Querido diario
Liz no está bien, y su silencio lo dice todo. Hay una inquietud en su manera de moverse, en cómo se sienta frente a mí sin realmente estar conmigo. Su presencia es física, pero su mente parece habitar otro lugar, uno al que no me permite entrar.
Habla poco. Cuando lo hace, sus palabras son breves, casi cortantes, como si cada frase fuera un esfuerzo innecesario. Evita mi mirada, y en ese gesto siento una distancia más profunda que cualquier discusión. La evasión se convierte en una forma de lenguaje.
Intenté acercarme, con cuidado, sin invadir. Quise tender un puente, pero ella levantó un muro invisible, sólido, infranqueable. No hubo reproches ni gritos, solo un cierre lento y definitivo. A veces el silencio duele más porque no ofrece defensa.
Y eso, al final, ya no es tu carga.
Nos vemos en el espejo, donde las mentiras nos atormentan.
Los quiero hasta el infinito y más allá. Se les quiere que jode, y sobre todo de gratis.

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