NO TODO LO QUE TERMINA ES UNA PÉRDIDA


Por: Ricardo Abud

Vivimos con la extraña costumbre de querer retenerlo todo. Personas, momentos, lugares, etapas, certezas, incluso versiones de nosotros mismos que hace tiempo dejaron de pertenecernos. Nos cuesta aceptar que la vida no fue diseñada para permanecer quieta. 

Todo se mueve, cambia de forma, llega, cumple su propósito y, tarde o temprano, se marcha. Quizás una de las grandes lecciones de madurar consiste precisamente en comprender que no todo lo que termina fracasa y que no todo lo que perdemos estaba destinado a acompañarnos hasta el final.

Nuestra historia está hecha de contrastes. Hemos reído con una felicidad que parecía interminable y también hemos llorado creyendo que aquel dolor sería para siempre. Hemos amado sin medir las consecuencias y hemos tenido que aprender a soltar. Hemos tomado decisiones acertadas y otras que todavía nos duelen cuando las recordamos. Pero mirar la vida únicamente desde sus victorias sería una forma incompleta de entenderla. Algunas derrotas nos enseñaron más sobre nosotros que cualquier triunfo, y determinadas despedidas terminaron revelándonos quiénes éramos cuando ya no teníamos a quién aferrarnos.

El tiempo, mientras tanto, no se detiene para preguntarnos si estamos preparados. Va acumulando recuerdos como quien guarda pequeñas piezas de una existencia irrepetible. Algunas conservan el perfume de una época feliz; otras todavía duelen al tocarlas. Pero todas forman parte de nosotros. Incluso aquello que quisimos olvidar dejó alguna enseñanza escondida. Quizás por eso recordar no siempre significa regresar al pasado. A veces significa mirarlo desde la distancia suficiente para comprenderlo sin volver a vivirlo.

También aprendemos, con los años, que la vida tiene ritmos que no podemos imponer. Forzar una puerta que debe permanecer cerrada puede convertirse en una forma de sufrimiento. Insistir en una relación que terminó, aferrarse a una etapa que ya cumplió su ciclo o pretender que las circunstancias permanezcan iguales solo porque nosotros todavía no estamos preparados para cambiarlas puede convertir la nostalgia en una prisión. Hay momentos en los que avanzar no significa saber hacia dónde vamos, sino aceptar que ya no podemos continuar viviendo donde estuvimos.

Y quizá allí aparece una de las verdades más incómodas: no siempre necesitamos ganar para haber crecido. A veces ganar nos confirma lo que podemos hacer, mientras perder nos obliga a descubrir quiénes somos. El fracaso puede quitarnos una ilusión, pero también puede arrancarnos una venda de los ojos. El dolor puede quebrarnos temporalmente, pero puede enseñarnos a distinguir lo esencial de aquello que simplemente parecía importante. Perdonar, por ejemplo, no siempre consiste en reconciliarse con alguien; muchas veces significa dejar de permitir que aquello que nos hirió continúe gobernando nuestra vida.

Al final, cuando pensamos en lo que verdaderamente nos llevaremos de este mundo, la lista cambia por completo. Los objetos pierden su importancia. El dinero deja de ser una medida suficiente. Los títulos, las propiedades, los reconocimientos y las apariencias quedan reducidos a cosas que alguna vez estuvieron en nuestras manos. Lo que permanece de verdad es mucho más íntimo: lo que aprendimos, lo que entregamos, las personas que tocamos con nuestro amor, las heridas que conseguimos transformar y la sabiduría que nació de aquello que alguna vez no pudimos comprender.

Quizás vivir bien no consiste en evitar las lágrimas, los errores, las despedidas o las pérdidas. Consiste en atravesarlos sin permitir que nos conviertan en alguien que no queremos ser. Reír cuando la vida nos regala motivos, llorar cuando necesitamos hacerlo, partir cuando corresponde, regresar cuando el corazón encuentra nuevamente su lugar; aprender a recibir sin sentirnos superiores y a dar sin exigir recompensa. Pensar antes de decidir, decidir cuando llega el momento y comprender que incluso olvidar puede ser una forma de sanar.

La existencia tiene una puerta de entrada y otra de salida, pero entre ambas hay algo extraordinario: la posibilidad de transformarnos. Nadie sabe cuánto tiempo tendrá ni cuántas páginas quedarán por escribir. Por eso quizá la verdadera riqueza no esté en conseguir que la vida salga exactamente como imaginamos, sino en aprender a recibirla completa: con sus amaneceres y sus noches, sus encuentros y despedidas, sus abrazos y sus ausencias.

Cuando llegue el último capítulo, poco importará cuántas veces tuvimos razón o cuántas veces vencimos. Tal vez importe mucho más si fuimos capaces de amar mientras estuvimos aquí, de pedir perdón cuando fue necesario, de agradecer lo recibido y de convertir nuestras cicatrices en una manera más humana de mirar a los demás.

Porque la vida no nos promete permanencia. Nos ofrece algo más valioso: la oportunidad de estar presentes mientras ocurre.

 Y eso, al final, ya no es tu carga. 

 Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan. 
Los quiero que jode, hasta el infinito y más allá, y sobre todo de gratis.

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