En el transcurso de la vida, tropezamos con almas que evocan un cristal hecho añicos, tienen un brillo cautivador, pero sus aristas son cortantes. El problema está en la decisión de socorrerlos; nos lanzamos a recoger sus restos sin guantes, sabiendo que en el intento de reconstruirlos, podríamos terminar heridos.
Existe una tentación antigua, vieja como el primer agravio del mundo: la de devolver el golpe. Tiene una lógica seductora, casi poética en su simetría. Ojo por ojo. Herida por herida. El universo, aparentemente, está equilibrado. Pero hay algo que esa aritmética del dolor no contempla: que quien se convierte en espejo del que lo hirió, ha entregado su rostro a manos ajenas.
La verdadera batalla nunca fue contra el otro. Fue contra esa voz interior que susurraba, noche tras noche, que uno merecía menos. Contra esas horas grises en que la duda se instalaba en el pecho como inquilino permanente, pagando su renta con insomnio y con miedo. Esa es la guerra que importa. No la que se libra afuera, en los escenarios donde otros actúan, sino la que ocurre en el territorio íntimo del alma, donde nadie puede entrar sin permiso.
El rencor es un jardín extraño. Parece que lo riegas para hacerle daño al otro, pero sus raíces crecen hacia adentro. Es un árbol que da sombra amarga, que consume la tierra que lo sostiene, que seca todo lo que lo rodea. Y el jardinero que lo cultiva, convencido de que algún día dará frutos de justicia, descubre demasiado tarde que ese árbol nunca florecerá. Solo crece. Solo pesa. Solo oscurece.
Por eso hay algo profundamente revolucionario en elegir la felicidad. No la felicidad ingenua, la que cierra los ojos ante el daño recibido. No. Hablo de la felicidad lúcida, la que mira el pasado directo a los ojos y le dice: "te vi, te reconozco, y aun así, no te daré las llaves de mi casa."
Porque la memoria no es el problema. El problema es cuando la memoria se convierte en carcelero. Cuando lo que ocurrió ayer decide lo que uno puede ser mañana. Cuando las cicatrices se transforman en muros en lugar de mapas.
Sembrar en tierra de fe es un acto de valentía que el mundo no siempre comprende. Es más fácil endurecerse. Es más predecible volverse piedra. La cultura del golpe, del primer puño, del que no perdona, tiene sus héroes y sus himnos. Pero esos héroes construyen tronos sobre escombros, y los escombros siempre fueron de ellos mismos.
Hay una elegancia silenciosa en quien decide no convertirse en lo que lo dañó. En quien reconoce que el ladrón que roba a otro ladrón no escapa del laberinto: simplemente lo amplía. La cadena no se rompe siendo otro eslabón. Se rompe siendo otra cosa completamente distinta.
Y así, la venganza más luminosa no huele a pólvora. Huele a mañana. Tiene el sabor de una vida construida desde adentro hacia afuera, desde la fe hacia el mundo, desde el amor propio hacia los demás. Es la victoria que no necesita testigos porque su único juez es uno mismo.
Ser feliz, después de todo, no es olvidar. Es recordar sin cadenas. Es llevar las batallas ganadas y perdidas como medallas de una guerra interior que, finalmente, terminó en paz.
"Es una verdad que nadie tiene el poder de arrebatarme."
Y eso, al final, ya no es tu carga.
Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan.
Los quiero hasta el infinito y más allá. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

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