Corazón Nocturno


Por: Ricardo Abud

Dicen que el corazón es un animal nocturno: solo muestra sus verdaderos latidos cuando el silencio cae como un manto sobre la habitación. En esas noches sin nombre, algo dentro de uno empieza a crujir. No es dolor, aunque quema. No es miedo, aunque tiembla. Es como si los huesos recordaran un lenguaje antiguo que habían olvidado mientras alguien más ocupaba su espacio.

Las ausencias, cuando llegan, caminan descalzas. No golpean la puerta ni levantan la voz; se deslizan por los rincones como un viento que reconoce la casa mejor que uno mismo. Ahí es cuando las costumbres —esas pequeñas criaturas que viven entre los pliegues de la rutina— despiertan confundidas, buscando manos que ya no las sostienen. Y al no encontrarlas, se deshacen en un polvo transparente que flota por el aire como si fueran recuerdos intentando no morir.

Entonces el alma se agita. Se sacude. Se descongela. Se abre como una grieta luminosa bajo la piel. No es una ruptura; es un nacimiento sin cuna. Un brote que empuja desde dentro, reclamando el espacio que antes era sombra.

La persona que atraviesa ese temblor camina distinta: levanta el pecho como quien carga un sol recién encendido, aunque en apariencia parezca quebrado. Porque lo que brilla no es la fuerza, sino la verdad. Esa verdad que estuvo tanto tiempo escondida, esperando su turno para respirar.

Y un día —el menos esperado— aparece la calma. No llega con fanfarrias ni con explicaciones. Viene suave, casi tímida, como un pájaro que se posa en la mano abierta. Y se queda. Porque al fin uno también se queda consigo mismo.

Es ahí, justo ahí, donde nace la nueva vida: en el temblor que no destruye, sino que despierta.

Y eso, al final, ya no es tu carga. 

 Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan. 
Los quiero hasta el infinito y más allá. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

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