Querido diario hoy
La desesperanza cruzó el cielo como un presagio oscuro, sin pedir permiso. Hoy la nación fue golpeada y el impacto no quedó en los titulares: se incrustó en el pecho, en la respiración, en esa sensación de vulnerabilidad que uno creía superada. Algo se quebró en el aire, algo que no se recompone con palabras oficiales ni con minutos de silencio.
Las imágenes regresan una y otra vez, obstinadas, crueles. Pantallas que no saben detenerse, repeticiones que no informan sino que hieren. Apago todo, pero el ruido continúa, reverbera en la cabeza como un eco interminable. La violencia no se queda afuera: entra, se instala, reclama espacio.
Camino sin rumbo por la casa, tocando objetos cotidianos como si fueran anclas. Nada parece firme. Todo da la impresión de poder desmoronarse en cualquier momento, incluso aquello que creía seguro. Me descubro temiendo no solo por el presente, sino por lo que vendrá después.
¿Cómo se sigue cuando el mundo muestra su rostro más frágil? ¿Cómo se reconstruye la esperanza cuando el miedo se vuelve colectivo? Hoy no tengo respuestas. Solo una certeza incómoda: no estamos preparados para perder lo que creemos eterno.
Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan.
Los quiero hasta el infinito y más allá. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

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