Yo ya sabía amar.


Por: Ricardo Abud 

Yo ya sabía amar. No me hacía falta que la vida me diera un coñazo para aprender, ni que una relación viniera a explicarme lo que es entregarse a alguien. Lo tenia claro: compartir, acompañar, cuidar, escuchar, tragarse el orgullo cuando tocaba, tener paciencia y construir proyectos juntos. Sabía de sobra que amar no es solo disfrutar cuando todo está fino, sino poner el pecho cuando la cosa se pone fea. Una relación pide ganas, voluntad y la disposición de los dos para cuidar lo que decidieron armar.

Lo que me costó entender con el tiempo fue otra cosa: que no todo el mundo entiende esto de la misma manera. Hay gente que anda en la inmediatez, en el egoísmo y en esa falsa creencia de que a la vuelta de la esquina siempre va a haber alguien mejor esperándolos. Pareciera que hoy en día cambiar a una persona como si fuera un repuesto es más fácil que sentarse a hablar, reconocer un error y buscarle la vuelta a los problemas.

Apenas las cosas se ponían difíciles, la respuesta era salir corriendo. ¿Aparecía una diferencia? Incompatibilidad. ¿Surgía un problema? "Es que elegí mal". ¿La relación pedía esfuerzo o paciencia? Les daba por buscar a alguien que no exigiera tanto. Como si las relaciones tuvieran que funcionar solas y el amor viniera listo, sin ninguna dificultad. Hay perosnas que de verdad no saben amar, no les gusta ser felices...

Pero las cosas no funcionan así. Muchas relaciones no se van a la mierda por falta de amor, sino porque a la gente le da fastidio o soberbia corregir las actitudes que hacen daño. Se repiten los mismos patrones, se justifican loqueras, se guardan silencios que distancian y el orgullo termina matando todo. Se pierden personas valiosas simplemente porque nadie quiere admitir sus propias fallas; siempre es más fácil achacarle la culpa al otro.

Tampoco creía en ese cuento de la princesa o la persona perfecta. Nadie llega en paracaídas a resolverte la vida ni a aguantarte todos los berrinches y las heridas del pasado. La otra persona también tiene sus rollos, sus miedos y sus limitantes. No es un personaje hecho a la medida para complacerte, sino un ser humano imperfecto que decide compartir su vida contigo.

Y esa decisión vale muchísimo. Elegirse todos los días no es quedarse por compromiso ni aguantar faltas de respeto; es entender que el amor requiere ganas, que el compromiso no se quita cuando hay peos y que uno tiene que hacerse cargo del impacto que tienen sus palabras y sus acciones en el otro.

Lo que nunca voy a terminar de entender es esa manía de terminar una relación convirtiendo al otro en un enemigo. Después de haber compartido tantos momentos, proyectos, intimidad, risas y momentos duros, pareciera que la única forma de irse es dejando a la otra persona como la peor mierda del mundo. El despecho o el resentimiento se vuelven un requisito para cerrar la historia. Quien un día fue tu refugio, de repente pasa a ser alguien a quien hay que borrale la cara.

De la noche a la mañana vienen los bloqueos, las puertas cerradas y se le echa tierra a todo lo vivido. Ese es parte del amor moderno, contemporaneo. Tienen que buscar culpables como sea y reescribir el pasado desde el reproche para justificar la huida. Ya no se habla, se bloquea. Ya no se intenta entender, se condena. Ya no se arregla nada, se bota a la basura. Y da dolor ver cómo el rencor, odio, resentimiento y arrechera terminan ocupando el lugar de lo que alguna vez fue cariño.

Yo nunca he creído que separarse obligue a odiar. Entiendo perfectamente que la gente tome caminos distintos, que la relación se desgaste o que, aun habiendo sentimiento, la cosa no dé para más. Pero eso no te da derecho a tratar al otro como si no fuera nada. Se puede terminar bien. Se puede reconocer el daño sin negar todo lo bueno que se vivió. Se puede agarrar distancia sin alimentar el odio.

Ojo, tampoco se trata de aguantar lo insoportable para "salvar" la relación. Amar no es aguantar loqueras, justificar tratos tóxicos ni quedarse donde ya no te respetan. Hay momentos donde marcharse es la única opción sana. Pero una cosa es entender que una historia llegó a su fin, y otra muy distinta es salir huyendo cada vez que el amor deja de ser cómodo.

Esa es la gran contradicción de estos tiempos: queremos que nos acepten con todas nuestras fallas, pero no movemos un dedo por cambiarlas. Exigimos comprensión pero no la damos, pedimos paciencia pero no la practicamos, y esperamos que el otro cambie mientras defendemos nuestras torpezas como si fueran un derecho.

Al final, yo ya sabía amar. Lo que me tocó aprender a coñazos fue que mi capacidad de amar no garantiza que la otra persona vaya a responder de la misma forma. Que no puedes construir un puente si del otro lado lo que están es echándole pico y pala para tumbarlo. Que no basta con saber perdonar si del otro lado no hay intención de reconocer un error.

También entendí que no me toca enseñarle a nadie a valorar lo que tiene, ni tengo por qué mendigar reciprocidad. Amar mucho no significa conformarse con migajas.

No buscaba a alguien perfecto. Buscaba a alguien con la madurez suficiente para entender que los vínculos se cuidan, que las diferencias se hablan, que los errores se asumen y que elegir a alguien implica hacerse cargo de esa elección.

No me hacía falta perder a nadie para aprender a amar. Solo tuve que aceptar que, por más que yo quisiera, no podía construir una relación yo solo. No todo el mundo está listo para recibir ni para cuidar lo que uno tiene para ofrecer. Y entender eso no te tiene por qué volver una persona amargada o resentida; al contrario, te ayuda a diferenciar claramente entre quien solo quiere pasar el rato aprovechándose de tu forma de amar, y quien de verdad sabe valorarla y cuidarla.
 
Y eso, al final, ya no es tu carga. 

 Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan.
 Los quiero que jode, hasta el infinito y más allá, y sobre todo de gratis.

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