Quienes construyen su bondad como escenografía


Por: Ricardo Abud

Existe una categoría de personas que resulta particularmente difícil de nombrar con precisión, porque su rasgo definitorio es precisamente la capacidad de nombrarse a sí mismas de otro modo. Son quienes han convertido la bondad en proyecto consciente, en disciplina estética, en identidad gestionada. No son buenos: aspiran a serlo, y esa aspiración lo contamina todo.

La diferencia entre quien actúa bien y quien *trabaja* para parecer bueno es abismal, aunque invisible a primera vista. El primero responde a un impulso; el segundo ejecuta una estrategia. Uno actúa desde adentro, el otro construye desde afuera hacia adentro, esperando que la fachada termine por volverse estructura. Pero la fachada nunca se vuelve estructura. Permanece fachada, sostenida por el esfuerzo constante de quien sabe, en algún lugar oscuro de sí mismo, que sin ese esfuerzo no quedaría nada presentable.

Lo que caracteriza a estas personas no es la maldad, en el sentido clásico del término. No planean el daño. Su problema es más sutil y más grave: han aprendido a suprimir todo lo que en ellos resulta incómodo, inconveniente o socialmente costoso. La ira, la envidia, el resentimiento, el deseo de dominar, la necesidad de ser el centro, todo eso no desaparece porque se decida ignorarlo. Se acumula. Y lo que se acumula bajo una identidad construida sobre la bondad adopta una presión particular, porque no puede ser reconocido sin destruir el edificio entero.

De ahí el lenguaje. Quien ha internalizado la performance de la virtud desarrolla un repertorio verbal muy específico: palabras pequeñas, suavizadas, cargadas de modulación afectiva. Cada frase es una negociación entre lo que se siente y lo que se puede decir. El resultado es una comunicación que parece íntima pero que opera como distancia, que parece directa pero que nunca compromete del todo, que parece afectiva pero que siempre preserva una salida. Es el lenguaje de alguien que ha aprendido a parecer vulnerable sin serlo, a parecer honesto sin exponerse.

Esta forma de relacionarse genera en los demás una sensación peculiar: la de haber sido elegidos, comprendidos, vistos. Y luego, con el tiempo, la sensación igualmente peculiar de que algo no cuadra, de que la calidez recibida tenía condiciones tácitas que nadie explicó, de que la intimidad construida descansaba sobre un suelo que en realidad era papel.

Cuando la relación termina, o cuando el otro deja de ser útil al proyecto de autorepresentación, o cuando la máscara resulta demasiado pesada de sostener, ocurre algo revelador: emerge una intensidad que no guarda proporción con los hechos inmediatos. No es una ruptura; es una erupción. El odio que aparece entonces no es producto del conflicto presente. Es el sedimento de años de represión, de todo lo que no podía ser dicho sin contradecir la imagen construida, de cada momento en que se eligió la apariencia sobre la verdad.

Paradójicamente, ese odio es quizás el momento más auténtico de estas personas. El único instante en que dicen lo que sienten sin pasarlo por el filtro de lo que deben sentir.

La pregunta filosófica relevante no es si estas personas son malas, sino si son responsables. Han construido una identidad que las protege de conocerse. La conciencia moral que exhiben es real en tanto que funcional, real en tanto que socialmente operativa, pero no accede a las capas donde el carácter se forma de verdad. Han elegido la coherencia exterior sobre la verdad interior, y esa elección tiene consecuencias que ellas mismas no terminan de ver, precisamente porque verlas implicaría desmantelar lo que son.

La bondad genuina no requiere esfuerzo en el sentido de construcción. Requiere atención, discernimiento, coraje para actuar contra el propio interés cuando la situación lo exige. Pero no requiere el trabajo permanente de vigilar la imagen. Quien es bueno no necesita monitorear constantemente si lo parece. Quien trabaja para ser bueno, en cambio, vive en esa vigilancia, y esa vigilancia es ya una forma de traición a los demás: porque los convierte en audiencia antes que en personas.

El mundo está lleno de escenarios levantados por manos ansiosas de aprobación. El problema no es que la escenografía sea falsa. El problema es que quienes la construyen terminan creyendo que viven en una casa.

Y eso, al final, ya no es tu carga.

 Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan.
 Los quiero hasta el infinito y más allá. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

Publicar un comentario

0 Comentarios