Un ensayo para la posteridad, la terapia y el grupo de WhatsApp
Dicen los filósofos griegos ,esos señores que andaban en sandalias resolviendo el universo, que toda gran tragedia contiene en sí misma las semillas de la comedia. Aristóteles, Sócrates, Platón...
Ninguno de ellos, sin embargo, tuvo que enfrentarse a la posibilidad de toparse con su ex en la tienda de la esquina comprando Barajitas. De haberlo experimentado, la filosofía occidental habría tomado un rumbo completamente diferente. Más dramático. Más útil.
Porque seamos honestos: no hay manual de supervivencia para ese momento.
O bueno. Aparentemente sí existe ese manual. El problema es que mi ex se lo llevó.
Permítanme pintarles el escenario. Cielo despejado. Yo, con mi mejor actitud de persona que claramente ya superó todo, caminando con la serenidad de un buda moderno que además huele bien.
Y entonces: ahí está.
Mi cerebro, ese órgano traicionero que me ha fallado en los peores momentos, inmediatamente lanza su protocolo de emergencia. En menos de tres segundos procesa: ¿La saludo? ¿Finjo no verla? ¿Me meto a la farmacia aunque no necesite nada y salgo con vitamina C que no pedí?
Pero no. Esta vez no.
Esta vez tengo el discurso preparado.
Primero la miraría con esa calma que da haber dormido bien ,algo que, irónicamente, no lograba hacer cuando estábamos juntos, y le diría:
"Mira, lo tuyo fue como el recibo de una compra impulsiva. Todavía estás en tiempo de devolución. Pero ya nadie quiere ese producto."
Pausa dramática.
Luego continuaría, con la generosidad de espíritu que me caracteriza:
"Tienes suerte, ¿sabes? Como el que se baja del avión cinco minutos antes de que se cancele el vuelo y ni siquiera se da cuenta de la gracia que hizo. Así como tú. Te quitaste de encima algo extraordinario y ni las gracias diste. Eso ya de por sí merece un aplauso. Lento. Con una sola mano."
Porque seamos francos: hay una audacia particular en salir de la vida de alguien sin siquiera procesar la magnitud de lo que acaba de ocurrir. Es casi admirable. Como el que tira un Picasso a la basura porque "no combina con el sillón".
Aquí viene la parte donde me pongo creativo, porque si algo me dejó esa relación fue resource fulness.
Le propondría un trueque.
Sí. Un intercambio justo, transparente, de beneficio mutuo. No se acepta devolución.
¿Qué significa eso exactamente? No importa. Lo que importa es el tono. El tono lo es todo.
El hecho de que exista en mi cabeza una propuesta de negocios para mi ex, con términos y condiciones, dice mucho sobre mi capacidad de adaptación ante la adversidad. Los coaches de vida cobran fortunas por enseñarte eso. Yo lo aprendí gratis. De la peor manera. Pero gratis.
Hay un momento en toda relación en que uno descubre que hay palabras que simplemente no deben ser dichas en voz alta.
No porque sean malas.
Sino porque uno ya no tiene el presupuesto emocional para procesar la respuesta.
Para eso inventaron el botox, me imagino. No para las arrugas. Para congelar la expresión justo antes de que uno diga algo que va a necesitar tres sesiones de terapia para desactivar. Un botox que te calle todo. Una inversión. Una necesidad. Un servicio público.
Yo lo habría necesitado en múltiples ocasiones. Hay frases que pronuncié que hoy quisiera demandar a mi yo pasado por negligencia emocional.
Aquí llegamos al punto más filosófico de todo esto.
¿Cómo se sabotea una relación tan eficientemente sin que la otra persona se dé cuenta?
Es un arte. Requiere consistencia, dedicación y una capacidad asombrosa para no decir absolutamente nada en el momento en que todo debería decirse.
Yo necesitaba ese manual.
Lo pedí. Metafóricamente. Emocionalmente. A veces, si soy honesto, literalmente.
Nunca llegó.
Y ahora está en algún cajón, en algún lugar, junto con las explicaciones que nunca vinieron y las conversaciones que nunca ocurrieron. Todo muy ordenado. Todo muy callado. Todo muy ella.
Al final de este monólogo imaginario ,que en mi cabeza dura exactamente el tiempo que tarda un semáforo en cambiar, pero en la realidad habría sido épico, llegaríamos a la verdad más importante:
El estrés que trae el sufrimiento pesa toneladas.
No lo dice ningún libro de autoayuda con tanta honestidad brutal como esa frase dicha a las dos de la mañana con un vaso de agua en la mano.
El sufrimiento tiene costos ocultos. Factura. Cobra con intereses. Te quita el sueño, el apetito, la cordura y, en los peores casos, las ganas de salir a la tienda a comprar Sabritas porque ¿y si lo veo?
Y entonces uno se da cuenta de que la pregunta no era ¿qué le dirías a tu ex?
La pregunta real, la buena, la de verdad, era: ¿cuándo te vas a dejar de prestar dinero emocional a quien nunca va a pagarte?
Respuesta pendiente. El cheque está en camino. Dicen.
FIN
(La ex no fue contactado para este ensayo.)
Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan.
Los quiero hasta el infinito y más allá. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

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