no huir de la pregunta sobre la muerte y la fragilidad, sino enfrentarla con honestidad. La respuesta que el salmo ofrece a esa petición es al mismo tiempo aleccionadora y melancólica. La vida humana es como un palmo. Los años del hombre son como nada ante Dios. 

El hombre anda como una sombra. Se afana en vano. Amontona bienes sin saber quién los recogerá. Esta es la vanidad que también aparece en Eclesiastés: la conciencia de que la vida humana tiene límites reales, que el esfuerzo no siempre produce los frutos esperados, que la muerte es una realidad que ningún logro puede cancelar.

Pero el salmista no se queda en la melancolía filosófica. La dirige hacia Dios. "Y ahora, Señor, ¿qué esperaré? Mi esperanza está en ti." Frente a la fragilidad reconocida, no hay nihilismo sino reorientación. La respuesta a la brevedad de la vida no es desesperación; es dirigir la esperanza hacia algo que no sea frágil. Si todo lo humano pasa, entonces anclar la esperanza en lo humano es una apuesta condenada al fracaso. Anclarla en Dios es apostar a lo único que permanece.

El salmo cierra con una petición conmovedora y muy humana: que Dios aparte su ira, que escuche su oración, que no se calle ante sus lágrimas. Y con una imagen que resuma toda la condición humana: "Soy un extranjero para ti, y advenedizo, como todos mis padres." No hay permanencia definitiva en este mundo. 

Todos somos de paso. Reconocerlo, lejos de ser deprimente, puede ser liberador: si somos extranjeros, no tenemos que actuar como si este lugar fuera nuestro destino final. El Salmo 39 es la oración del que ha aprendido a vivir con las preguntas abiertas.

Y eso, al final, ya no es tu carga. 

 Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan. 
Los quiero hasta el infinito y más allá. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

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