Por: Ricardo Abud
Las imágenes que el dolor nos ha obligado a contemplar permanecerán grabadas en la memoria colectiva durante mucho tiempo. Rostros cubiertos de polvo, manos que no dejan de remover escombros y rescatistas que, con lágrimas contenidas, han compartido escenas imposibles de olvidar. Entre ellas, una sobresale por encima de todas: parejas encontradas sin vida, abrazadas con una fuerza que ni la muerte fue capaz de romper.
Resulta inevitable imaginar que, en el instante en que todo se derrumbaba a su alrededor, no buscaron escapar el uno del otro, sino aferrarse con la certeza de que el amor era el último refugio. Aquel abrazo no fue una simple reacción al miedo. Fue la culminación de una promesa silenciosa, la confirmación de que recorrerían juntos el final del camino, del mismo modo en que un día decidieron caminar la vida. Ningún monumento podría representar mejor la grandeza del amor que dos corazones eligiéndose hasta el último aliento.
Mientras esas escenas conmueven al mundo, lejos de los escombros aparecen otras que revelan una tragedia distinta. Surgen la mezquindad, la hipocresía, el odio y el resentimiento. Personas que aprovechan el sufrimiento ajeno para alimentar divisiones, buscar protagonismo o convertir el dolor en un instrumento de confrontación. Esa pobreza del espíritu lastima tanto como cualquier desastre, porque destruye aquello que nos hace verdaderamente humanos.
La muerte nos recuerda que la vida es frágil y que ningún rencor tiene el peso suficiente para justificar una existencia desperdiciada. Cada minuto invertido en odiar es un minuto robado al amor, a la reconciliación y a la posibilidad de abrazar a quienes todavía permanecen a nuestro lado.
Dios no habita donde el corazón se endurece por el egoísmo ni donde la soberbia reemplaza a la compasión. Su presencia se manifiesta en quienes extienden una mano sin esperar recompensa, en quienes comparten un pedazo de pan, en los rescatistas que arriesgan su propia vida por salvar la de un desconocido y en todas esas almas nobles que, incluso en medio de la devastación, siguen sembrando esperanza.
Quizá esa sea la enseñanza más profunda que dejan las tragedias. Los edificios pueden desplomarse, las ciudades pueden quedar reducidas a ruinas y la naturaleza puede demostrar una fuerza imposible de contener. Sin embargo, el amor continúa siendo el único refugio que no puede ser derrumbado. Permanece vivo en un abrazo, en una lágrima compartida, en un acto de solidaridad y en la decisión de permanecer junto a quien amamos hasta el final.
Cuando el ruido del desastre se apague y las noticias dejen de ocupar los titulares, quedará una pregunta para cada uno de nosotros: ¿qué estamos construyendo con nuestra vida? Porque no serán nuestras palabras ni nuestras diferencias las que hablen por nosotros, sino la cantidad de amor que fuimos capaces de entregar. Y si algún día llega nuestro último instante, ojalá podamos partir con el alma llena de esa misma nobleza que convirtió un abrazo entre los escombros en el testimonio más hermoso de que el amor es más fuerte que la muerte.
Y eso, al final, ya no es tu carga.
Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan.
Los quiero que jode, hasta el infinito y más allá, y sobre todo de gratis.

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